Nocturno a …

El pueblo se encontraba bastante alarmado; al principio fueron rumores no confirmados, de esos que nacen en la pequeña tienda que se encuentra a su entrada y que crecen a velocidad vertiginosa desafiando a los más efectivos medios de información. Las ancianas que vivían solas deberían atrancar perfectamente sus puertas, ya que con alarmante frecuencia, alguna de ellas recibía la visita nocturna de un hombre maduro, que aprovechaba lo más profundo del sueño para acariciar, primero subrepticiamente, luego violentamente, hasta que al ser descubierto emprendía atropellada huida. Comenzaron las especulaciones descabelladas acerca de la identidad del misterioso sujeto. Mientras tanto, un comité de damas de avanzada edad se reunía secretamente para tratar de establecer contacto con el visitante nocturno, a fin de reglamentar sus incursiones.

Francisco Galindo Olivares
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 114

Anuncios

La persecución

Cuando iba al trabajo. Cuando iba de compra. Cuando iba a divertirse con sus amigos. Cuando salía de viaje. Siempre lo seguía un hombre vestido de negro.

Se compró varias pelucas. Se hizo una cirugía facial. Salió disfrazado de vieja. Se disfrazó de monja. Se compró un bastón y unas gafas obscuras y salió disfrazado de mendigo. Y siempre lo seguía aquel hombre vestido de negro.

Dejó el empleo. Habló a sus amigos con amargura de la vida que llevaba: sin empleo, sin dinero y un hombre persiguiéndole siempre quién sabe con qué malvados fines. Hastiado por la tenaz persecución de que era objeto, puso en práctica la última idea de evasión que se le ocurría.

Dos hombres bajaron del carro fúnebre el pesado sarcófago. Lo depositaron en una profunda fosa. La llenaron de tierra. La encementaron. Y, en la lápida, uno de ellos solo escribió: E. P. D. De esa manera cumplieron con la tarea que él les había encomendado. Les había dicho que, en la lápida, no pusieran su nombre, porque si ponían Juan Mondragón el hombre de negro se enteraría de su treta y, de seguro, lo seguiría persiguiendo sin escatimar esfuerzo alguno.

Con agudos silbatos el tren comenzó a deslizarse con suavidad sobre los rieles. Entre los pasajeros iba aquel hombre vestido de negro. Miraba a lo lejos como escudriñando el horizonte. Recién había sido despedido de su trabajo de investigación especial por perder el rastro del hombre que el Gobierno presumía podría ser el único heredero del multimillonario Juan Palomares Monagón, que había fallecido sin testar.

Rudy Valdez
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 113

Bill Balas

53 top

Hacía más de seis días que el sheriff Mat Basterson se hallaba tirado en el piso del “Saloon Joe”, esperando la llegada del investigador, y ya su cuerpo, cansado de aguardar, comenzaba a exhalar un tufito nada agradable.

El agente del Gobernador examinó el cadáver, y al cabo de unos minutos dijo:

—¡Está muerto!

Lentamente se irguió, echó un vistazo en derredor y preguntó:

—¿Quién le disparó?

En ese instante Bill Balas bajaba las escaleras que conducían a la habitación de la corista Betty Bussines, y todas las miradas se clavaron en él.

—¡Ah, fue usted Bill Balas! —exclamó el investigador.

—¡Sí, yo mismo! ¿Y qué? —confesó Bill.

El agente del gobernador volvió a inclinarse sobre el cadáver del sheriff, lo examinó durante varios minutos más… al cabo de los cuales se incorporó y sentenció:

—¡Suicidio!

—¡¿Suicidio?! —exclamaron todos los los presentes, sin poder reprimirlo.

—¡Sí, suicidio! —ratificó el investigador. Y continuó:

—Todo está muy claro. Según las versiones del hecho, el Sheriff Mat Basterson le dijo a Bill Balas que mirara la estrella que tenía en el pecho… ¿Eso es cierto?

