Accidente

El avión de pasajeros cayó con varios de mis familiares. En las investigaciones federales hechas primero, se declaró al siniestro como un acto de terrorismo realizado con una bomba de tiempo puesta en el compartimento de equipaje. Sin embargo, el hecho de tener una serie de pólizas de seguro a mi favor me convirtió en sospechoso. Ante tan monstruosa acusación me defendí con todas mis fuerzas, pero al no dar con el terrorista fue imposible alejar de mí la sombra de culpabilidad. Después, repasando los hechos tuve que admitir mi ocasional complacencia de que hubieran sucedido de esa manera. Luego la Compañía de Seguros acumuló increíble número de pruebas en mi contra para no pagar la inmensa cantidad que me adeudaban, hasta lograr que me declararan culpable del múltiple asesinato. Mi abogado defensor supuso que el mejor recurso era presentar un certificado médico de absoluta locura. Hoy no estoy seguro de haber sido acompañante de mi familia en el fatídico vuelo, y condenado por algo que deseé alguna vez pero que nunca hice, o por algo que hice pero en realidad me repugnaba.

Manuel Navarrete
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 94

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R y F

No obstante odiarse en el fondo, a Realidad y Fantasía les gustaba reunirse algunas tardes en uno de los últimos cafés bohemios que existieron a sostener interminables discusiones con lengua de doble filo:

—cuando no se puede hacer una teoría para explicar al mundo, se pide otra cerveza y sanseacabó.

—es mucho mejor tratar de inventarla.

—¿inventar qué? Si todo está ahí cambiando continuamente.

—¡mentira! Nada existiría si no fuera por la creación de cada instante.

Una tarde la disputa subió de tono. Se arrojaron el café a la cara y jamás volvieron a ser vistos por el lugar. Realidad empleó el tiempo de la tertulia en trabajar horas extraordinarias y a Fantasía tampoco le quedó un minuto para divagar, pues tuvo que dedicarse a cuidar niños, único oficio donde encontró colocación. Cuando por casualidad se encontraban volvían la cabeza hacia otro lado y al morir ambos, varios años después, no alcanzaron a enterarse del nuevo e increíble estado de cosas sobre la tierra.

Manuel Navarrete
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 94

Últimos momentos

De repente, cuando iba manejando en la carretera bordeada de árboles, campos cultivados y chozas de campesinos, comprendí que siempre había estado equivocado, que los fines perseguidos no erar en realidad los que deseaba y ya eran demasiadas vueltas, idas y venidas completamente inútiles. Al ver venir el inmenso camión de carga en sentido contrario apenas si hice algo para evitarlo, y eso porque me fue imposible sustraerme del todo a la costumbre.

Manuel Navarrete
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 94

Magia

Era el tiempo en que la magia volvió a proliferar sobre la tierra después de infinidad de revoluciones sociales e industriales. Por todos lados abundan adivinos, astrólogos, prestidigitadores y especialistas en todas las ramas de las ciencias ocultas. Ben Alí, uno de los mejores, recorría el mundo a velocidades varias veces más rápidas que el sonido dando exhibiciones de su arte. Una noche en Londres, después de la función, se encontró a un individuo esperándolo en el vestíbulo del hotel. Quería contratarlo, pero no para exhibiciones personales, sino para que fuera el encargado de crear los efectos necesarios a la ópera, ese complicado espectáculo del remoto pasado, que deseaba revivir. La aparición de mares en escena, grandes barcos que flotan sobre el público y la levitación de los cantantes en las notas más altas y sostenidas, tendrían que haber requerido siempre la intervención de un mago. Ben Alí le dijo que según entendía eso fue logrado con una especie de trampa llamada tramoya y los mares eran de cartón, los barcos se sostenían con gruesos cables y los cantantes jamás abandonaban el piso por más agudas y sostenidas que fueran sus notas, pero el otro no le creyó. Supuso que se negaba a trabajar para él y frotando un anillo sobre la mejilla del famoso mago lo dejó exánime, tirado en el suelo, para continuar sin dilación su búsqueda por entre las inmensas multitudes que cubrían entonces el planeta.

Manuel Navarrete
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 93

Automovilista

Al prenderse la luz verde del semáforo y cruzar la esquina olvidé adonde iba. Volteé a ver las casas de la nueva calle y resultaron completamente desconocidas para mí, calles de otra ciudad apenas presentida en sueños. Vi un lugar para estacionarme y decidí aprovecharlo, ¡había tan pocos! Al bajar del coche tuve la certeza de haber sido el protagonista principal de un suceso que sólo ocurrió una vez, nunca antes, nunca en el futuro, sólo ahí y en ese momento.

Manuel Navarrete
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 92

Robots

Cuando el transistor R311H de robot falló, sus compañeros pusieron a funcionar sus mecanismos para exclamar por medio de las tiras de resultados que emitían por sus bocas: ¡qué mala suerte! Cuando en forma inexplicable por completo dejó de seguir la línea trazada en el piso que según sus controles debían guiar sus pasos, los demás robots contestaron: ¡Estúpido inadaptado! Cuando finalmente su complicada maquinaria se gastó y dejó de funcionar, los otros dijeron ¡fatalidad! y algunos, contra toda lógica electrónica, puesto que estaba comprobada su imposibilidad de hacerlo, soltaron algunas saladas lágrimas.

Manuel Navarrete
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 92