Nota roja

Durmió plácidamente durante cuartilla y media. Cuando despertó se encontró preso entre las columnas de la sección policiaca.

 

Roberto López Moreno
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 230

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Los francotiradores

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A la vez, innumerables compañías de francotiradores se organizaron con gran entusiasmo: “Los hermanos de la muerte”, “Los chacales de la Narboresa”, “Los trabucos del Ródano”. Los había de todos los nombres, de todos los colores, como centáureas en un campo de avena, y llevaban penachos, plumas de gallo, sombreros gigantes, cintos anchos de tras palmos… Para parecer más terribles, los francotiradores se dejaban crecer la barba y los mostachos de tal modo, que en el paseo nadie se reconocía. A lo mejor, de lejos, veíase un bandido de los Abruzzos, que se echaba sobre vosotros, con los mostachos retorcidos como garfios, los ojos llameantes, haciendo un terrible ruido de sables, revólveres y yataganes; y luego, cuando se acercaba, conocíais que era Pegoulade, el recaudador. Otras veces os tropezabais en la escalera con Robinsón Crusoe en persona, con un sombrero puntiagudo, su cuchillo de sierra y un fusil en cada hombro; a fin de cuentas, resultaba ser Costacalde, el armero, que volvía de comer fuera de casa. El caso es que, a fuerza de adoptar aspectos feroces, los tarasconenses acabaron por aterrorizarse unos a otros, y al poco tiempo nadie se atrevía a salir de casa.

Alfonso Daudet
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 229

El texto se mueve (experiencia)

El experimentador habrá de proveerse de una retorta, tal como las usadas en los laboratorios de química. En caso de no tener a mano algo así podrá servirse de una olla o cualquier otro recipiente que le brinden los vecinos, sin desmerecer por esto de los resultados. Elegido luego un texto literario de calidad respetable, lo volcará en la retorta hasta que cubra los tres cuartos de su capacidad. La etapa siguiente consiste en la obtención de limaduras del lector. No se exige aquí ninguna pureza determinada, y las que pueda obtener en la botica de su barrio darán una eficacia inmejorable; vale decir que las limaduras de boticario no van a la zaga de otras de título tal vez más lucido. Espolvoree las limaduras del lector sobre la superficie del texto. Culminamos de este modo la preparación de nuestro ensayo. El experimentador, con mirada atenta, no tardará en observar un movimiento leve y desordenado de las partículas que irá acelerándose paulatinamente hasta alcanzar una gran agitación, una especie de ebullición frenética: es el punto culminante de la experiencia. A partir de este momento el movimiento de las partículas irá enlenteciéndose para terminar por último en absoluta quietud, ya sea porque las limaduras de lector alcanzaron el último párrafo o simplemente porque algún cliente ha entrado a la botica solicitando una botellita de bicarbonato de sodio.

La experiencia ha finalizado.

J. Poniachik
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 225

De locos

Miró pasar los automóviles, zumbando como si los persiguiera el mismo Belcebú. Observó atentamente a las personas, de rostros duros, de rostros tristes, de rostros extraviados e indiferentes. No hizo ningún caso de los que se separaban a gritarle: “¡Loco!”, señalándolo con el dedo y riéndose. Se mantuvo en una pose favorita suya, con la mano derecha escondida bajo una solapa, el brazo izquierdo doblado por detrás de la cintura, y una de las piernas ligeramente flexionada. En determinado momento dio media vuelta y retornó a la máquina del tiempo.

—Siga construyéndome los globos para la invasión de Inglaterra —ordenó a Von Hoffelstinger, el sabio alemán—. El futuro no me interesa: es un mundo de locos.

No se habría conocido esta insólita aventura suya, pues a nadie la reveló, ni siquiera a sus Mariscales o a los fieles servidores de Santa Elena; y Von Hoffelstinger, el único testigo, murió casi inmediatamente. Pero, por fortuna para la Societé d´Historie, la vengativa Josefina, que consiguió arrancarle la confidencia entre los delirios de una noche de pasión, la registra fielmente en sus “Memorias Secretas”

Carlos María Federici
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 223

Ling Shi

Ling Shi creyó toda su vida en el arte. De joven decidió ser poeta, más tarde pintor, luego escultor, músico, cuentista, novelista.

Ling Shi jamás triunfó como artista, murió sin saber que él era una obra de arte.

