En rojo

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Y se levanta el payaso rojo en la pecera-cuarto-guardería. Y toma la tiza roja para payasos y escribe por dentro de la concavidad transparente: “Afuera no existe”.

Dalia Subacius Folch
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 103

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Describo

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Son seis campanadas. O siete. Los barrotes de la cabecera son doce.

La enfermera de la mañana llega con una bandeja de latón, trae agua y cápsulas. Las cápsulas son tres. Los días pasan idénticos: una ventana de sol partida en cuatro rectángulos viaja por la pared, iluminando los retratos de la habitación. Luego viene una mujer, lee textos piadosos, habla de pruebas que Dios le pone a sus hijos, y de la fe, y del reino. Lo mejor es cuando reza porque cierra los ojos, así no tengo que fingir que le pongo atención, y puedo contar las grietas del techo. Son nueve.

Cada dos días viene el doctor a cambiarme los vendajes, siete en total. El doctor de la sonrisa amable dice que todo marcha muy bien, que mis huesos rotos (son trece) soldarán y la cirugía plástica hará maravillas, que soy una chica fuerte, porque no cualquiera sobrevive a una caída de tantos pisos. Fueron cuatro.

Dalia Subacius Folch
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 81

Soledades

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Un ser-caja camina, camina pasillos largos llenos de puertas que muestran más pasillos largos. Un ser-caja camina directamente hacia el ser-caja que camina por el pasillo. El ser-caja parece no disminuir la marcha cuando el ser-caja está a punto de chocar con él. Se atraviesan limpiamente, como dos sombras que por un momento se vuelven una sombra más oscura, y siguen su recorrido por los pasillos largos, indiferentes a cualquier distracción posible.

Dalia Subacius Folch
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 71

Los abuelos

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“Amarrarse con un cordel el dedo gordo del pie a la cama. Un papelito con nombre y dirección en el bolsillo de la pijama. Los mayores deberán llevar las gafas y el pasaporte”. A la mañana siguiente había que ponerse en fila frente al baño y dejarse contar. Mi abuelo creía que los niños podíamos volar mientras dormíamos y amanecer del otro lado del mar. “Cosas de viejos”, decía mi abuela, “¿Cuándo has visto que falte alguno de ustedes?”. Y era verdad, siempre estábamos completos, pero ella se levantaba tarde en la noche y nos cerraba la ventana de la habitación por fuera.

Dalia Subacius Folch
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 37