L’homme qui insiste

Tanto insistió aquel hombre de sucia corteza, que un día (el sol era verde) la mujer le dijo:

—Está bien: entra.

Inmediatamente el hombre empezó a golpear con una tabla su exterior de charco hasta lograr una apariencia de soldadito de plomo. La mujer lo tomó sin gran emoción por el bracito derecho —y lo introdujo en su boca. Lo masticó lentamente, escupió las sobras, bebió un sorbo de agua y terminó por cepillarse los dientes con pasmosa tranquilidad.

Miguel Covarrubias
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 335

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El asombro, siempre el asombro

Corre el hombre por el callejón. Las paredes son altas, blancas, intocables, inalcanzables. Corre perseguido por el implacable hombre que quiere cobrarse en él, con su vida, todas las afrentas que el mundo le ha escupido en los labios.
Sabe que los ojos llenos de redecillas blancas, espesas, pobladas por cupulitas, no lo ven, que no les importa incluso distinguir en él una piel de blancura enfermiza y una boca abierta a golpes de fatiga, una frente invadida por el sudor y un corazón a punto de perder el equilibrio. Nada. Cada uno cumplirá el papel que hasta ese momento nadie sabe cómo finalizará.
El acosado llega al término del callejón, retrocede y empuña entonces la lanza que se apoyaba en uno de los altísimos costados blancos. Hierven sus ojos ante todo lo que miran y no miran. El perseguidor recoge la otra lanza apoyada en el otro muro altísimo y arremete contra el hombre agotado que para el primer golpe. Detiene otros dos más y al fin cae inerme al suelo caliente y áspero.
Aparece entonces la mujer que emite un aterrador ¡nooo…! Que inmoviliza los reflejos del que lanza en mano ensartaría con vigor al caído. Resuena el ¡nooo…! Con tal fuerza y en sucesiones infinitas hasta crear la paralización total.
Aún ahora nuestros oídos escuchan la definitiva negación y nuestros ojos contemplan una mirada rellena de pavor, una mueca de fiereza y tres gestos de asombro, fundidos para siempre.

Miguel Covarrubias
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 331

Muerte de la muñeca de chocolate

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Estoy en el coche observador sintiendo cómo va fundiéndose en mis dedos la muñeca de chocolate. Las manos se me vuelven torpes a base de dulce, negrura y calor. A mi lado, los compañeros de viaje se ocupan de su revista ilustrada y su corbata o su atractiva faja. No miran. Y si lo hicieran, no verían sino el entrelazamiento de mis nerviosos dedos: mi querida e invisible muñeca continuará deshaciéndose sobre mi piel hasta cubrir con sus hilos la superficie roja de mi isla vital.

A mi derecha aparece una larga y angosta faja de tierra que corta al mar por ese lado. Se me antoja esta espada de palmeras el instrumento preciso para cortar en innumerables trocitos la carne dulce de la muñeca. Pero es inútil: a mis pies yace un minúsculo lago oscuro que inmediatamente es cubierto por una capa de agua salada que yo he bombeado con mi incontrolable y eficaz nostalgia.

Abro el refrigerador y saco el sobre sin estampillas y sin rótulo. Luego emerge la muñeca de chocolate con sus facciones perfectamente dibujadas y ligeramente humedecidas. He acudido con rencor y con las manos provistas de alfileres. Voy clavando en todos los lugares sagrados las puntas afiladas, mientras sonrío sin convicción. Escucho luego el llamado del teléfono y me alejo. Al volver me encuentro con los mástiles blancos colocados sobre el barco café que se aleja velozmente de mi costa humana y agrietada…

Así y en muchas otras formas desconocidas ha muerto la muñeca de chocolate.

Miguel Covarrubias
No. 52, Abril 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 765

Final verdadero de la historia de Caperucita Roja y el Lobo

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Continuó Caperucita Roja su serie de preguntas:

—¿Por qué tienes esa lengua tan grandota?

—¡Para lamerte mejor! —exclamó entusiasmado el Lobo.

Enseguida éste condujo a Caperucita —que en este instante había logrado lo que un poco más que adolescente requiere en casos similares: redondeces, oh, senos, ha, es decir, redondeces y redondeces que humm, humm— para que asumiera las habilidades del espiral, del caleidoscopio, del remolino, del tobogán, hasta llegar a la preciosísima reservada a los privilegiados de la vida.

Al término de la serie mencionada, Caperucita, con toda libertad y desenfado, le confesó al extenuado Lobo:

—No debería decirlo pero este final, que algunos desaprobarían, me satisface más. ¡Por mi abuelita que me satisface más!

Miguel Covarrubias
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 378