El libro soñado

Saúl S. se acostó temprano aquella noche y soñó que escribía un libro. A la mañana siguiente encontró el libro sobre su escritorio. Le dijo a su mujer: “¿Sabes que soñé que escribía un libro y el sueño se convirtió en realidad? Aquí está”.

—No seas iluso —La mujer abrió el libro y le hizo notar a su marido que las páginas estaban en blanco.

Esa noche, la mujer soñó que leía el libro. Durante el desayuno dijo:

—Me gustó mucho tu libro.

—¿Qué? —preguntó el marido sin entender, pero abrió el libro y estaban todas las páginas escritas tal y como él las había soñado.

Se lo llevó al editor, el cual prometió publicarlo, pues le había parecido excelente.

Cuando el libro salió a la venta, Saúl entró a una librería y pidió un ejemplar. No tenía escrito nada. Pidió otro y tampoco tenía letras. Examinó uno por uno hasta agotarlos y todos estaban en blanco.

Fue a pedir una explicación al editor.

—Es que es un libro que sólo puede ser leído en sueños —le respondió.

René Lira
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 114

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Mientras cesa la lluvia

Extraña es la sensación que me produce observar las enormes gotas que incesantemente se precipitan sobre el áspero terreno, desperdigándose a su vez en otras más pequeñas.

Mi explícita memoria aprisionaba mis estultos pensamientos que revolotean en mis atrofiados sentidos.

Mis labios reclaman el derecho que por sí les corresponde: el habla. Mi extraviado cuerpo clama el estatismo de mis piernas, más ninguna de las dos cosas puedo remediar…

Mis pensamientos fueron cortados violentamente…

—Mira, Juan, ese es el que traicionó a mi General Villa. Lo colgaron sin piedad, pero yo creo que deberían haberlo hecho sufrir antes de matarlo, ahora ya no recibirá castigo alguno.

—Pos, quien sabe hermano, a lo mejor se esta quemando entre las llamas del meritito infierno.

La tormenta era llovizna…

Mi cuerpo humedecido goteó sobre el lodoso suelo que jamás volveré a pisar.

José Liberty
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 113

La vela


La noche aviva a veces una planta singular cuya luz descompone las habitaciones amuebladas en macizos de sombra.

Su hoja de oro se sostiene impasible de un pedúnculo muy negro en el hueco de una columnita de alabastro.

Las polillas la atacan de preferencia durante la luna llena, que vaporiza los bosques. Pero, quemadas enseguida o ahechadas en la gresca, todas se estremecen al borde de un frenesí rayano en el estupor.

Mientras tanto la vela, por un temblor de las claridades sobre el libro en el momento del desprendimiento de los vapores originales alienta al lector. —después se inclina sobre su plato y se ahoga en su alimento.

Francis Ponge
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 108

Un retrato

Como confeti multicolor, por los colores de los vestidos, parientes y amigos salían para la iglesia cuando se escuchó el estampido… Súbitamente asomó en los rostros una interrogación color morado obispo… Uno, dos, tres, subieron rápidamente a la recámara…

El novio, inmóvil, con la pistola en la mano; como el, como salido del cañón humeante, el horrible demonio de los celos de un color amarillo repugnante… El impacto había tirado a la novia sobre la cama, junto al coqueto tocador color de rosa…

Del costado pectoral izquierdo de la virgen muerta manaba sangre de un hermoso color rojo juvenil, tiñendo las alburas color ángel bueno del primoroso traje nupcial…

En el bello rostro de la instantáneamente occisa había una dulcísima sonrisa de un color de violetas imperiales… En la mano derecha sostenía el amplificado retrato, 5 por 7, de un gallardo mozalbete de cabellos desaliñados por la brisa, cabellos negros, ondulados, brillantes, color como centro de carbón vegetal, cuya faz irradiaba una expresión de amor, de alegría, mezclada con un gesto picaresco de reciente triunfo…

Ella, la novia muerta, había tomado una fotografía con una pequeña cámara de bakelita negra, un domingo en Chapultepec, cinco años atrás, cuando se hicieron novios…