—Sí, es cierto, así fue —contestaron todos.

—¡Bien! —prosiguió el investigador—, como todos habrán podido apreciar, el disparo que mató al sheriff atravesó la estrella por el mismo centro… ¿está claro eso?

—Sí, está claro —asintieron a coro los presentes.

—Luego entonces —concluyó el investigador—, si el sheriff Mat Basterson obligó a Bill Balas a mirar la insignia, es suicidio… ¡Porque para nadie es un secreto que donde Bill Balas pone el ojo, pone la bala!

Revista “Bohemia” de Cuba
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 111

El manantial y el río

Un manantial sereno brota libremente en la inmensa llanura, y sus aguas tranquilas van formando un camino, atraviesan contentas los prados, los senderos, la tierra que antes seca se transforma a su paso, y los prados florecen y las aves se alegran, y flota en el ambiente un aroma sutil de perfumes y flores; y el manantial sigue su rumbo libre, pero busca afanoso un lugar no lejano donde vibre gozoso… y de pronto se escucha un murmullo aún distante que estremece la tierra… y el manantial se acerca y el murmullo aumenta; ya se percibe el ruido, es un río imponente, ¡qué fuerza traen sus aguas! ¡qué ruidosas y fuertes!, y el manantial se acerca cada vez más contento, al cabo ha encontrado el fin de su camino, y a la vez… el principio de la gran aventura.

Y en un salto imperioso quedan al fin unidos el Manantial y el Río, y sus aguas se unen transformándose en una… no podrán separarse, estarán siempre unidas, y seguirán su curso, unas veces sereno, y otras muchas envueltos en un fuerte torrente, y tal vez a su paso formarán arroyuelos que se separen de ellos y que al llegar a adultos se transformen en nuevos manantiales y ríos.

Y seguirán su curso, por siempre al infinito, las aguas cristalinas del manantial sereno y del impetuoso río.

María Moguel de Sanz
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 110

Punto final

El hombre se hallaba dentro de la máquina. Ella lo formaba, le proporcionaba el alimento, el calor, el oxígeno, y el espacio estrictamente necesarios para que subsistiera. Así el hombre vivió muchos años, que se convirtieron en siglos. Había descubierto la forma de llegar a la eternidad o, mejor dicho, de permanecer. Ninguno de los órganos que conformaban el soma del hombre tenía un desgaste mayor del que pudiera reponerse enseguida, mediante un proceso inmediato de recuperación proporcionado por mecanismos automáticos. La máquina, por su parte, se autoenergetizaba con circuitos cerrados de fluido eléctrico; de manera que podía utilizar constantemente la misma cantidad de energía transformándola una y otra vez en sus procesos.

Después de haber creado la maquinización y haberla temido tanto a la vez, creyendo que podría destruirle, el hombre había hecho de ella el instrumento de su existencia infinita.

Los procesos eléctricos que ocurrían en el cerebro humano eran ordenados por la máquina y dependientes de ella, pero también mantenían en actividad las centrales de energía del aparato.
Así, el hombre, reducido a su estado de conservación automática, vivió siglos y siglos.

En un momento preciso, una interrupción eléctrica en el mecanismo destruyo la armonía en el que el funcionamiento de éste se basaba. Una ínfima partícula de tiempo sin que el cerebro humano obtuviera irrigación eléctrica bastó para que todo el soma se convirtiera en una masa inerte de sustancias químicas. Esto desarregló, a su vez, el mecanismo electrónico y produjo un descontrol total en el sistema automático.

¿Cuál fue el origen del desarreglo funcional? Nadie había ya para investigarlo, lo cierto es que la máquina, que había logrado conservar la vida humana, ya no pudo reencontrarla.

Dolores Plaza
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 108

Ensimismamiento

A la hora de cofi-breik bajé a la cafetería de la planta, pedí un café. Estaba cansado de la rutina y del trabajo, tenía que descansar.

