Dante

Sentado de costado, Dante se pasó una mano por sus cabellos y con la otra tamborileaba sobre la mesa de la cocina. Todo su aspecto decía de cansancio, de agobio. Veía al piso con la mirada fija del obseso.

—Dale, pibe… contame todo… es mejor que hablés ahora. Eso lo tiene en cuenta el juez, ¿sabés?… mirá, pibe, que es mejor… ¿Y? ¿Qué hacemos, pibe, hablaás? —el oficial suspiró profundamente desalentado— ¿me escuchás? ¡Dale pibe, dale!

¿Hablar? —pensó Dante— ¿para qué voy a hablar?, si está todo dicho y hecho, ¿cuántas veces quise hablar?; mil veces y ¿quién escuchó, quién? Nadie. ¿Para qué hablar?. Cuántas veces le dije al viejo que no tomara más —no tome papá, no tome— y que le iba a ser malo, que iba a pasar una desgracia. ¿Y me escuchó? No. ¡Qué va a escuchar! Y todas las veces que hablé fueron iguales, no sirvieron de nada. El siguió tomando y cada vez más, y fajando a la vieja cuando llegaba en curda, y yo encerrándome en la pieza para no escuchar los gritos de la vieja y escuchando igual —No te metás, decía ella, encima de la paliza lo defendía—… eso nunca lo entendí ¿Por qué lo hice? ¡qué sé yo por qué! No sé y no me importa el porqué, lo hice y basta, ahora es igual. Total, se me viene encima la cárcel, y ¿qué me importa?. Iba a pasar, yo sabía que iba a pasar y pasó, ¿viste? Pasó. Lo que sí… si la vieja no se cruza… ¡qué macana!, hubiera sido diferente…

—Esos son todos iguales —se impacientó el oficial— ¡mierda!

… si la vieja no se cruza —pensaba Dante— justo de lante, justo delante del cuchillo… era para él y ella se viene a cruzar…

Alberto Ruiz
No. 68, Enero-Marzo 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 197

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