Un marido

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Soy enemigo de la injusticia. Me lo repito todos los días ante el espejo, en el cuarto de baño. Mi protesta ante una situación injusta no tiene límites… Perdón, los tiene. Lo admito noblemente, no soy capaz de arrodillarme en medio de la calle, rociarme con gasolina y prenderme fuego. Soy tímido, vergonzoso y mis alaridos de terror provocarían ciertamente la atención de todos. No me gusta llamar la atención. Hay otras maneras y otras formas. “Clic”, la radio no deja de hablar. Resulta más difícil hacer lo mismo con el televisor. Mi familia protesta. Y entonces ¿qué puede hacer uno? Un amigo mío no soporta que nadie le contradiga. Su negativa la respalda con violentos puñetazos en la mesa, estrella botellas, vasos y platos contra la pared. ¿Sería yo capaz de hacer lo mismo?, me dije un día. ¿Por qué no? Y estrellé una jarra contra la pared. Estábamos todos sentados, ocupando un tresillo y el locutor decía estupideces. Hecha añicos, los cristales se esparcieron por la habitación. “¡Recoge!”, dijo ella, con voz seca y autoritaria. No tuvo la más mínima consideración hacia mi persona, hacia mi dignidad de padre. Delante de nuestros hijos tuve que recoger, uno por uno, todos los trozos de la jarra, arrodillado… Al estirar el brazo para recoger un trozo de cristal alejado, mi hija protestó: “Papá, agacha la cabeza que no me dejas ver…”.

Alonso Ibarrola
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 257

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La aventura

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Sonó el teléfono de mi despacho, era Ana. Me causó gran extrañeza porque jamás me había requerido directamente para nada. Era su marido quien trataba siempre conmigo. Una amistad íntima, fraterna, surgida hacía muchos años, que su posterior matrimonio no truncó ni enfrió. Ana estaba nerviosa, excitada… y yo no supe detenerla a tiempo. Tenía necesidad de desahogarse con alguien. Eso supuse al oír sus primeras frases. Luego, la confesión, de improviso, se tornó más íntima, más personal, más alusiva, más directa… ¿Estaba loca? Cuatro hijos a su cuidado y me proponía una huida… “! Compréndelo, Ana! No es posible…”. Pero Ana no quiso comprender nada y colgó. Aquella misma tarde hablé con su marido, le conté todo y no pareció sorprenderse. “Escucha —me dijo—, ¿por qué no aceptas?” Mi asombro fue tan grande que no pude replicar ni decir nada… “Pero si…”. El insistió: “Escúchame con calma. No dramaticemos. Ella necesita una aventura, un escape. Está harta de mí, del hogar, de los hijos… Sus nervios están desechos. Tú eres mi mejor amigo, tengo confianza en ti… Si no fuera así no me atrevería a decirte que, por supuesto, todos los gastos que ocasione vuestro viaje… —por cierto—, ¿a dónde iríais?— los pagaría yo… ¿Qué me dices a esto?”, “No sé balbucí—. Tendré que consultarlo con mi mujer…”

Alonso Ibarrola
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 256

Alonso Ibarrola

Alonso Ibarrola

Alonso Ibarrola

(San Sebastián, España, 24 de mayo de 1934)

 José Manuel Alonso Ibarrola es escritor y periodista. Firma sus libros y reportajes con sus dos apellidos solamente.

Nació en San Sebastián el 24 de mayo de 1934. Tras finalizar en Madrid sus estudios de Derecho y Periodismo, realizó prácticas en el diario La Voz de España (San Sebastián). Tras obtener el título de periodista, rechazó un puesto en dicho diario ante su negativa a afiliarse al Movimiento Nacional, ya que este diario pertenecía a la prensa del Movimiento. Abandonó para siempre San Sebastián e inició su carrera periodística en el desaparecido diario La Gaceta del Norte de Bilbao el año 1960.

El año 1961 aparece su primer libro –“Depetris”-, que no encontró editor y cuya edición sufragó personalmente. Obtuvo una crítica excepcional. Éste fue el inicio de una carrera literaria, dedicada a los relatos cortos, que habría de durar 30 años, hasta 1991. Desde entonces hasta la fecha sólo ha escrito un relato “La residencia”. Años más tarde, colaboró en la revista Hermano Lobo, donde firmaba una sección fija titulada “Episodios de la vida nacional”, reunidas más tarde en un libro. La crítica le ha consagrado como uno de los escritores humoristas más originales de la segunda mitad del siglo XX. El, ya fallecido, escritor y periodista, Eduardo Haro Tecglen en un comentario aparecido en El País el 27 de enero de 2001, lo consideró un autor “casi clandestino” y el humorista viviente que más le gustaba junto a Elvira Lindo, comparándolo a los “grandes” Jardiel Poncela, Wenceslao Fernández Flórez, Tono, Mihura, Edgar Neville o López Rubio.

En 1962 se trasladó a Madrid con el propósito de dirigir un gran semanario gráfico, Hoy día, que finalmente no llegó a publicarse por falta de financiación. En su plantilla figuraba ya un joven periodista llamado Manu Leguineche que, inició una vuelta al mundo con el propósito de enviar semanalmente sus impresiones. La revista no salió, pero Leguineche continuó su viaje y terminaría escribiendo su famoso libro “El camino más corto”.