Mientras sorbía lentamente mi café me puse a observar una pintura marina, bastante mala, que colgaba de la pared.

Pensé en Acapulco, en el mar, puestas de sol, Puerto Escondido, me iba absorbiendo cada vez más y más.

Salí de este ensimismamiento cuando una ola mojó mis pies.

Abraham Dantus B.
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 106

Accidente

El avión de pasajeros cayó con varios de mis familiares. En las investigaciones federales hechas primero, se declaró al siniestro como un acto de terrorismo realizado con una bomba de tiempo puesta en el compartimento de equipaje. Sin embargo, el hecho de tener una serie de pólizas de seguro a mi favor me convirtió en sospechoso. Ante tan monstruosa acusación me defendí con todas mis fuerzas, pero al no dar con el terrorista fue imposible alejar de mí la sombra de culpabilidad. Después, repasando los hechos tuve que admitir mi ocasional complacencia de que hubieran sucedido de esa manera. Luego la Compañía de Seguros acumuló increíble número de pruebas en mi contra para no pagar la inmensa cantidad que me adeudaban, hasta lograr que me declararan culpable del múltiple asesinato. Mi abogado defensor supuso que el mejor recurso era presentar un certificado médico de absoluta locura. Hoy no estoy seguro de haber sido acompañante de mi familia en el fatídico vuelo, y condenado por algo que deseé alguna vez pero que nunca hice, o por algo que hice pero en realidad me repugnaba.

Manuel Navarrete
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 94

R y F

No obstante odiarse en el fondo, a Realidad y Fantasía les gustaba reunirse algunas tardes en uno de los últimos cafés bohemios que existieron a sostener interminables discusiones con lengua de doble filo:

—cuando no se puede hacer una teoría para explicar al mundo, se pide otra cerveza y sanseacabó.

—es mucho mejor tratar de inventarla.

—¿inventar qué? Si todo está ahí cambiando continuamente.

—¡mentira! Nada existiría si no fuera por la creación de cada instante.

Una tarde la disputa subió de tono. Se arrojaron el café a la cara y jamás volvieron a ser vistos por el lugar. Realidad empleó el tiempo de la tertulia en trabajar horas extraordinarias y a Fantasía tampoco le quedó un minuto para divagar, pues tuvo que dedicarse a cuidar niños, único oficio donde encontró colocación. Cuando por casualidad se encontraban volvían la cabeza hacia otro lado y al morir ambos, varios años después, no alcanzaron a enterarse del nuevo e increíble estado de cosas sobre la tierra.

Manuel Navarrete
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 94

Últimos momentos

De repente, cuando iba manejando en la carretera bordeada de árboles, campos cultivados y chozas de campesinos, comprendí que siempre había estado equivocado, que los fines perseguidos no erar en realidad los que deseaba y ya eran demasiadas vueltas, idas y venidas completamente inútiles. Al ver venir el inmenso camión de carga en sentido contrario apenas si hice algo para evitarlo, y eso porque me fue imposible sustraerme del todo a la costumbre.

Manuel Navarrete
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 94

Magia

Era el tiempo en que la magia volvió a proliferar sobre la tierra después de infinidad de revoluciones sociales e industriales. Por todos lados abundan adivinos, astrólogos, prestidigitadores y especialistas en todas las ramas de las ciencias ocultas. Ben Alí, uno de los mejores, recorría el mundo a velocidades varias veces más rápidas que el sonido dando exhibiciones de su arte. Una noche en Londres, después de la función, se encontró a un individuo esperándolo en el vestíbulo del hotel. Quería contratarlo, pero no para exhibiciones personales, sino para que fuera el encargado de crear los efectos necesarios a la ópera, ese complicado espectáculo del remoto pasado, que deseaba revivir. La aparición de mares en escena, grandes barcos que flotan sobre el público y la levitación de los cantantes en las notas más altas y sostenidas, tendrían que haber requerido siempre la intervención de un mago. Ben Alí le dijo que según entendía eso fue logrado con una especie de trampa llamada tramoya y los mares eran de cartón, los barcos se sostenían con gruesos cables y los cantantes jamás abandonaban el piso por más agudas y sostenidas que fueran sus notas, pero el otro no le creyó. Supuso que se negaba a trabajar para él y frotando un anillo sobre la mejilla del famoso mago lo dejó exánime, tirado en el suelo, para continuar sin dilación su búsqueda por entre las inmensas multitudes que cubrían entonces el planeta.

