Cesáreo de Heisterbach

Cesáreo de Heisterbach

Cesáreo de Heisterbach

Cesáreo de Heisterbach nació probablemente en Colonia hacia 1180 y murió en Heisterbach hacia 1240. Recibió una excelente educación en Colonia, obteniendo un buen conocimiento de los Padres de la Iglesia y escritores clásicos. En 1198 ingresó en el monasterio cisterciense de Heisterbach y pasó allí su vida en completa reclusión. Fue instructor de los novicios y también prior, según Henríquez (Monologium Cisterciense, ad diem 25 Sept.). Su actividad literaria está estrechamente ligada con los deberes monásticos. Solo dieciséis de sus muchos escritos existen y la mayor parte en manuscrito. Uno de los mejor conocidos es Dialogus miraculorum o De miraculis et visionibus sui temporis (ed. J. Strange, 2 vols., Colonia, 1831; index, Coblenza, 1857). Como maestro de novicios Cesáreo tenía que enseñar a los futuros monjes sobre las regulaciones, opiniones y decisiones de la orden, creyendo que el mejor medio de hacerlo era a través de ejemplos. A petición de su abad puso sus enseñanzas por escrito, siendo sorprendente la copiosidad y variedad de su material, extraído del pasado reciente y de la más remota antigüedad. Sus fuentes escritas pertenecen a la orden cisterciense, pero también son de comunicación oral. Cada narrativa tiene el propósito de tener una aplicación moral o religiosa práctica, pero Cesáreo sabía como incluir todo bajo esos encabezados, de modo que sus historias contienen muchos detalles de historia contemporánea e historia de la civilización. En una serie de descripciones pone delante del lector la vida en el bajo Rin, especialmente en Colonia, encontrándonos con muchas creencias populares y supersticiones que sobrevivían de la antigua mitología germana. El Dialogus es especialmente importante por la información de costumbres eclesiásticas, especialmente de la vida monástica. Las regulaciones de los monasterios, especialmente entre los cistercienses, el canto y trabajo, dormir y comer, ayunos y sangrías de los monjes, todo lo presenta con ejemplos vívidos. Cesáreo es muy severo sobre los males de la confesión y aunque suprime lo peor dice lo suficiente para que su juicio sea riguroso (cf. iii. 41 and 45). En cuanto a lo demás, la obra, desde el principio al fin, es un testimonio de la manía por los milagros y la creencia del tiempo por lo maravilloso. Por todas partes se encuentra una interferencia de poderes parcialmente divinos y parcialmente demoníacos con sucesos terrenales, y cuando tal acontece tiene lugar lo más increíble. Este es el punto débil del libro que no debe ser pasado por alto, a pesar del encanto poético de muchas narraciones y de la personalidad moralmente pura de Cesáreo. Su contribución a la creencia en la brujería y adivinación y en toda clase de manifestaciones diabólicas contribuyó a hacer de tales sucesos una parte constituyente de la fe cristiana medieval. La alabanza que mereció su obra le indujo a preparar una segunda obra de ese tipo, pero no en la forma de diálogo. Así escribió Libri VIII miraculorum, del cual solo tres libros se han preservado.

Las obras históricas de Cesáreo incluyen un Catalogus episcoporum Coloniensium y una Vita sancti Engelberti, arzobispo de Colonia que fue asesinado por un pariente en 1225. Esta obra le asegura a Cesáreo un puesto entre los más prominentes biógrafos de la Edad Media. El primer libro describe la personalidad de Engelberto; la segunda los peligros que enfrentaba por la arrogancia de sus vasallos. El tercer libro trata sobre los milagros de Engelberto, que fue reverenciado como mártir. Finalmente, Cesáreo merece un lugar entre los predicadores de su tiempo. Sus homilías son ciertamente monásticas, no sermones populares, como los de Bernardo de Clairvaux, pero tienen la rica aplicación de la Sagrada Escritura, la conexión de la exposición moral y alegórica y el objetivo de edificar a sus oyentes. A pesar de su sencillez muestran una estructura en su planificación. Peculiar a Cesáreo y correspondiente a su método es el acopio abundante de ejemplos históricos de tiempos modernos. Era un verdadero hijo de su tiempo. En él vive el espíritu de los antiguos cistercienses, tal como Bernardo imprimó la huella en la orden. Une una sincera ortodoxia, con piedad ferviente, a un elevado sentimiento moral. Aunque dedicado a la Iglesia, sin embargo tuvo un ojo para ver sus obvios defectos y su juicio es incorruptible. Aunque monje celoso no pierde de vista los sucesos del mundo y los desórdenes políticos de su tiempo, con toda la miseria que produjeron1.