Conclusión

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La sospecha acerca de la nacionalidad de Dios quedó aclarada cuando, después de crear al hombre se le oyó musitar: “Ahí se va”.

Silvia Sneider
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 151

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Descubrimiento

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En aquella isla, dicen, viven hombres que no son mayores de un palmo, pero cuyas orejas son largas como ellos mismos, y cuando duermen una les sirve de colchón y la otra de frazada. En aquel otro islote, en cambio, sólo viven mujeres y a ningún hombre le es permitido pisarlo. Y, no obstante, aquellas mujeres quedan embarazadas, lo cual es obra del viento. Todos los niños que dichas mujeres dan a luz son muertos invariablemente y sólo dejan vivir y crían a las niñas.

Stefan Zweig, Magallanes
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 146

Alcahuetería

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“No hay mayor alcahuete que el viento, pues levanta los vestidos y descubre las partes ocultas del cuerpo, y ablanda la resistencia de las ramas haciendo que se inclinen a besar la faz de los estanques. Por eso los amantes lo emplean como tercero que lleva mensajes a sus amigos enamorados”.

Ben Said
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 145

Juicios ultracríticos

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Erich María Remarque definía las diferencias entre las novelas típicas de Estados Unidos, Francia y Rusia, de la siguiente manera:

“Una novela americana es un relato en el que dos personas se aman desde el principio pero no logran su propósito sino hasta el final del libro. La novela francesa es el relato en el que dos personas están juntas desde el principio del libro pero de ahí en adelante ya no se quieren. Y finalmente, la novela rusa es un relato en el que dos personas ni se quieren ni se juntan y durante 800 páginas tienen ese problema”.

~…~

Jorge Ibargüengoitia advirtió que al comienzo de una novela de Budd Schulberg, el protagonista está leyendo La guerra y la paz. Todas las noches llega a su departamento y lee un capítulo. Todo va viento en popa cuando de repente, en la página 1019, encuentra un nombre de mujer, Matriona Timofyevna, por ejemplo, que no sabe a quién corresponde. Para averiguarlo, decide comenzar otra vez desde el principio.

Al final de la novela, el personaje llega a la página 1019, encuentra el nombre de Matriona Timofyevna  y descubre con horror que ya se le olvidó de quién se trata.

(NO ESPECIFICA AUTOR)
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 142

Cuestión de centavos

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Erle Stanley Gardner perfeccionó su habilidad trabajando para revistas baratas. Le pagaban 3 centavos por palabra. Escribía 200 mil palabras por mes y buscaba más la extensión que la belleza literaria. Se hizo famoso porque su héroe-detective mataba con su última bala al último de los malos. Su editor le dijo que su héroe tenía mala puntería. Gardner respondió: cada vez que escribo “bang” me gano 3 centavos. Tú estás loco si crees que voy a terminar la balacera cuando a mi héroe todavía le quedan 15 centavos de balas en su pistola.

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Mart Twain decía algo semejante: “Yo nunca he escrito ‘Metrópolis’ por 7 centavos porque me los puedo ganar escribiendo ‘ciudad’; y nunca escribo ‘técnico de tránsito’ porque me gano lo mismo escribiendo ‘cuico’”.

~…~

Exiliado por la revolución Mariano Azuela vendió su novela Los de abajo para su primera edición en Del Río City, Texas por 20 dólares.

(NO ESPECIFICA AUTOR)
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 138

Ignorancia mortal

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William Rufus, el segundo rey normando en Inglaterra, expidió un decreto en 1087, según el cual un condenado a muerte salvaba la vida probando que no era analfabeto. Se le hacía leer el primer versículo del salmo 51. El decreto fue abolido en 1700 por la reina Ana.

(NO ESPECIFICA AUTOR)
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 137

De libros y lectores

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Los lectores se pueden clasificar, grosso modo, en los que leen críticas para no tener que ver las obras, los que leen la crítica y creen que ya vieron la obra, los que citan críticas para hacer creer que conocen las obras, los que creen que todas las opiniones que no coinciden con la suya están equivocadas, y, por último, los que no leen críticas, saben que no saben nada, y creen que eso es una virtud.

