La novia

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—Tenía una novia, sabes; Esperanza era su nombre; ella me quería y yo muchísimo. No puedes imaginarte sus ojos, yo mismo tengo que cerrar los míos para ver los suyos; unos ojos, ausentes, extraños, hechos de una blanda tiniebla iluminada. Cuando me hablaba, abandonándome sus manos, yo la veía sólo a los ojos, unos ojos ¿cómo te diría? No puedo decírtelo, bueno, feroces de inexplicables, te atraían y te rechazaban y tú te quedabas viéndolos bajo su propia húmeda distancia sin saber si en ti pensaban, si te amaban mucho o en nada te pertenecían.

Cuando tuve que irme y ella sabía que era para siempre, en el momento último se quedó viendo con sus ojos de sombras con una luz lejana abriéndose paso entre las sombras, y pude pronunciar palabra…

—Dime, ¿tú qué hubieras hecho?

—¿Yo?… la hubiera abierto de piernas.

Ricardo Cortés Tamayo
No. 33, Noviembre – 1968
Tomo V – Año VI
Pág. 82