¡Ah!… el arma… Hoy, era él, Teniente comisionado por el Ejército en la “costa chica” de Guerrero…

Elmer Llanes Marín
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 107

El regulador

Estaba ahí ese punto rojo, alguien lo observaba, se quedó auscultando el tenue reflejo de luz pasaron unos cuantos segundos que a él le parecieron eternos, su corazón palpitaba acelerado, un ruido infernal lo hizo saltar y correr, cayó muerto en el umbral de su covacha…

“El canal 7 de T.V. inicia su hora Pop…

Jorge Rodríguez Pesqueira
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 99

Autoinmolación

Para A.G.P.

En este preciso instante, estoy seguro, soy un cadáver cuya carne empieza a descomponerse.

“¡Ah!…”, digo, cuando sé de antemano que no puedo decir nada.
Tengo sueño; se han adueñado de mí unos deseos incontrolables de dormir.

“Dios”, vuelvo a creer que digo.

Siento que me precipito en un abismo. Estoy cayendo. Voy directo al sol. Me atrae hacia él violenta, irremisiblemente. Lo veo crecer más y más. (No comprendo como puedo verlo alistarse para devorarme; suponía que en mi estado no era posible ver…) incluso comienzo a oírlo; creo que si, comienzo a oírlo.

“¡Ay!”, me hago la ilusión de que exclamo.

Pero, algo me ha desviado de mi ruta. El sol, a pesar de que casi me tuvo en sus narices, no pudo atraparme. Lo he dejado atrás. Ya no lo veo. Ahora —en este brevísimo instante que no termina— me pierdo en el infinito.

De vez en cuando descubro una estrella, pero apenas paso, desaparece. Por eso me doy cuenta de que soy yo mismo quien irradia luz; ellas serían y serán, en todo caso, un planeta que la refleja.
Ya no tengo sueño. Me siento muy bien, muy sereno. Y, francamente, no creo que ningún cadáver sea luminoso. Así es que he dejado de serlo.

Ahora soy un sol más en el espacio.

Humberto Guzmán
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 98

El vacío

¡Qué espectáculo más desolador!

Con los miembros despedazados y el cuerpo cubierto de llagas, tirado de bruces sobre un charco de sangre a medio coagular, y semioculto tras una nube de moscas, yacía un cuerpo sin vida.

Su fin no podía haber sido más terrible, y su derrota más contundente. Después de tantos esfuerzos y de titánica resistencia, tras eternos años de penosa lucha, había finalmente sucumbido, en una de las batallas más pavorosas y desiguales de que se tenga memoria.

A su lado, orgulloso, se erguía el vencedor, mostrando una presencia impasible e insondable, sabedor de sus recursos y su fuerza, a la que nada ni nadie habría de escapar. Con la mirada fija en el horizonte, y una esbozada sonrisa, propia de aquel que desconoce la derrota. El vacío se proyectaba majestuoso en el tiempo, con la destrozada víctima a sus pies.

Alberto Blanco S.
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 96

Extraña visita

¡Ah!,… sucedió hace tantos años, que ya más bien creo que lo que voy a contar es sólo un cuento ¡Já!, pero es tan cierto que aún siento su mano sobre mi pelo y su gélida mirada sobre mis ojos infantes. ¡Qué personalidad la suya! Era alto, más bien grueso, cabello erizado y ojos color pantano tamaño almendra. Hacía uso de un lenguaje rebuscado que a duras penas yo captaba y sólo en las noches de intensa niebla me visitaba. No quería ser visto por nadie. La última noche que lo vi se sentía cansado, le pesaban los labios… —Si te decides y aceptas mi proposición, serás dueña de un dulce castillo, tendrás además de lo que desees esta capa mía, de terciopelo suave y negro que tanto admiras…

—Todo eso lo quiero, pero sobre todo el trinche bordado de rubíes.

—Pides demasiado.

—Si no tengo el trinche, no acepto nada.

—¡Imposible! Pero óyelo, toda tu vida serás una mediocre humana, ¡Por todos los rayos que sí!.

