La incrédula

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Sin mujer a mi costado y con la excitación de deseos acuciosos y perentorios, arribé a un sueño obseso. En él se me apareció una, dispuesta a la complacencia. Estaba tan pródigo, que me pasé en su compañía de la hora nona a la hora sexta, cuando el canto del gallo. Abrí luego los ojos, y ella misma a mi diestra, con sonrisa benévola, me incitó a que la tomara. Le expliqué, con sorprendida y agotada excusa, que ya lo había hecho.
—Lo sé —respondió—, pero quiero estar cierta.
Yo no hice caso a su reclamo y volví a dormirme, profundamente, para no caer en una tentación irregular y quizá ya innecesaria.

Edmundo Valadés
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 25

Edmundo Valadés
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 99

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De amor

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…Y me volví hacia ella, con una emoción infinita, bienhechora. Supe diáfanamente cómo me gustaba con esa su sedante ternura, con esa su suave y tranquila actitud y cómo en sus ojos y en sus labios, en la expresión de su rostro tomaba forma lo más deseado para mí en el mundo. Ella estaba compartiendo lo que empezaba a suceder, lo que ya presentíamos a través de intensas miradas, lo que nos habían expresado implorantes estrechamientos de manos, con temblor de palabras alucinadas y nerviosas, en un despertar indolente, imprevisto, y ya fiebre ardorosa, urgente llamado mutuo que se nos salía por los poros. La atraje hacia mí, la enlacé, ávido de su boca, de sus labios y nos besamos en irresistible entrega, en cesión total al beso que derrumba la vergüenza y germina el deseo original y avasallador, embargado de felices calosfríos. Ella era en mi abrazo un rumor palpitante de carne, rendida, dócil, cálida, que yo extenuaba en amoroso y tenaz apretón de todo mi ser y capaz de anticiparme el prodigio de una posesión que abarcaba, con su sexo, a toda ella, a su invariable enigma de mujer, a sus más recónditos misterios y entrañas, a ese mundo sorprendente y tibio que era ya mi universo, a sus voces íntimas, a su vida entera, a su alma, a su pasado, a su niñez, a sus sueños de virgen, a su carne en flor, a sus pensamientos, en delicioso afán de apropiármela íntegra y fundirla a mi cuerpo y a mi vida para siempre.

Edmundo Valadés
No. 23, Mayo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 463

Edmundo Valadés
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 114

La marioneta

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El marionetista, ebrio, se tambalea mal sostenido por invisibles y precarios hilos. Sus ojos, en agonía alucinada, no atinan la esperanza de un soporte. Empujado o atraído por un caos de círculos y esguinces, trastabillea sobre el desorden de su camerino, eslabona angustias de inestabilidad, oscila hacia el vértigo de una inevitable caída. Y en última y frustrada resistencia, se despeña al fin como muñeco absurdo.

La marioneta —un payaso en cuyo rostro de madera asoma, tras el guiño sonriente, una nostalgia infinita— ha observado el drama de quien le da transitoria y ajena locomoción. Sus ojos parecen concebir lágrimas concretas, incapaz de ceder al marionetista la trama de los hilos con los cuales él adquiere movimiento.

Edmundo Valadés
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 117

Apuro

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La característica principal de las chicas es que son mentirosas o en todo caso mitómanas. Al principio yo había hecho creer que había escrito una novela, y a fuerza de mentir acabé por escribirla.

Francoise Sagan
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 113

Pesadilla

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“Acababa de llegar de Londres. Entré en el comedor y vi a mi anciana tía sentada, trabajando delante de su mesa. La lámpara estaba encendida. Me acerqué a mi tía y le toque el hombro. Profirió un grito ahogado y, al ver que era yo, se levantó, me echó los brazos al cuello y me besó:

—¡Hola, pequeño! —me dijo— ¡Creí que no volvería a verte nunca más! —Lanzó un suspiro y apoyó su vieja cabeza sobre mi pecho—. ¡Estoy tan triste, Willie! Sé que pronto moriré. No volveré a ver el invierno. Hubiera deseado que tu pobre tío se hubiese ido primero a fin de que se hubiera ahorrado el dolor de mi muerte. Las lágrimas brotaron de mis ojos y comenzaron a correr por mis mejillas. Entonces me di cuenta de que había soñado, porque mi tía llevaba ya dos años de muerta y, apenas había reposado en el dulce sueño de la muerte, mi tío se había vuelto a casar”

