Juan Calzadilla

Juan Calzadilla

Juan Calzadilla

(Altagracia de Orituco, 1931)

Es un poeta, pintor y crítico de arte venezolano.

Estudió en la Universidad Central de Venezuela y en el Instituto Pedagógico Nacional. Es cofundador del grupo El techo de la ballena (1961) y de la revista Imagen (1984).

Irrumpe en el espacio literario venezolano a mediados de la década de los cincuenta con Primeros poemas (1954), alcanzando con Noticias del alud (2009) -su última publicación- veinticinco poemarios. Integrante de El techo de la Ballena, Calzadilla realizó junto a importantes figuras de las letras y del arte en Venezuela (Adriano González León, Salvador Garmendia, Jacobo Borges, Caupolicán Ovalles, entre otros) una labor que unía al mismo tiempo una iniciativa para impulsar visiones vanguardistas, enfocadas en el surrealismo, con una militancia activa y contestataria, producto de la efervescencia política y social de entonces[1].

 

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El triángulo rojo

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Un lugar de la ciudad: hay tiendas de modas y, bordeando las aceras, en fila, vitrinas cerradas herméticamente frente a cuyos cristales las transeúntes se detienen a ver. Las personas crecen delante del vidrio, a medida que se aproximan; mientras avanzan a fundirse con las figuras de los maniquíes en exhibición. Por un momento, una joven detiene su precipitado paso, mira de soslayo el maniquí y, luego, al descubrir su propia imagen sobre el vidrio hace el gesto de arreglarse el vestido, lo alisa sobre su cuerpo esbelto y, por último, lleva sus manos al rostro, como ante un espejo, sin dejar de contemplarse. También, junto con los transeúntes detenidos, todo lo que hay detrás y alrededor se refleja, siempre al alcance del vidrio: los automóviles estacionados y los que pasan envueltos en una especie de celaje, la acera de enfrente cargada de peatones, buhoneros, toldos y tiendas cuyas vitrinas, a su vez, vuelcan ordenadamente sus objetos a través de esos cristales que dialogan entre sí, enviándose señales de una acera a la otra. Ahora es una dama emperifollada la que se detiene frente a la vitrina. Casi se diría que su primer gesto es querer traspasar el vidrio, luego de una serie de pestañeos, después de lo cual el campo de visión se aclara para ella y aparece allí delante del maniquí en su forma nítida: cubierto por ese trajecito de mañana desenvuelto sobre la simulada y algo mustia encarnación canela del soporte de polyester. Queriendo ver más claro, ella se aproxima de tal modo que ha rozado el vidrio con su naricita respingada. En seguida advierte que lo ha empañado con su respiración, por lo cual se retira unos pasos y comienza a frotarlo con su dedo índice, hasta dejarlo limpio nuevamente, listo para recibir los cuerpos de nuevos curiosos. Allí, en el cristal los rostros se disuelven, las dentaduras se periponen, las voces se aplanan, las bocas coinciden, los senos se ensamblan sobre los pechos apenas arqueados por la dura línea de los trajes de taller. Las voces y las risas sobrepuestas al silencio de los labios que casi se cierran; las cabelleras agitadas exteriormente por un viento suave combinan sus trenzas y hebras ondeantes con los bucles rígidos que, en el interior de la vitrina, enrarece una atmósfera algo espectral. Los brazos desnudos se entrelazan de fuera hacia adentro y de dentro hacia fuera, siguiendo el movimiento de las luces, las personas, los cuerpos elásticos y firmes, los brazos mismos. Ahora hay un individuo frente al cristal. Se acerca de tal manera que su cuerpo empieza a introducirse virtualmente en el cuerpo de un maniquí que muestra un bikini rojo, sobre el cual el vientre del hombre queda incrustado con una circunspección perfectamente mantenida por el sofisticado movimiento de manos y la contorsión rebuscada del maniquí; el paletó y el pantalón del hombre forman un rectángulo gris, desvaído, a punto de disolverse sobre el cristal, y la abotonadura de la bragueta coincide ahora con el triángulo rojo del bikini.

Juan Calzadilla
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 439