Vidas paralelas

Se despertó como en un día normal. Dio sus quince vueltas acostumbradas entre las cobijas de la cama. Se metió a bañar, se vistió con su traje y salió.

Ella despertó, como en un día normal. Miró la hora en su reloj nuevo y se levantó. Se metió a bañar, se puso su mejor vestido y salió.

Llegó al café y compró un clavel rojo que utilizaría en la solapa del saco. Se acomodó en un lugar junto a la puerta para ver mejor.

Ella estaba atascada en un embotellamiento. Avanzaba muy lentamente y eso la desesperaba. Tocó la bocina, trató de calmarse escuchando el radio, pero el calor del medio día la sofocaba.

Tomó su cigarrera, la abrió y prendió su cigarro. Ya llevaba una hora y media esperando. Ya hasta había pedido de comer y se había tomado cuatro cafés americanos.

Salió del embotellamiento y se enfiló para el café. Iba a más de ciento diez en una calle muy angosta.

A las dos horas se desesperó, pagó la cuenta y salió. Se quitó el clavel de la solapa, lo miró pensando en mantenerlo como recuerdo, pero lo apretó en su puño y lo tiró en la entrada de café.

Bajó del coche, se le rasgó una media y se dio cuenta de que había dejado las llaves adentro. Con la ayuda de un gancho logró abrir su automóvil y sacar las llaves. Corrió al café.

Llegó a su casa, prendió el televisor y se quedó dormido en el sofá.
Ella entró al café pisando el clavel de la entrada. Buscó pero no había nadie con una flor en la solapa. Decepcionada salió y se fue a su casa.

Sonó el teléfono que lo despertó. Era ella que le pedía disculpas por la tardanza. Hicieron una nueva cita para el día siguiente.

Se despertó, como en un día normal. Dio sus quince vueltas acostumbradas entre las cobijas de la cama. Se metió a bañar, se vistió con su mejor traje y salió.

Ella se despertó, como en un día normal.

Francisco Javier Sánchez Corral
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 38

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Balbuceos

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Dos seres se aman, pero no hablan el mismo idioma. Uno de ellos habla los dos, pero el segundo idioma muy imperfectamente. Eso basta para que se amen recíprocamente. Pero el que conoce los dos idiomas muere, y dice sus últimas palabras en su lengua nativa, que el otro es incapaz de comprender: Y éste busca, busca…

Albert Camus
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 111

Los conquistadores

El padre Hortelano y el adelantado Francisco Fuscano se encontraron frente a una escultura azteca. El padre comenzó a reír descaradamente ante semejante monstruo profano. Dijo: —Mira qué ídolo más ridículo adoran estos salvajes.

—Padre… ¡es de oro! —dijo el adelantado.

El padre Hortelano se arrodilló y comenzó a besar los pies de la esfinge dorada.

Rudy Gerdanc
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 17

Lector

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Leía sin propósito, con la actitud humana normal para los conceptos y las imágenes, sin comprender completamente los primeros ni dejar de comprender enteramente las segundas. Entendía mal. Entendía a veces. Desentendía casi siempre. Era un lector común.

Carlos Díaz Dufoo (hijo)
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 103

Revelación

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Juan Rulfo charla en la Universidad de Stanford, california, con estudiantes que, como lo indica la moda académica, aprenden a leer los texos con un enfoque estructuralista.

Un estudiante, con la esperanza de iluminar una oscuridad, o de identificar un nuevo actante, un antisímbolo. Un nexo oculto en el nivel discursivo, una tríada o, con buena suerte, un núcleo de significación, a propósito del cuento “¿No oyes ladrar los perros?” preguntó:

—¿Qué significa, señor Rulfo, la imagen del perro en este cuento?
Rulfo respondió: Un perro.

La redacción
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 101

Observador

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Llegó Conan Doyle —el famoso novelista inglés creador de Sherlock Holmes— a una población, y al apearse del coche que lo había conducido al hotel e ir a pagar al cochero, éste rechazó el dinero.

—Preferiría que me regalara una localidad para su conferencia.

—¿Pero, cómo sabe usted quién soy yo?

