Río de la muerte

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En Guancavélica del Perú, está el Río de la Muerte: el agua que mana de sus fuentes, dice el padre Acosta, se convierte en peña: si de ella beben los hombres, mueren, porque se les congela en el vientre y se hace piedra.

Germán Arciniegas
No. 10, Marzo-1965
Tomo II – Año I
Pág. 129

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Germán Arciniegas

Germán Arciniegas

Germán Arciniegas

(Bogotá, 1900- íd., 1999)

 Nació el 6 de diciembre de 1900 en Bogotá. Hijo de Rafael Arciniegas y Aurora Angueyra.

Se graduó como abogado en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional. Fundador de Ediciones Colombia. Perteneciente al grupo de los Nuevos, fundó la Federación de Estudiantes de Colombia. En 1928 se vinculó al diario EL TIEMPO en el que fue director de la sección editorial, jefe de redacción, director del Suplemento Literario y donde por años ha sido columnista; carrera periodística que ejerció durante toda su vida y que lo llevó a crear y dirigir innumerables revistas culturales, la última de las cuales fue El Correo de los Andes. Arciniegas fue un defensor de la democracia y las libertades.

Fue parlamentario y ministro de Educación. En 1929 comenzó su carrera diplomática como vicecónsul de Colombia en Londres, posteriormente fue canciller de la Embajada de Colombia en Buenos Aires y embajador ante los gobiernos de Italia (1959), Israel (1962), Venezuela (1966) y la Santa Sede (1976).

Sus libros muestran una prosa accesible y amena. Entre sus títulos destacan: El estudiante en la mesa redonda (1932), América, tierra firme (1937), Este pueblo de América (1945), Biografía del Caribe (1945), Entre la libertad y el miedo (1952), Italia, guía para vagabundos (1958), América en Europa (1975) y Bolívar y la revolución (1984).

Germán Arciniegas falleció el 30 de noviembre de 1999[1].

Lázaro español

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El tipo es fantástico. No es marinero ni músico: es ajustador. Se llama Pedrarías Dávila. Tiene sesenta años. Hace algún tiempo, por equivocación, lo llevaron a enterrar. Creyéndolo muerto, le velaron en el monasterio de las monjas del Torrejón, y cuando lo iban a meter en la sepultura, un criado se abrazó a la caja y oyó que adentro algo se movía. Destaparon, y Pedrerías respiró, abrió los ojos. En memoria de ese milagro, él mismo se hace decir cada año una misa de réquiem que oye desde su sepultura, con su ataúd, que encuentran en su cuarto los visitantes.

Germán Arciniegas
No. 13, Junio 1965
Tomo III – Año II
Pág. 476