—No acepto.

Salió despidiendo chispazos dorados por las pupilas, espumándole la boca, diciendo incoherencias que no logró recordar.

Platiqué con mi abuela a la mañana siguiente. Le conté lo del extraño que me invitaba a su reinado lejano:

—Así que opté por no hacerle caso, hasta que regrese y se decida a darme lo que le pedí.

—Bendita tu terquedad de la que tanto renegué, gracias al cielo, mil veces; ¿No comprendiste, querida niña, que ese extraño no era un ser humano?

—¡Caray!, a lo mejor es por eso que le veía yo esa cola tan larga ¿no?…

Martha García Torres Arrioja
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 91

Teoría

Le teoría de Radolff es ingeniosa pero inaceptable.

Existen, dice Radolff, infinidad de mundos paralelos al nuestro; algunos creados por nosotros mismos con sólo pensar en su existencia.
Ejemplifica su teoría diciendo que basta con que alguien lea la novela de ficción científica “Crónicas de un planeta llamado Tierra”, para que el mundo que en ella inventa el autor cobre realidad en alguna parte.

Javier Quiroga G.
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 81

Tentación

Siempre sentí una terrible tentación de abrir aquella puerta. ¡Cuánto tiempo sin abrirla! Toda la vida. Nunca encontraba el momento apropiado, y si lo encontraba, en el instante de abrirla sentía temor y retiraba las manos. Muchas veces escuchaba a través de ella gritos horripilantes, en las noches de luna llena. Golpes terribles en los años bisiestos. Cantos hermosísimos en las fiestas de diciembre. Voces melodiosas los fines de semana. Con ansiedad extrema, un día, por fin…

—La abriste.

—No. Descubrí que era un reflejo de la puerta de la calle en el espejo del fondo.

Salvador Castañeda Pérez
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 73

Ars longa, vita brevis

Durante medio siglo representó en radio, teatro, y cine (posteriormente en televisión), el personaje de la joven seducida. En todos sus años —químicamente floridos— celebró cada uno de los éxitos con fiestas que iban del té crepuscular a la gran cena; del gran ceremonial de la orgía romana a la solemnidad del nudismo griego. Pero nunca celebró ningún cumpleaños.

Roberto Bañuelas
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 65

La otra orilla

Alguna vez, extenuado y perdido, tuvo que arrastrarse sobre un desierto quemante; otra, sentía la más lacerante impotencia para luchar contra un mar embravecido, o se asfixiaba precipitado al vacío de una noche densa en la que no terminaba de caer. Una tarde se vio a sí mismo caminando en busca del crepúsculo, hasta llegar a un lago tranquilo en cuya orilla se mecía una barca a la cual, por invitación de un remero traslúcido que lo llamó por su nombre, subió para ser conducido a una región de infinita serenidad…

Roberto Bañuelas
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 65

Homo brevis: Omega

Entorné los ojos.

No cabía duda. Era ella.

Hermosa siempre, aun con el cabello sucio de polvo flotándole al viento y las ropas hechas jirones. El oro de su carne relucía entre las desgarraduras de la tela y sus ojos reflejaban el cielo.

Recordé como una vez me había arrastrado a sus pies, y me había tragado mi orgullo de varón, olvidándome que existía algo llamado dignidad ¿Cuándo había sido eso…?

Ahora éramos los únicos sobrevivientes de la guerra nuclear.

Me vio: una silueta oscura entre los escombros, con barba de mes y medio.

Sentí su miedo, que se abría camino dolorosamente por entre el peso de su soledad. Sentí mi propia soledad derretirse, y mezclarse con la secreción amarga de mis recuerdos.

Cuando estuve más cerca en su mirada, la alegría incipiente y tal vez alguna cosa más, y no hice sino sonreír sin ningún humor.

Vi en sus ojos muy abiertos que no comprendía.

Y siguió sin entender nada, hasta que yo, con la sonrisa congelada, dejé caer mi destrozado pantalón y ella supo lo que había hecho aquella maldita esquirla.

