José Bernardo Couto

José Bernardo Couto

José Bernardo Couto

(Orizaba, México 1803 – Ciudad de México, México, 1862)

A los catorce años se trasladó a México para estudiar en el Colegio de San Ildefonso, en el que se licenció como abogado en 1827. En 1828, muy joven aún, figuró como diputado en la legislatura de Veracruz. Apenas había acabado la carrera cuando ocupaba ya la cátedra de Derecho Público y se contaba entre los miembros de la Academia de Legislación y Economía Política. En 1845 fue nombrado ministro de Justicia del gobierno federal. Por lo que se refiere a su actividad en el ámbito de las artes, sabemos que en 1852 desempeñó un papel importante en la restauración de la Academia de Nobles Artes de San Carlos. Miembro de la Real Academia Española, ejerció como presidente de la Junta Directiva de la Academia de Bellas Artes. Fue, además, traductor en México de las obras clásicas de Horacio. Murió el 11 de noviembre de 1862, en la casa familiar. La obra de José Bernardo Couto, que versa mayormente sobre asuntos jurídicos, es de muy difícil acceso en la actualidad. A él debemos también una Colección de poesías mexicanas, poemas de juventud publicados en París en 1836, y, sobre todo, el Diálogo sobre la historia de la pintura en México, su trabajo más notorio, que estuvo corrigiendo hasta tres días antes de su muerte. Colaboró en la creación del Diccionario Universal de Historia y Geografía (publicado de 1853 a 1856), y en 1860 escribió una Biografía de don Manuel Carpio, obra cuidada sobre la vida y la personalidad del poeta.

Fondo de Cultura Económica ha editado Diálogo sobre la historia de la pintura en México (1947, 2006)[1].

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La mulata de Córdoba

138-141 top

 

Hallábase presa ahora muchos años en cárceles del Santo Oficio, según cuenta el vulgo, una famosa hechicera (llamada la mulata de Córdoba) traída a buen recaudo desde la villa de este nombre a México. Seguramente aquel sitio no debió parecer un albergue de delicias a la nueva Medea, pues a poco de estar en él determinó trasponerse. Mas como de suyo era persona comedida y atenta (los que conocen de trato a los brujos aseguran que no todos tienen estas buenas partidas) quiso, antes de salir del hospedaje, dar aviso a los señores de casa. Para esto resolvió aprovechar la primera ocasión en que viniese alguno de ellos a su calabozo.

—Señor alcalde, ¿qué le falta a este navío? —dijo un día la bruja al honrado cancerbero de aquellas cárceles, señalándole un buquecillo que con carbón había dibujado en la pared.

—Mala mujer —contestó el gravedoso guardián—, si supieras cuidar tu pobre alma como sabes hacer otras cosas, no darías en qué entender al santo Oficio. A ese barco sólo le falta que ande.

—Pues si usted quiere ——dijo la encantadora—, él andará.

—¡Cómo! —replicó sorprendido el alcaide.

—Así —dijo la hechicera; y diciendo y haciendo, de un salto entróse en el navío, el cual, ¡oh portentos de la brujería!, tan presto y fugaz como una visión, desapareció con la pasajera de los ojos del atónito ministril.

Nada volvió a saberse de ella por algún tiempo en México; mas al fin hubo noticia de que en su buque lineal había atravesado todo el Pacífico, y pocas horas después de salida de México estaba en Manila; cierto que la mujer caminaba aprisa.

José Bernardo Couto
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 82