La punta de la madeja


Cuando la señora se descubrió la primera cana, quiso arrancársela de un tirón, pero como el odioso pelo blanco se prolongaba, tiró y tiró, mientras su cuerpo se destejía, hasta que sólo quedó una niña que lloraba asustada.

Gustavo Masso
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 65

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Gustavo Masso

Gustavo Masso

 Nace en 1952, en México, D.F.
Ingresa al taller de cuento Punto de Partida, de la U.N.A.M., coordinado por Miguel Donoso Pareja.
Recibe la beca INBA-FONAPAS en narrativa. Durante este año asiste al taller literario dirigido por el escritor argentino Pedro Orgambide.
Cursa en el Centro de Capacitación Cinematográfica la especialización en Guión Cinematográfico, generación 1982.
Tesis: México por nocaut, guión cinematográfico.
Colabora, eventualmente, como guionista en la televisión mexicana.
Mención de honor en el premio Kalpa de ciencia ficción, 1994.
Finalista en el concurso de cuento Jornadas Libertarias del 68, convocado por el gobierno de la Ciudad de México, 1999.
Ha publicado, entre otras, en las revistas Tierra Adentro, Educación, El Cuento, La Mosca y Quórum, y en los suplementos culturales Diorama, La Cultura en México, Sábado, La Semana de Bellas Artes, El Gallo Ilustrado, etc.

Libros publicados:
Esta historia pasa de aquí a su comienzo, cuentos, U.N.A.M.
Ahora las palabras, relatos, U.N.A.M.
El Albañilito Rodríguez, cuentos, Editorial Universo.
Poemassos: Amor finisecular, poemas, Ediciones de autor.

Antologías: Jaula de palabras, una antología de la nueva narrativa mexicana, por Gustavo Sáinz, Grijalbo.
El barrio, colectivo de narrativa urbana,
Relatos y carteles, Peña Morelos.
Itinerario inicial, recopilado por Roberto Bravo, Universidad de Chiapas.
Del pasado reciente, selección de cuento mexicano contemporáneo, por Joel Dávila Gutiérrez, Premiá Editora

Colabora actualmente en las revistas digitales: Ochocientos, Oxygen, Letras Perdidas, Literanet.[1]

 

 

Femina psicodelis

El metro avanzaba envuelto en su olor de hule quemado y sudor humano. La mujer, en el incómodo asiento, leía su revista femenina de rigor, mientras disimuladamente miraba de reojo a los hombres del vagón y escogía uno. Con un gesto muy estudiado alzó la vista, miró al que estaba frente a ella y sonrió. El hombre recibió el doble destello de mirada y sonrisa, y sonrió también, deslumbrado. Lo único que veía ahora era la vagina que se abría enorme ante él. Supo entonces que estaba perdido, pero no pudo resistir la tremenda atracción y se dirigió a ella. Las puntas de los senos le guiaron con su señal roja y atracó en ese puerto con bandera franca, justo entre las piernas de la mujer, y se debatió ahí sin ninguna esperanza, con un placer masoquista, mientras su cuerpo se perdía, se iba por ese vórtice erótico. Casi al final sintió miedo, y en un intento desesperado se agarró con fuerzas de los senos y se sostuvo así un momento, pero fue inútil, y entre las convulsiones del orgasmo desapareció. Del hombre aquel sólo quedó la figura encorvada que descendió en la siguiente estación. La mujer cruzó las piernas, sonrió satisfecha y empezó a elegir su próxima víctima.

Gustavo Masso
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 484