Imeldo Álvarez

Imeldo Álvarez

Imeldo Álvarez 

Nace en Amarillas, Matanzas el 21 de agosto de 1928. Se hizo bachiller en el Instituto de Segunda Enseñanza de Marianao. Se inició en el mundo del teatro con el actor y director José Antonio Escandón, y con Francisco Núñez, un escenógrafo, montador y pintor de decorados. Trabajó como apuntador y en no pocas ocasiones desempeñó papeles secundarios en algunas obras.

Sus primeros artículos los publicó en Cinema , El Jubilado , El País Gráfico y Poesía .En ocasiones escribió piezas teatrales en un acto para presentar en escenarios municipales, con aficionados.

Escandón y Núñez le hicieron amigo de sus amigos en todos esos ámbitos culturales, y parte de sus familias. De manera que cuando se radicó en Marianao se incorporó al Grupo Ariel y empezó a colaborar en los Semanarios El Sol y La Tribuna.

Después del golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, con el apoyo de Juan Manuel Márquez, pasó de colaborador a redactor de El Sol de Marianao y a administrador de la empresa, fundada en 1908. Sin debilitar sus relaciones con Escandón y Núñez, se concentró más en las actividades del municipio y pronto hizo amistad con Herminio Almendros, su esposa y sus hijos María Rosa y Néstor, quienes atendían la Librería Proa, de gran influencia en la vida cultural de la localidad.

Además de integrarme al Grupo Ariel, se relacionó con las emisoras Radio Marianao y CMZ del Ministerio de Educación, dirigida entonces por Mario Parajón. Allí conoció a Alejo Carpentier. Poco después, en unión del músico Rogelio Dihigo, un viejo amigo de Escandón, que tenía una academia y dirigía una orquesta cerca de Coney Island, comenzó a escribir para CMZ un espacio llamado Los cuentos de Abuelito; Hacía el libreto y Dihigo musicalizaba los textos poéticos.”

Pronto, recomendado por Mario Guiral Moreno y el doctor Elías Entralgo, a quien ayudaba en el Ateneo que funcionaba en Ampliación de Almendares, comenzó a colaborar en El Mundo y en Carteles. En el Colegio American Academy, que dirigía el historiador Fernando Inclán Lavastida, impartió clases hasta el triunfo de la Revolución.

A partir de 1959 colabora en las más importantes publicaciones nacionales, actividad que comparte con su trabajo de escritor. En 1970 su libro La sonrisa y la otra cabeza obtuvo el Premio de Cuento de la UNEAC. Escribió antologías, estudios críticos y fue jefe de redacción de la Editorial Letras cubanas.

Continuó realizando trabajos de investigación a la par del trabajo editorial haciendo énfasis en la difusión: Crea el Sábado del Libro. Organiza durante seis años consecutivos, junto a otras personalidades, las actividades colaterales de las Ferias del Libro antes de que se convirtieran en el evento internacional que son hoy. Asimismo es uno de los artífices de la Sociedad Cubana Amigos del Libro.

Durante los últimos seis años mantuvo su labor como editor, prologuista, investigador y asesor del área editorial del Centro de Estudios Martianos. Falleció en La Habana el 19 de junio de 2011[1].

 

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Desobediencia

Sentado en la zona más oscura de su estudio el pintor recuerda su encuentro con la Muerte.

La Muerte traía entre las manos una flor gigante, color amarillo metálico. Venía maciza, gastando los huesos de sus enormes pies en la humedad de la noche.

Ahora, el pintor recuerda el olor a podrido que despedían las túnicas de la Muerte. Recuerda sus cuencas. Y recuerda cómo Ella apenas detuvo el paso para decirle con gesto lánguido, casi cómplice, que ésta vez, por favor, no doblara por la senda de los ítamos reales.

—No sé por qué la desobedecí —piensa el pintor. Pero se lleva la mano derecha a la frente porque sabe bien lo que quería cuando la Muerte se le apareció. Aquella noche, más allá de los ítamos reales, la lluvia acariciaba la espesura con su chinchín erótico, indiferente al gelatinoso jadeo de los charcos, sorda a los murmullos de quienes invadían los traspatios. “Doblé por donde siempre”.

Y el pintor, en su rincón, piensa si el amor puede ser vencido. Duda una vez más y la duda lo hiere. Recuerda cómo él aquella noche, volviendo el rostro, avanzó resbalando bajo la lluvia sin notar el ululante estupor de los ítamos reales atrapado por la imagen de unos senos de espectro extendidos como alas.

—Cuando el orden pueda abatirlo, el amor ya no es amor —dice, y se levanta.

Da dos pasos.

Después, sigue adelante.

Acariciando las sombras. Tratando de no tropezar.

Imeldo Álvarez
No. 119-120, Julio-Diciembre 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 295