Manuel Navarrete
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 93

Automovilista

Al prenderse la luz verde del semáforo y cruzar la esquina olvidé adonde iba. Volteé a ver las casas de la nueva calle y resultaron completamente desconocidas para mí, calles de otra ciudad apenas presentida en sueños. Vi un lugar para estacionarme y decidí aprovecharlo, ¡había tan pocos! Al bajar del coche tuve la certeza de haber sido el protagonista principal de un suceso que sólo ocurrió una vez, nunca antes, nunca en el futuro, sólo ahí y en ese momento.

Manuel Navarrete
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 92

Robots

Cuando el transistor R311H de robot falló, sus compañeros pusieron a funcionar sus mecanismos para exclamar por medio de las tiras de resultados que emitían por sus bocas: ¡qué mala suerte! Cuando en forma inexplicable por completo dejó de seguir la línea trazada en el piso que según sus controles debían guiar sus pasos, los demás robots contestaron: ¡Estúpido inadaptado! Cuando finalmente su complicada maquinaria se gastó y dejó de funcionar, los otros dijeron ¡fatalidad! y algunos, contra toda lógica electrónica, puesto que estaba comprobada su imposibilidad de hacerlo, soltaron algunas saladas lágrimas.

Manuel Navarrete
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 92

Encuentro de vidas

Todo sucedió sin que mediara mi voluntad o mi capacidad de discernir entre la vigilia y el sueño. De repente me descubrí caminando por una ruidosa avenida en busca de algo o de alguien, no sé, me sentía inconmensurablemente vacía. Así vagué por mucho tiempo. Después me recuerdo apoyada sobre la barandilla de un puente tendido sobre un río inefable, los hombres me miraban con libidinosa insistencia; un chico rubio al pasar cerca de mí, dijo un piropo audaz; algo me sucedió entonces, intempestivamente sentí que mi condición de mujer afloraba en mi epidermis como si hasta ahora cobrara conciencia de mi cuerpo, me percaté de mis senos que temblaban y recorrí mis manos sobre mis muslos con obsesiva curiosidad, como quien acaricia un cuerpo ajeno. Ahora estaba en una habitación a media luz sentada sobre un diván gris, con un gato gris en mi regazo, en una casa de campo gris, en una tarde gris, todo me parecía gris y sórdido, estaba triste o aburrida, quería llorar; estrechando el gatito sobre mis pechos me asomé a la ventana: sobre un otero unos chiquillos se afanaban por resistir los jalones de un papalote más grande que el más grande de ellos; al ver a los niños, la angustia cayó aplastante sobre mí y abominé reconocerme una mujer estéril y solitaria, destinada a calmar mis deseos inventando aventuras, quise destruirme y destruir a todos; cuando me di cuenta, era demasiado tarde: había matado al gato en mi crisis nerviosa. Después no sé lo que pasó. Todo se oscureció. De pronto sentí que una mano me acariciaba la nuca, mi pudor me ordenaba rechazarla, pero el placer me desarmaba —¡Oh, Dios, que placer sentir las manos acariciándome la espalda—, y yo sin poder darme cuenta de quién era, por la oscuridad. No he podido dar con las palabras que definan lo que me pasó, pero sueño o realidad celebro que todo haya acabado, pues es terrible encontrarse, sin ninguna explicación, convertida en una mujer… que duda de su cuerpo, que se alimenta de las miradas de los hombres, que deja germinar en su corazón impuros sentimientos, en pocas palabras, saberse una solterona condenada a buscar en el vacío ciertas cosas y a morirse de cierto tipo de hambre. La mano seguía con las caricias indecorosas sobre mi espalda. Es un sueño, supuse, y quería despertar. Las luces se encendieron: supe que no podía despertar porque estaba despierta. ¡Todo había terminado! ¡Qué alivio! Me dieron ganas de maullar de alegría, me contuve con gran dificultad, consideré que no era adecuado, porque la mano seguía acariciándome la nuca y yo me refocilaba oronda sobre los muslos de la mujer, mientras ella decía con un acento triste, como queriendo llorar: “Pobre de mí: condenada a cuidar gatos”.