—Es muy sencillo. Las solapas de su abrigo tienen corte de Nueva York; su pelo está cortado al estilo de Filadelfia, sus zapatos muestran huellas de baro de Búfalo; sabíamos que llegaría hoy y en su baúl hay un letrero que dice: “Conan Doyle”.

V. Galiano
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 99

Suicidas

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Alejandro Cohen relata maravillosamente en El Europeo la carrera deportiva del lamentado James Barry, verdugo, o más exactamente colgador. Desgraciadamente el deporte de la horca no ha sido adoptado oficialmente en Francia. Sus aficionados se ven en la obligación de ser a la vez ejecutores y objetos del mismo, y nos atrevemos a decir que sus performances tienen apenas el alcance de un vicio solitario

Alfred Jarry
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 96

Todo pasa

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En la cena, el mexicano cuenta anécdotas sobre el tránsito de aduana. Solamente una interesante: la del norteamericano en México quien, después de un accidente, quiso regresar llevando su pierna difunta en una caja de cristal. Tres días de discusiones para aclarar si la pierna estaba o no en la categoría de importación restringida como material que podría desatar una epidemia. Habiendo asegurado el norteamericano que permanecería en México antes que ser separado de su pierna, los estados Unidos determinaron no perder a un ciudadano honorable.

Albert Camus
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 93

Cortesía

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El cuervo es el ave que imita la voz humana y desto tenemos exemplos. En tiempo de Tiberio César hubo en Roma un cuervo, que a él y a druso y a Germánico y a muchos principales romanos quando passavan por do le tenían, los saludava por sus nombres…

Sebastián de Covarrubias (1,611)
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 90

Inversión

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Igual que aquellos músicos que pertenecían a la corte y que tocaban a sus horas y también a las horas de antojo del rey, iban los músicos de aquella corte sobre el agua, que bien pudo ser todo el reino, que fue bautizada como el Titanic.

John Law Hume, violinista, niño y trágico, se hundió junto con su banda. Sus padres, desairados por la desaparición de su hijo, pero a la vez conscientes de que algunos ahogados traen dinero, reclamaron una indemnización a la compañía naviera. La compañía reviró la petición y dejó que a los padres del niño violinista les saliera, para utilizar términos marinos, el tiro por la popa: no les dieron ni un centavo, al contrario, les cobraron cinco chelines y cuatro peniques por el uniforme que su hijo había perdido.

Jordi Soler
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 87

Imparcialidad

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Mucha gente describe al autor clásico alemán, Shakespeare, como perteneciente a la literatura inglesa, porque, al nacer accidentalmente en Stafford-on-Avon, se vio forzado por las autoridades de su país a escribir en inglés.

Diario nazi Deutsher Weckruf, editado en Nueva York. Julio 1940
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 86

Por amor al arte

En su juventud, el distinguido cirujano plástico soñó con dedicarse a la pintura. Le encantaba visitar las galerías y los museos, y pasaba horas enteras embobado frente a reproducciones de cuadros famosos. Inclusive se atrevió a comprar telas y pinturas y tomó algunas lecciones. Sus padres, sin embargo, supieron desalentar a tiempo tal inclinación y lo convencieron de estudiar medicina. Cuando al fin se estableció, empezaron a llegar hasta su consultorio mujeres de todo el mundo interesadas en corregir algún yerro de la naturaleza o borrar las líneas que el tiempo había comenzado a gravar sobre sus rostros. El cirujano conservó siempre algo de su antigua pasión por el arte y, a la menor oportunidad, intentaba plasmarla en su trabajo. A aquella dama le puso la delicada nariz de la Venus de Boticcelli; a esa otra, el mentón suave de una madona de Rafael y a la de más allá, los pechos frutales de las odaliscas de Ingres. Su carrera terminó abruptamente cuando entusiasmado con las vanguardias, intentó reproducir sobre la cara de una paciente las facciones de las señoritas de Avignon de Picasso.

Luis Bernardo Pérez
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 84

La vida no vale nada o sin mis millones pa’qué la quiero

Las dos otra vez; había llegado la hora de la salida y, con ella, el único acontecimiento que se repetía día a día con impresionante fidelidad en su vida: tomar el saco y la bolsa del viejo perchero de la oficina, salir a la calle, llegar al puesto de pronósticos de la esquina, sacar el peso del bolsillo y decir. “Mi tris, por favor” —“¿El mismo número de siempre señorita?— “Sí, el mismo”.

