El cabeza roja

Había llegado nadie sabía de dónde. El caso es que ahí estaba con su cara redonda, su mirada vivaz y la rara especie de portafolios bajo su brazo. Desde el director hasta el conserje incluyendo a los maestros y algunos de los dos centenares de pequeños alumnos que integraban aquel plantel, habían advertido con sorpresa que al niño no lo acompañaba nadie; entregó los documentos y llenó los requisitos necesarios para su inscripción. Y ya. Eso era todo. El director, después de enterarse de los datos relativos al chico se negó a responder a las mil y una preguntas que le fueron formuladas acerca del nuevo discípulo; más tarde se excusó pretextando una jaqueca intensa y se retiró a casa. Nada en verdad hubiera tenido mayor importancia si el misterioso visitante no hubiese poseído como singular y casi aterradora característica ese subyugante color rojo en el cabello. Pronto el mote para el recién llegado brotó de algún compañero: “el cabeza roja”. La maestra, no sin dar muestras notorias de intranquilidad, inició su clase.

El maestro de la clase vecina extrañó el silencio que percibía del grupo contiguo: el del “cabeza roja”. Asomóse por curiosidad y en medio de la expectante respiración de los alumnos y de la maestra que se encontraba también situada en uno de los pupitres, se escuchó la vocecilla del “cabeza roja”, que desde el escritorio proseguía su cátedra: “… cibernética es, pues, el arte de asegurar la eficacia de la acción. Por tanto…”

Profr. E. Moisés Coronado
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 109

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Escaleras

Para Freud, soñar con escaleras alude a una proyección del subconsciente, una desesperada tendencia del individuo hacia la altura, producto de actos fallidos, inhibiciones, o como paradójico fruto del —tan llevado y traído— complejo de inferioridad. Esto, claro, a mí no me inquieta porque nunca he soñado con escaleras. Lo deplorable es que, efectivamente tengo que subirlas.

Subir escaleras es tan rutinario. Lo hace todo el mundo. Todo el mundo que quiera llegar a alguna parte que no encuentre en tierra firme, por supuesto. Todos los días, al bajar o al subir (particular ambivalencia de las escaleras) se encuentra uno generalmente a las mismas personas, con eventuales variantes, pero al fin cuestión de caras más o menos.

Pero hoy será diferente. Y la idea, aunque no carente de cierto morboso atractivo, tiene la aterradora noción de lo desconocido. Iré solo, como siempre. Me plantaré en el inicio de los peldaños para hacer un análisis cuantitativo de los que tendré que subir, aún sin saber ahora donde terminan, si habré de encontrarme con alguien que intente detener mi ascenso, por el sólo prurito de molestar; si el pasamano estará en buenas condiciones (aunque el no estarlo no interrumpiría el propósito). Sin tener idea incluso de cuándo acabará mi vigor, del que echaré mano en todo el trayecto. He repasado hasta el cansancio las explicaciones que daré para justificar mi empresa y todas son esencialmente las mismas. Por otra parte, me inquietará darme cuenta de que nadie de que nadie tendrá fe; ni siquiera ese señor que incluye en sus cotidianas obligaciones un saludo afectuoso para mí; ni aquel otro que a pesar de no saber siquiera quién soy me desea cálidamente “buenos días”, ni los que definitivamente no me saludan.

Hoy satisfaré por fin el deseo de penetrar más allá de los peldaños conocidos de esa interminable escalera, mitad laberinto, mitad otras muchas cosas sin sentido, que lo tienen precisamente por no tenerlo. Iré vestido de la misma manera para despistar; aunque se rumora, lo se, que me impulsan afanes inconfesables. Posiblemente, digo yo.
¿El elevador? Tonterías.

Hoy, pues, todo será diferente.

Moisés Coronado
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 518