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Yo creo que si de lo que se trata es de fomentar la lectura, es mucho más efectivo que los maestros prohíban la lectura de libros nuevos y los hagan circular subrepticiamente, para que los alumnos los lean debajo de las papeleras durante la clase de matemáticas.

Jorge Ibargüengoitia
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 130

Sagacidad cultural

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Según La Historia de la literatura china de Herbert Giles, en el año 13 de nuestra era un político llamado Li Ssu tomó medidas drásticas para impulsar nuevos escritores. Ordenó que todos los libros existentes fueran quemados. Así renovó la literatura china.

(NO ESPECIFICA AUTOR)
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 129

La casa encantada

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Una joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa casita blanca, rodeada de un jardín. Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de la casa, que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano, con una larga barba blanca. En el momento en que ella empezaba a hablarle, despertó. Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que por espacio de varios días no pudo pensar en otra cosa. Después volvió a tener el mismo sueño en tres noches sucesivas. Y siempre despertaba en el instante en que iba a empezar su conversación con el anciano.

Pocas semanas más tarde la joven se dirigía en automóvil a Litchfield, donde se realizaba una fiesta de fin de semana. De pronto tironeó la manga del conductor y le pidió que detuviera el automóvil. Allí, a la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño.

—Espéreme un momento —suplicó, y echó a andar por el sendero, con el corazón latiéndole alocadamente. Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de la boscosa colina y la dejó ante la casa cuyos menores detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mismo anciano del sueño respondió a su impaciente llamado.

—Dígame —dijo ella—, ¿se vende esta casa?

—Sí —respondió el hombre—, pero no le aconsejo que la compre. ¡Esta casa, hija mía, está frecuentada por un fantasma!

—Un fantasma —repitió la muchacha—. Santo Dios, ¿y quién es?

—Usted —dijo el anciano y cerró suavemente la puerta.

Anónimo. Recogido por Bennet Cerf en “Famous Ghost Stories”
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 120

Solidaridad

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Una mujer muy vieja en un campamento de refugiados en África tiene en el regazo un montoncito de nueces secas. Me siento a su lado y la miro mientras alimenta de su propia ración a un niño muy pequeño. Me mira, y sin decir palabra pela una nuez y me la pone en la boca.

Liv Ullmann
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 119

Rebelión

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Que un hombre escriba un cuento y compruebe que éste se desarrolla contra sus intenciones, que los personajes no obren como él quería, que ocurran hechos no previstos por él y que se acerque una catástrofe que él trate en vano de eludir. Ese cuento podría prefigurar su propio destino y uno de los personajes es él.

Hawthorne
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 113

Apuro

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Ocurrió durante una fiesta. El correo acababa de llegar. La anfitriona le dio una carta y reconoció la letra de su amante. La abrió y comenzó a leerla. Súbitamente se dio cuenta de que su marido estaba detrás de ella y leía también la carta por encima de su hombro. Siguió leyendo hasta el final y la tendió para la anfitriona.

—Parece muy enamorado —dijo—, pero si estuviese en su lugar no le permitiría que me escribiese en esta forma.

W. Somerset Maugham
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 111

El tiempo

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Lo que a mí me parece mal en los periódicos es que soliciten todos los días nuestra atención para cosas insignificantes, mientras que los libros que contienen cosas esenciales no los leemos más que tres o cuatro veces en toda nuestra vida.

Proust
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 109

Honradez

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Según el informe del doctor Tautains, los caníbales bobos del Sudán occidental matan a los enfermos graves y se los comen antes de que hayan adelgazado demasiado. Tautains llegó a ser conocido como el hombre que confió su mujer a un amigo cuando tuvo que viajar. A su regreso, su mujer había desaparecido. El amigo le informó que se había enfermado y adelgazó visiblemente. Por lo tanto, la mató con rapidez para alcanzar un precio aún razonable en el mercado… en interés del esposo. La suma de 60 mil conchas kauri fue rápidamente pagada al esposo por el amigo.