W. Somerset Maugham
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 105

Dos escaleras y un vértice

Primero te veo el torso, semidesnudo, envuelto en algo que parece el “top” de un leotardo. El rostro —tu rostro— no lo veo. Desciendes alejando tu vista de donde ni siquiera sospechas que te admiro. Pienso a la velocidad del deseo. Tu bajas, yo subo, los dos electrónicamente. Pero algo falla, las escaleras se juntan en un vértice que no es ni el tuyo ni el mío, ni mucho menos —ahora lo sé— el nuestro.

Un error de cálculo y ya no te miro. Me dan ganas de seguirte pero me llevas bastante ventaja. Y, además, me vería un poco raro subiendo para bajar inmediatamente.

Me pongo algo triste y pienso que si alguien me preguntara si esto es un cuento yo posiblemente respondería que no, que es tal vez sólo una pequeña desgracia entre las muchas de esta urbe.

Carlos Ramírez
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 101

Milagro

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Era una ciudad de la tierra, y niño hacía con sus amigos los estériles trabajos de las travesuras. Y así uno y otro día. Una mañana, cansado de los mismos juegos, propuso jugar “Tinguibidoo”. Dos niños juntaron los brazos para formar la silla, y una vez formada, fue Vicente quien se sentó en ella, y precedido de rezos dieron vueltas en torno de un templo imaginario. Pasados los brazos de cansancio, quisieron bajarlo; pero el santo de mentiras ya era verdadero. Convertido en madera, sus carnes estaban rígidas. Desde ese día se le veneró en mi tierra.

Andrés Henestrosa
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 93

El baile

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La sensación del barco era una chilena estupenda recién casada con un yankee buen mozo y grandote; jóvenes los dos, ricos y bellos. Si no me equivoco, fueron más tarde los personajes de un drama que ocupó a la presa de escándalo no sé cuántas semanas. Mató ella al marido en una disputa y el juez la interrogó en la audiencia pública:

—Dice Ud. que la noche anterior al crimen se hallaba ya muy preocupada; sin embargo, hay testigos de que esa noche la pasó Ud. bailando…

—Señor Juez; no bailó con la cabeza sino con los pies—, contestó la chilena.

José Vasconcelos
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 89

Mentalizado

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Un yoga tenía que ir a algún sitio y no teniendo dinero le preguntó al jefe de la estación si podría ir gratis. El jefe de estación se negó y el yoga se sentó en el andén. A la hora de salir, el tren no pudo arrancar. Se creyó entre la locomotora tenía algo y enviaron a buscar mecánicos que hicieron cuando pudieron, pero el tren no arrancaba. Finalmente, el jefe de la estación les habló del yoga a los empleados. Se le rogó que subiera al tren y éste arrancó en el acto.

W. Somerset Maugham
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 91

Asalto de película

No intentes ningún truco —dijo— y desde ahí conocí que esto se estaba desarrollando en una forma demasiado familiar. Sonreí, por un momento no supe qué decir y evoqué escenas de películas. Pensé que en casos como estos sólo saben dos tipos de reacciones.

Me explicaré, uno en su papel de asaltado (porque esto es un asalto) puede estarse quieto o rebelarse. Esto, de acuerdo al tipo al que pertenezca el objeto del atraco; héroe o cobarde. El héroe finge, aguanta quieto —un poco solamente— y de repente zas, patada a la pistola —o cuchillo dependiendo del caso—, rodillazo en la panza —ayy— y un golpe de canto en la parte superior del cuello. Para lo anterior es indispensable que el salteador esté agachado doliéndose del abdomen. Si está solo, lo pateas en el suelo —una vez, no está bien visto el ensañarse— y si son dos los malditos al otro lado sólo le echas una mirada de gallito bravo y, por supuesto, huye cobarde y que no te vuelva a ver porque no te la perdono…

La otra reacción es la que yo pensé adoptar; el primer paso es el mismo, aguantar. Sólo que aquí se aguanta hasta el final, te dejas quitar el dinero sin protestar y tratas de que no te den un chingadazo. Yo debí estar pensando todo esto a la velocidad en que se piensa en el metro. También debí haber sonreído porque el malo gritó de qué se ríe ese cabrón pendejo pues que no me oyó.