Pedro Crespo
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 90

Después de la conferencia

¡Bastardos misóginos!, pensó de los mayores, los que criticaron a S. Sontang tan abyectamente. Los jóvenes, aquellos sentados por parejas en el suelo, que aprobaban en forma abierta y sincera, esos eran otra cosa.

—Pero yo no pertenezco a su mundo. No, que va, haber pasado la barrera de los treinta años…

Alguien se ofreció a llevarla.

—¿Trabajas o estudias?

Está bien que sea come-años, pero no tanto. Halago, coquetería. Risa que ilumina unos ojos de costumbre ensombrecidos.

—Soy maestra, aquí en C. U., en Economía.

—¿Status?

—Divorciada. (De algún modo había que llamarle). Ahí viene —pensó— la oferta número…

—Una divorciada, sola, tú sabes, necesita…

No le oía, se reía por dentro. Divorciada: palabra esencialmente erótica.

—Aquí es, aquí es, Mil gracias.

Cuando llegó al pequeño departamento los niños estaban irritables, nerviosos. A la hora de acostarlos seguían discutiendo.

—Déjalo, mi hijita, él es hombre.

—Hom-bre. Hom-bre. Hom-bre…

Le repetía el sonido del reloj mientras trataba de conciliar el sueño, esa noche como tantas otras…

M. V. Busquets
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 86

In memoriam

Cincuenta años atrás había muerto el héroe. Se organizaron carretadas de festividades para homenajearlo y se inauguró un museo con toda suerte de reliquias: un cobertor agujereado, un apéndice intestinal en baño de alcohol, una hoja de rasurar ennegrecida y, entre otras muchas cosas, un viejito todo arrugado que mostraba —de 10 a 12.30— la mano que le había mordido el héroe durante una disputa de principios. Cuando los miles de curiosos abandonaron el museo al caer la tarde, sólo permaneció una señora de edad con aire raquítico, que buscaba algún objeto valioso de su padre para poder seguir subsistiendo.

David Cruz Martínez
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 84

No hay derecho

—No. No me interesa que sus personajes sean oficinistas o revolucionarios, que lleven turbante o sombrero tirolés, que sean melenudos o calvos; adictos, santurrones, impotentes o ateos. Lo que me irrita verdaderamente es que, en cuanto vengo a la Editorial, éstos lleguen, y se instalen en mi casa. ¡No hay derecho!

M. V. Busquets
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 78

Como en las películas francesas

Después de hacerle el amor, encendió un cigarrillo y lo fumó, pensativo: como en las películas francesas.

Luego se levantó del lecho y empezó a vestirse lentamente: como en las películas francesas…

La miró, apagó el cigarro presionando fuertemente sobre el cenicero, y salió sin despedirse: como en las películas francesas…

Al llegar a su casa, encontró a su mujer acostada con otro: como en las películas francesas…

Armando Rodríguez Dévora
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 76

Donde se da cuenta de la historia del nacimiento de un libro y su destino

Primero le nacieron las hojas, folios cuidadosamente doblados, pulcros. Después, la tipografía lo llenó de tonos atrayentes, rematados por un bien formado colofón. Perfectamente encuadernado en piel española soportó las rojas adherencias de los tejuelos. Por último, sin chistar, se dejó marcar los títulos en oro.