Así, tomó el saco y la bolsa del viejo perchero de la oficina, salió a la calle y, antes de llegar a la esquina, encontró a un viejo y querido amigo que le invitó un café.

La emoción de encontrarlo fue tan grande que se olvidó, por primera vez en cuatro largos años, de su constante esperanza de ganar.

Al día siguiente llegó al puesto. “Hasta que se le hizo, seño, ayer salió su número, y con bolsa acumulada. ¡Ciento cincuenta millones! Pero… ¡qué hace!… No. No puede atravesar ahora. ¡Señoooo! ¡Noooo!

Martha Elba de Lara Cardona
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 83

Colores

Rojo: El niño busca su pelota. No sabe si rodó debajo del auto rojo, si cayó por la coladera o si un peatón la levantó. Sólo sabe que debe encontrarla para seguir con su función… Quisiera no tener que buscarla, quisiera de algún modo escapar…

Se agacha enfrente del coche gris, ése que tiene un conductor somnoliento que aún no se acaba de convencer de ir a su trabajo para enfrentarse una vez más con los monstruos de papel, ese conductor que aún tiene sueño y aprovecha el alto para cerrar los ojos y soñar. Sueña unas vacaciones, alejarse de la ciudad, sueña que no se ha casado, que su mujer sigue siendo aquella joven que conoció en la Universidad… Sueña que es un niño que corre tras un balón… Cómo quisiera no tener que ir a trabajar…

Amarillo: Las luces siempre le han gustado, tal vez eso le hace más llevadero el estar hora tras hora, día tras día en ese crucero, viendo pasar infinidad de automóviles. Después de unas horas ahí, rodeado de ruido, de humo, la visión se le dificulta, siente su uniforme cada vez más pesado, está cansado de ver los autos como ráfagas que pasan, pasan, se detienen y vuelven a pasar… Sólo quisiera no tener que estar ahí, sólo quisiera que algo fuera distinto, que pasara algo que pudiera recordar…

Verde: La luz ha cambiado: Las bocinas lo devuelven a la realidad. Mueve la palanca, aprieta el acelerador…

La luz ha cambiado: no ha tenido tiempo de volverse a levantar… La pelota, ¿dónde está la pelota? Voltea, la mira, se estira para recogerla, no siente al coche avanzar…

La luz ha cambiado: Apresura al del auto gris para que circule…

Apenas se escucha un golpe, tal vez un grito apagado…

Después todo son colores; verdes, ojos, amarillos interminables. Rojos y amarillos, hay luces hasta de color azul… Sirenas, estridentes sirenas…

Esa mañana, si se mira del lado correcto, tal vez hubo un genio que concedía los deseos… Sólo que los cuentos de hadas no siempre son gratos al volverse realidad…

Oscar González Cruz M.
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 80

Amor amor

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Olvidé anotar algo que me emocionó profundamente: En la radio de sao Paulo hay un programa en el que la gente pobre habla de sus problemas y pide ayuda. Esta tarde un negro alto y andrajoso, con una niñita de cinco meses en brazos y la mamila de la niña en el bolsillo, explicó francamente que, por haberlo abandonado su esposa, buscaba a alguien que se encargara de la niña sin robársela. Un ex piloto de combate, desempleado, buscaba trabajo de mecánico, etc. En la oficina, esperábamos las llamadas telefónicas del auditorio. Cinco minutos después del programa el teléfono suena incesante. Todo mundo ofrece algo. Mientras el negro está en el teléfono, el ex piloto arrulla en sus brazos a la niña, y un negro más viejo y más alto, a medio vestir, entra en las oficinas. Él estaba durmiendo y su mujer, que escuchaba el programa, lo despertó y le dijo: Ve a traer esa niña.

Albert Camus
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 79

Coincidencia

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El sargento Luther Seldom, del ejército norteamericano en Berlín, obtiene un permiso de treinta días con ocasión de la navidad y se embarca inmediatamente.

El 24 de diciembre llama a la puerta de su apartamento en Chicago, fatigado, pero dichoso por la sorpresa que va a dar a su mujer. Nadie abre. Los vecinos le comunican que la señora Seldom ha viajado a Berlín.

Pol Quentin
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 71