Pesadillas

Mis pesadillas nocturnas de niño, me persiguen.

Como entonces camino en sueños por aquel mismo sendero solitario y terregoso. Con las manos en los bolsillos, chiflo una tonada. El sol de mediodía juega pleno con mi rostro.

De pronto, escucho a mis espaldas aquel ruido de tropel ya conocido. Volteo. Miro la manada de toros desbocada, que envuelta en una nube de polvo, se dirige hacia mí. Busco a mi alrededor algún árbol, un algo, para protegerme. Sólo los débiles arbustos que incluso el aire menea. Emprendo la carrera tratando de ganar distancia.

Ya siento tras de mí el vaho caliente y espeso de las bestias. Mi corazón late desordenadamente, mis piernas amenazan con no sostenerme. El polvo del camino se mete en mis ojos y boca.

Despierto en medio de la noche, sudoroso, con el mismo grito desgarrador de siempre.

Mamá solía decir que “eso” era cosa de brujería
.
Ya he sido tratado por especialistas. Algunos sicoanalistas dicen: miedo infantil no superado. Delirio de persecución. Terror a las multitudes, etc.

Pero… yo pregunto: ¿qué es esa marca que aparece algunas mañanas, en mi espalda, perfectamente, delineada en forma de herradura…?

Magda Abigaíl
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 401

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