Salió a la calle y fue puesto a la venta. Un transeúnte acatarrado y afligido lo adquirió, lo trajo consigo todo el día, y al regresar a su casa lo colocó cuidadosamente en el sitio que con anterioridad le había designado.

Pasado el tiempo, lleno de polvo, ajado, marcado por los mordiscos de las ratas, aún soporta el pesado pie del escritorio que amorosamente contribuye a equilibrar.

Cuauhtémoc Reséndiz Núñez
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 70

Juan Jornal

—¡Esta es una propiedad privada, y no le permito hacer manifestaciones en mis tierras!

—¿Son suyos los caminos?

—¡Se construyeron con mi dinero!

—¿Y la escuela?

—¡Yo cedí el edificio!

—¿Le pertenece el espacio?

—…No, el espacio no tiene dueño…

Entonces se elevó metro y medio del suelo, y ahí flotando, prosiguió explicando a los campesinos de cómo eran explotados, del Código Agrario, de sus derechos, de Zapata, de la urgente necesidad de una huelga nacional campesina…

El latifundista palideció: inmediatamente comprendió que se había topado con un líder poderoso…

Armando Rodríguez Dévora
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 64

Cuando los hijos se van

Al cumplir Billy los diez, le regalé un magnífico trenecito con todo el equipo completo y tan exacto como los trenes de verdad, con guardarrieles, cambios de vía, coches cama y hasta boletero. Pero Billy creció y creció y creció, por eso hace treinta años que juego solito, señor…

David Cruz Martínez
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 62

El prisionero

En medio de una multitud un hombre vio a otro hombre llorando y pidiendo ayuda a gritos. Nadie parecía advertirlo. Primero, se asombró de la indiferencia de todos aquellos que escuchaban las quejas lastimeras sin siquiera volver la cara para mirar a quien las profería. Después, se acercó a aquel ser que parecía tan desgraciado y se dio cuenta de que su dolor radicaba en una pesada cadena que tenía incrustada en la piel de las piernas y los brazos. Un extremo de la cadena se hallaba enterrado en el suelo y sujetaba al hombre firmemente a aquel lugar, produciéndole, a cada movimiento, agudos dolores. Tomó fuertemente el tramo de la cadena que se hallaba entre la piel de las piernas y la tierra y jaló de ella, sin poder desenterrarla ni un milímetro. Volvióse a ver el rostro del prisionero y éste seguía gritando desesperadamente. Intentó de nuevo arrancar la cadena y no obtuvo ningún resultado. El prisionero, entonces, comenzó a insultarle y llamarlo inútil. Aun así, prosiguió en su esfuerzo. No pudo hacer nada y el prisionero, entonces, comenzó a golpearlo desangrándose las manos en el intento. Horrorizado, escapó de aquel sitio y se mezcló entre la multitud. Notó que al confundir su paso con el de los otros, ya no escuchaba los gritos.

Dolores Plaza
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 60

El intento

El primer día extendió la mano pidiendo ayuda. La obtuvo y pronto se sintió insatisfecho. El segundo día, se levantó e intentó lograr algo por sí mismo. Lo hizo, y se sintió poderoso. El tercer día, hizo el doble de lo que había hecho en el segundo y obtuvo el mismo resultado. Se sintió confuso y pensó que no había hecho bastante. Al cuarto día triplicó sus esfuerzos y aún logró menos que el segundo día de tarea. Al quinto día se sintió cansado, profundamente cansado aún antes de comenzar su trabajo. No logró nada. Y al sexto día volvió a extender la mano pidiendo ayuda.

Dolores Plaza
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 59