Carlos M. Federeci
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 63

Homo brevis: Alfa

—Está bien, nos acercamos más —acepté—. Pero, por Vol, ten mucho cuidado con el captador de sico-ondas. Ya sabes que…

Él era testarudo, y de todas maneras yo tampoco creía del todo en un peligro excesivo. Ya se sabe que los libros siempre exageran.

Y me agradaba poder ver mejor a los nativos de Gurla, 3er planeta, XXX Sistema, sol amarillo. Me ponían sentimental. Sus cuerpos bípedos, casi erectos, relucían sobre el fondo de la jungla, en retozos despreocupados. El confortable abrigo de varios millones de generaciones los protegía de las sofisticaciones de la racionalidad que eventualmente llegarían a desarrollar.

—Voy a encender el captador —anunció él—. ¿Listo?

—Si —respondí—. Pero, ¿no te parece que convendría tomar alguna precaución…? Me asusta pensar que las variables degenerativas se propaguen en progresión geométrica. Si se apresura el normal desarrollo mental de una raza, puede generarse una esquizofrenia hereditaria de consecuencias catastróficas… —Ignoré su gesto de ironía—. Ya sabes qué delito tan grave es el perturbar a una subcultura… Y, francamente, las ondas del captador podrían provocar la racionalidad forzada, antes de tiempo, saltándose etapas, y causando por ende una hiperparancia racial. Al menos, así opina el doctor…

Me interrumpí. El sonreía abiertamente.

—Muy bien, “profesor” —dijo—. Ya te mandaste el discurso. Estoy muerto de miedo. Ahora déjame trabajar, ¿eh?

Ululó suavemente el captador al encenderse.

Tres revoluciones después, ocurrió la catástrofe. Me volví al oír su grito sofocado.

—¡Gran Vol! —susurró, en el colmo del horror, señalando con un miembro tembloroso—. ¡Fíjate en aquella hembra!

Sentí flojas las piernas. ¡La hembra se estaba cubriendo de hojas la parte media del cuerpo!

Carlos M. Federeci
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 62

El reloj

Lo escucho atentamente y me doy cuenta que no es cierto: que los relojes no hacen el famoso tic-tac que enseñan desde chicos; es un ruido anormal, complejo e indescifrable. Varios ruidos y un ritmo monótono a veces.

Pero que esta noche me marca, quizás hasta me acompañe —solo el ruido— quebrando el zumbido —ese tan peculiar— del silencio que todas las noches se siente.

Máxime cuando la cabeza quieta, gira, literalmente, desde la pared a los muebles y ya no sabe que pensar.

Cuando una sola imagen, o un punto, se fija, va y viene, como para volverse loco. Y se prende la luz, esa portátil personal, íntima, no se, como un ojo más que mira fijo y hace ver a los demás, el techo, los objetos, como cosas auténticamente nuestras.

Mientras tanto —el —permanece inmóvil, con su ronquido permanente y una se da cuenta de que está vivo de a ratos. Entonces nada importa, ni las imágenes, ni el ojo de la lámpara, ni el zumbido: sólo el techo, como un enemigo.

Increíblemente cada situación, cada ronroneo, toma forma y vale por sí misma, desprendida de ese eje que a veces creo ser.

Es ahí —¡que difícil establecerlo! —cuando me doy cuenta de muchas cosas, de improviso: del tono exacto de la cortina, de la mancha de la puerta, de todo.

Aún no defino algo, se me escapa y lo atrapo: no te muevas, creo que le grito; pero él sigue —roc toc tic roc tac —indescifrable.

(Ha de estar parado, no se mueve, no ronca, ni lo analizo. Ha de estar muerto, no late. Se ha de haber ido: no vuelve —de pronto, ¡qué pena!— mientras la luz sigue inconmovible, y mi sábana. A veces, y mis lágrimas.)

Pero lo he descubierto —semi desaparecido— de momentos lejanos, otros cerca, que es mentira, que no es tic-tac-tic-tac, como todas las cosas y mi propio tiempo.

Graciela Grottogini Goró
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 61