Theo Lobsack
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 106

Descubrimiento

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Un muchacho no puede empezar a escribir sin contarse a sí mismo. Sería larga la lista de escritores grandes y pequeños que, al contar sus historias, han contado simplemente su propia historia, la historia del que no conocen, del que sostuvo la pluma y guió su mano.

Julien Green
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 97

Voluntaria 1914

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Un tren cargado de heridos acababa de llegar y éstos fueron instalados interinamente en el hospital de la estación. Una dama iba de un lado al otro dándoles platos de sopa. Al cabo (de un momento) llegó ante un herido que tenía la garganta y los pulmones atravesados; estaba a punto de darle la sopa cuando el médico le preguntó si tenía la intención de ahogarlo. “¿Qué quiere usted decir? —preguntó—. Tiene que tomar sopa. Es imposible que le haga daño”. “Llevo muchos años practicando y he hecho tres campañas. Mi opinión profesional es que si le da usted sopa, este hombre morirá”, dijo el doctor. La dama se impacientó: “¡Qué tontería!” —dijo. “Déle usted la sopa bajo su responsabilidad”, contestó el médico. La dama llevó una taza a la boca del herido, que trató de tragar y murió. La dama se puso furiosa con el doctor…

W. Somerset Maugham
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 94

Más luz

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Estaba un día el Maestro We-chin-won concentrado en distraerse cuando se le acercó un alumno con una libreta y le preguntó por el significado de “catóptrica”.

—Lo relativo a la reflexión de la luz —dijo el Maestro.

—¿Y cuál es la reflexión de la luz? —volvió a inquirir el discípulo.

—Sombra decirlo —concluyó el Maestro.

Eduardo Casar
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 87

El príncipe azul

La dama del décimo piso ya no piensa más en el matrimonio. Sabe que a su edad lo mejor es resignarse a permanecer soltera para siempre. No obstante, todavía sueña con su príncipe azul y, en ocasiones, mientras toma su té en medio de gatos somnolientos y carpetitas bordadas, se pregunta cuál sería el aspecto de éste y por qué nunca apareció.

Lo triste del caso es que el príncipe sí acudió a la cita. Hace veinte años, se apeó del caballo frente al edificio donde ella ha vivido desde que era una niña y, al encontrar descompuesto al ascensor, intentó subir por las escaleras. Desgraciadamente la pesada armadura y la fatiga producida por el largo viaje le impidieron llegar: en el séptimo piso se desmayó a causa del agotamiento. Allí lo encontró una mujer quien le ayudó a quitarse el yelmo, lo cuidó, lo alimentó y se casó con él.

La dama del décimo piso baja casi todas las tardes al séptimo para ver la televisión con su vecina. En ocasiones, observa de soslayo al marido de ésta (un señor calvo y mofletudo que sólo habla de fútbol) y se sorprende al sentir un ligero hormigueo recorriéndole la espalda.

Luis Bernardo Pérez
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 82

Describo

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Son seis campanadas. O siete. Los barrotes de la cabecera son doce.

La enfermera de la mañana llega con una bandeja de latón, trae agua y cápsulas. Las cápsulas son tres. Los días pasan idénticos: una ventana de sol partida en cuatro rectángulos viaja por la pared, iluminando los retratos de la habitación. Luego viene una mujer, lee textos piadosos, habla de pruebas que Dios le pone a sus hijos, y de la fe, y del reino. Lo mejor es cuando reza porque cierra los ojos, así no tengo que fingir que le pongo atención, y puedo contar las grietas del techo. Son nueve.

Cada dos días viene el doctor a cambiarme los vendajes, siete en total. El doctor de la sonrisa amable dice que todo marcha muy bien, que mis huesos rotos (son trece) soldarán y la cirugía plástica hará maravillas, que soy una chica fuerte, porque no cualquiera sobrevive a una caída de tantos pisos. Fueron cuatro.

Dalia Subacius Folch
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 81