La última página

Y anocheció, como en el primer día fueron creadas las sombras.

Adán tomó a Eva de la cintura. No fue el tosco cordón de bejuco que sostenía la hoja de parra lo que sintió al contacto de su mano extendida y ligeramente ahuecada, sino una perfumada, sutil tela de seda, bajo la cual palpitaba la vida eterna.

Caminaron unos pasos. El rechazo alucinante de un crepúsculo que naufragaba en la comba terrestre iluminó sus rostros transfigurados por el deseo. Repentinamente se detuvieron atónitos. Ninguna serpiente se balanceaba, amenazante o dulce, en su camino. Pero ante sus ojos, agrandados por la angustia, se elevaba gigantesco, monstruoso, un arrebatador hongo de humo.

Contemplaron abismados cómo el hongo, sombríamente adensado, subía, subía. Y un rumor oceánico, más conturbador que un millón de bombarderos en picada, asordaba el horizonte.

Se esperaba la noche, pero ya no como en el Génesis sino como en el Apocalipsis. Centelleos de otros mundos acuchillaban la espesura cósmica.

Adán y Eva se tomaron de las manos. Bajo sus pies reptaba —aterrado— el animal por cuya causa fueron expulsados del paraíso. Apenas alcanzaron a verse de reojo sus perfiles empalidecidos. Un estruendo formidable los arrebató en su vértice. El vientre de ella estalló como una granada y su faz se disolvió en una negrura espacial.

Y Adán quedó solo, rota la espina dorsal, doloridas las costillas, balanceándose en un espacio ignoto, tenebroso.

 

Edmundo Flores Cuevas
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 108

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Deuda de sangre

No era un cerdo llevado al matadero. Era él, Eugenio Vara. Temblaba.

—¿Cómo está mi padre? —balbuceó más que inquirió.

Pasaba de uno a otro corredor. A su lado se deslizaban las enfermeras, los médicos, los practicantes: sigilosos, secos.

—Por aquí, por favor.

Lo estremeció ese cálido “por favor” de su cicerone, una enfermera corpulenta, de pantorrillas como troncos de leña.

Pisaba suavemente, como en sueños.

Sala general. A derecha e izquierda camas. Emergiendo de ellas, pómulos, barbazas, bigotes encalabrinados, ojos atisbantes.

Llegó a una pequeña sala.

—A ver, siéntese. Quítese la camisa. Acá el brazo.

—¿Para qué?

—No tiene dinero. Donativo de sangre. A dar lo máximo. Está usted fuerte. Rebasa los sesenta kilos de peso.

—Mi padre…

—De algún modo tiene que pagar. Aquí nada es gratuito.

—Ya está mejor, ¿verdad?, se salva.

Sentíase desfallecer, desfallecer dulcemente.

—¿Más? —preguntó sorprendido—.

Pausa melancólica, de convaleciente. Le chupaban.

—¿Para qué tanta?

—¿Cómo para qué? Las medicinas.

—¿Tanto?

—¿Y el certificado de defunción?

No era un cerdo en el matadero, no. Era él, Eugenio Vara, a quien chupaban la sangre y desollaban el alma.

Edmundo Flores Cuevas
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 567

Mercado de cerdos

Llovía, el piso de tierra del mercado de cerdos era un lodazal. Compradores y vendedores se agazapaban bajo los tejabanes. El agua y los excrementos formaban charcos que la gente sorteaba entre maldiciones y escupitajos.

—¡Trescientos pesos por ese marrano!

—¡Cuatrocientos!

—¡Trescientos cincuenta! Es lo último.

—Si está más flaco que mi abuela.

—Pero fibrudo como mi abuelo.

Se acercó una muchacha. Abigail. La lluvia empapaba su vestido.

—Mujer, te vas a resfriar —se aventuró a decir el comprador—.

—¿Qué más da?

—Se enojará tu marido… espera, luego sigues tu camino.

Abigail esperó. Temblaba.

—¿Eres casada?

—N.

—¿Hija de familia?

—Sólo de madre.

—¿No te pega si tardas? Vamos a otro sitio a atajarnos del aguacero.

Abigail calló.

—Vamos.

—Nunca lo he hecho.

—Hasta no ver no creer. Te compras unos trapitos de a cien pesos, le susurró al final.

A Abigail se le hizo un nudo en la garganta. Siguió su camino. Había mentido. No tenía ni madre. En el día no había probado bocado. Vivía arrimada a una mendiga. Pero por la tercera parte de lo que se ofrecía por un puerco trasijado y hocicudo, ¡no!… aún no.

Siguió su camino. El agua le chorreaba por las guedejas.

Edmundo Flores Cuevas
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 654