La niña

Cuando hubo terminado de meter el dinero dentro del costal, paseo la mirada por la habitación: el desorden más completo reinaba por todas partes; parecía como si el crimen lo hubiera cometido alguien extraño a la casa. ¿Quién sospecharía de él? Hasta se atrevió a espiar a su víctima: el viejo yacía sobre la cama, tal como lo había sorprendido la muerte.

De repente se le heló la sangre en las venas; su mirada se había detenido en algo increíble, algo que no encajaba dentro de lo previsto: una niña, de unos doce años, le sonreía desde el umbral de la puerta. Quedó aturdido unos segundos, hasta que el miedo mismo le despejó el cerebro: claro, era la hija de la nueva recamarera, la que había entrado a trabajar esa misma tarde y que él no había visto todavía; la madre había salido con los otros sirvientes y la había dejado en casa.

Un pensamiento horrible cruzó su mente, tan horrible que casi le hizo volver el estómago: tenía que matarla, matarla a ella también.

Durante un momento quedó inmóvil frente a la criatura, los ojos cerrados, apretados los puños. Lanzando un grito que más parecía sollozo, se precipitó sobre ella; y cuando hubo soltado el cuerpecito a punto estuvo de caer a su lado.

Ruidos en la planta baja le hicieron comprender que la servidumbre había regresado. Recogió el botín y como un loco, salió de la habitación.

El primer grito no lo detuvo: “¡Han matado al señor!”. Pero el segundo —¡ah! El segundo!—el segundo grito lo paralizó, los ojos abiertos como contemplando todo el horror del averno, abierta la boca como en agonía: “¡También a la cieguita!”

Max Chauvet Villalba
No. 58, Abril-Mayo 1973
Tomo IX – Año X
Pág. 671

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