Tras esta desilusión se dedicó al mundo de la publicidad como copywriter hasta que tuvo la oportunidad de dirigir el semanario España Económica, que el Gobierno franquista clausuró inesperadamente en año 1971. Un año más tarde dirigió el semanario Mundo Joven, que la empresa, dos años más tarde, decidió cerrar al considerarlo “excesivamente radical”. Su última portada estaba dedicada a las canciones de la Revolución Cultural china.

En 1975 asumió la dirección de la revista de economía Contrapunto, que desapareció en 1976, tras haber convencido a su dueño, Jesús de Polanco de la inviabilidad de la misma.

Su trayectoria experimentó entonces un cambio radical y decidió dedicarse a la crítica televisiva en dos semanarios líderes del mercado de prensa televisiva: Teleprograma y Supertele, de las que fue subdirector y director, respectivamente. Hizo muy popular la sección, “El defensor del telespectador” en ambas y las mantuvo hasta su prejubilación el año 1994.

Posteriormente, colaboró en el fenecido Diario Ya, de Madrid donde firmó durante tres años la columna “Yo, teleadicto”, hasta que un día, cansado y frustrado por lo que consideraba una labor inútil, arrojó el televisor a un contenedor de basura.[cita requerida] Lo comunicó a los alumnos de la Universidad Complutense de Madrid en un Simposio, donde fue presentado como “decano de los críticos de TV españoles”. Por esta condición, Televisión Española le entrevistó con motivo del cincuentenario del Ente para abrir la serie de entrevistas que a lo largo del año 2006 aparecieron en la pequeña pantalla.

A partir de 1994, se dedica de lleno a la literatura de viajes, colaborando en revistas como: Viajar, Geo, Tiempo, Grandes Viajes, Viajes y Vacaciones, Elle, Vogue, etc. y diarios como El País, La Vanguardia, Expansión, El Correo Español, El Mundo, El Diario Vasco, y el mencionado Diario Ya.

Ha obtenido tres veces el Premio Francia de Turismo y la “Medaille d’Argent du Tourisme”, por su contribución a un mejor conocimiento de Francia. Ganador del II Premio Periodístico Descubrir Italia, otorgado en 2006. En enero de 2008, en la FITUR celebrada en Madrid, le fue concedido un trofeo honorífico por su aportación al mejor conocimiento de Tahití y sus islas. Ha formado parte del Jurado del Premio de Periodismo y Fotografía “Tahití y sus letras”[1].

Aterrizaje forzoso

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Sólo se percibe un tenue zumbido en el interior del avión. Algunos pasajeros dormitan. Otros leen. Pronto aterrizaremos. Minutos antes, los altavoces nos han ordenado abrocharnos los cinturones de seguridad. El avión pierde altura. Diviso una casa perdida en el campo. ¿Algún día conoceré a sus moradores? No lo creo. Demasiadas cosas estúpidas, banales y superfluas inundan mi existencia y me impedirán conocerlos personalmente. Si tuviera tiempo…”Buenas tardes —digo interrumpiendo su comida. Están todos sentados en torno a la mesa—, pasaba por aquí arriba y me he dicho…” Sus miradas muestran estupor, asombro. No, no sería lógico. Dejemos las cosas como están. Diviso muy próxima la pista de aterrizaje. De pronto el avión da una sacudida y remonta bruscamente el vuelo. Me siento inquieto. Una voz, la de la azafata, a través del altavoz intenta tranquilizarnos. No ha dicho nada. Algo en el tren de aterrizaje. Dentro de unos minutos lo intentaremos nuevamente. Tengo miedo. Es inútil que grite, o que chille: ¡Quiero salir! Hay que esperar, quieto, silencioso, sin ver ni pensar en nada. ¿Habré llegado mi hora? ¡Qué estúpido resultaría morir ahora! Es imposible, no puede ser. Estas cosas se leen en los periódicos, les ocurren a los demás… Pero ¿a mí? Ridículo. El avión describe un amplio círculo sobre el aeropuerto. El cielo es de un azul intenso, y allí abajo está la tierra. ¡Dios mío!, qué bello es vivir. Yo quiero vivir, a costa de lo que sea. Seré pobre, seré bueno, amaré a mi mujer, no la engañaré nunca más. Perdóname, amaré a todos, también a Pedro, que me consta que me odia. Mañana mismo le abrazaré: “¡Hola, Pedro!”, le diré. ¿Mañana? No, hoy mismo. Desde este mismo instante lo prometo, cuando el avión toque tierra habrá nacido un hombre nuevo. Gozaré de todos los pequeños instantes de felicidad. Contaré los minutos, los segundos y daré las gracias por vivir. ¿A quién? A Dios, naturalmente. Sí, existe Dios, tiene que existir. ¿He dudado alguna vez? Sí, es cierto. Pero ahora creo… A mis labios acuden en tropel y con dificultad algunas palabras que no logran hilvanar una oración completa… El avión ha tocado ya con sus ruedas la pista de aterrizaje y aminora la velocidad ¡Viva!, grito, ¡Viva! Todos gritamos algo. Una señora gruesa me abraza. Algunos palmotean. Es un buen momento para besar a la azafata. La gran ocasión. Me enfundo el gabán. Estoy pletórico. ¿Dónde están los pilotos?, pregunto a la Compañía. No viajaré más en sus malditos aviones. Les romperé la cara a sus consejeros. Lo contaré a todos mis amigos. Con las vidas humanas no se juega. Imbéciles. Mañana formularé la oportuna reclamación. ¡Sin contemplaciones! ¡Caiga quien caiga!

Alonso Ibarrola
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 255