Sí lo había oído —y obedecido además— pienso al sentir el cuchillo que sale de mi abdomen seguido de sangre, de veras, roja y mía, mientras que el hombre aquel, quien seguramente nunca se quedaba hasta el final de la función, espera tranquilo que me derrumbe para quitarme la cartera.

Juan Ramírez
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 86

Enigma

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En el sueño, fascinado por la pesadilla, me vi alzando el puñal sobre el objeto de mi crimen.

En un instante, el único instante que podía cambiar mi designio y con él mi destino y el de otro ser, mi libertad y su muerte, su vida y mi esclavitud, la pesadilla se frustró y estuve despierto. Al verme alzando el puñal sobre el objeto de mi crimen, comprendí que no era un sueño volver a decidir entre su vida o mi libertad, entre su muerte o mi esclavitud
.
Cerré los ojos y asesté el golpe. ¿Soy preso por mi crimen o víctima de un sueño?

Edmundo Valadés
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 78

Ardid

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Wms, un irlandés, durante algún tiempo estuvo en Nueva Zelanda. Un día estaba cazando con un amigo suyo empleado de banca que no tenía permiso de caza. De repente vieron a un policía. El empleado creyó desvanecerse pensando ser detenido, pero Wms le dijo que conservara la calma y echó a correr. El policía lo persiguió y así llegaron a Awkland. Una vez allí Wms se detuvo, llegó el policía y le pidió el permiso que Wms le entregó inmediatamente. El policía le preguntó por qué corría, a lo cual él contestó: “Pues verá, usted es irlandés igual que yo, y si me promete no decir una palabra se lo diré: el que no tenía permiso era el otro.” El policía soltó la carcajada y dijo: “Es usted un gran tipo; vamos a echar una copa.”

W. Somerset Maugham
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 83

Denis de Rougemont

Denis de Rougemont

Denis de Rougemont

(Neuchâtel, 1906-Ginebra, 1985)

Escritor suizo en lengua francesa. Vinculado al personalismo de E. Mounier, desarrolló una densa producción ensayística articulada en dos grandes temas: el amor (El amor y Occidente, 1939; Como tú mismo, 1961; Los mitos del amor, 1967) y el europeísmo (La aventura occidental del hombre, 1937; Carta abierta a los europeos, 1970; El futuro es asunto nuestro, 1977). Fundador de la revista Esprit (1932), órgano del movimiento personalista, y presidente del comité ejecutivo del Congreso para la Libertad de la Cultura (1951-1966), De Rougemont se guió siempre por su firme compromiso intelectual humanista[1].

El diablo

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Después de cenar, sintiendo la atmósfera favorable, éramos seis felizmente concordes, sugerí que jugáramos a preguntas y respuestas. Este juego, puramente telepático y poético, se juega por parejas, en el mayor silencio. Uno escribe tres preguntas y otros, al mismo tiempo, tres respuestas. Luego se hace a la inversa. Y por fin, cada cual lee en voz alta, uno sus preguntas y otro sus respuestas.

De aquella velada recuerdo tres réplicas notables.

Estaba allí Jean-Paul de Dadelsen, mi colaborador más íntimo en el Centro Europeo de Cultura, y de quien dije, después de su muerte prematura en 1957 que era “el único gran poeta luterano en lengua francesa”. Una de las preguntas era: ¿Qué sucedería si Jean-Paul llegase a ser Papa? Respuesta: “El Papa sería luterano.

Segunda réplica: ¿Qué es la mística? Respuesta: es un pequeño jardín cerrado que se abrirá en Pascua. Como es sabido, el hortus clasus es un símbolo fundamental del misticismo, sobre todo del flamenco y renano). Pero es la tercera contestación la que me ha movido a evocar aquí aquella velada memorable. Uno de nosotros había escrito: ¿Qué sucedería si el diablo entrase a esta habitación? La respuesta que leyó su pareja fue Que todas las luces se apagarían. Y todas las luces se apagaron.

Denis de Rougemont
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 78