Jaime Suárez
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 213

In pace

Comala lo vio nacer y vio también cómo por las puertas y ventanas de las casas abandonadas desde muchos años atrás, los espíritus salían para asediarlo y obligarlo a tomar camino. Fue por lo que decidió avecindarse en las arideces del cerro de Luviana, azotado por un aire pardo que rasca la cal de las piedras y la avienta contra los árboles pelones y las paredes resquebrajadas que envejecen en lo alto de la loma. Mucho después de la adolescencia salió de Luvina con la anemia untada a los tejidos, a las células nacidas de hombre y mujer, con una arena feroz que le carcomía los ojos desde donde se le desprendían dos rayas de agua sucia sobre las mejillas resecas. Salió de Luvina porque de lo contrario hubiera muerto de soledad, de hambre, con un horizonte amarillento quemándole las pupilas. Camino al sur. Más al sur. Cruzó ríos sorpresivos. El paisaje se le iba haciendo verde mientras en la cabellera le crecía una fiesta de golondrinas y gallinazos. En la última estación en la que se detuvo sintió hambre. Se alimentó con un bocado de luciérnagas mientras la brisa le lavaba la arena. Más adelante, cuando le faltaba recorrer unos cuantos sueños para llegar a Macondo, falleció víctima de paludismo.

Roberto López Moreno
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 207

Historia de una corta noche

Magnesia y lavativas: aceite de ricino con jugo de naranja; sidral y atole de sagú. Sin embargo, yo seguía delirando y ardiendo en calentura por las noches.

Me martirizaba el cerebro el saber que un perro muerto, seguía la nave de Julio Verne y le daba la vuelta a la luna. También veía a Mandrake, El Mago, saliendo del País de Flora y entrando en Mecana; los veía tan cerca de mí, que casi podía tocarlos, pero no los podía despedazar como era mi deseo.

Llegó mi mamá a sacarme del tormento, me habló con cariño y me dio una cucharada de algo que me hizo dormir.

Cuando me sorprendió la mañana, estaba bañada en sudor y con la pijama mojada y arrugada; me levanté y me di un baño de regadera; me lavé los dientes, me puse calzones y pijama limpios; después, comencé a cepillarme el pelo. Vinieron por mi Mandrake y Narda; me llevaron al País de Flora, el que colinda con Mecana. Es de allá, de Mecana, de donde parten las naves que sueltan perros muertos más arriba del cielo.

Por eso no quise conocer Mecana y me quedé en Flora y,…estoy aquí… aquí estaré por los siglos de los siglos no importa que mis huesos se desbaraten en la tumba que mamá riega de lágrimas.

Hugolina Fink Pastrana
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 203

Un huevo

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Un viajero encuentra en el campo a un personaje con una cabeza completamente lisa como un huevo, sin un solo rasgo. Aterrorizado sube a una carreta y le pide al campesino que arree el caballo de inmediato.

—¿Qué pasa? —le pregunta el campesino.

—Fue que vi a un hombre que tenía el rostro liso como un huevo.

—Entonces —respondió el campesino volviéndose— ¿tenía el mismo rostro que yo?

Anónimo japonés
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 199

Tiempo recobrado

El alud se venía sobre él, sin embargo, bastaba un segundo para que se hiciera a un lado y corriera a refugiarse en los roquedales y pasado el peligro llegara a su casa y les contara el incidente y los abrazara jubiloso, tierno, alborozado por haber burlado la muerte, e irían después junto a la chisporroteante chimenea y hablarían hasta muy noche, de lo extremoso de las nevadas de este año, de la finitud de la vida, del amor, de la infancia, de la adolescencia, el encuentro con Flora, su esposa, y los años floridos del noviazgo y las nupcias, las campanas, el órgano, la noche de bodas, y la llegada del niño, Homero, sus primeras palabras, sus primeros pasos, del futuro, del más allá, de la muerte, del paraíso, del infierno, del dolor, de la noche, del sueño, y satisfechos se irían a dormir, tranquilos por la certidumbre de poder continuar sobre el carril de lo cotidiano, sin incidentes perturbadores; un segundo era suficiente, pero…

Pedro Crespo
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 195

Infierno solar

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¿El infierno estará acaso en unas cavernas crispantes en donde “el que entra debe perder la esperanza” como dijo Dante, cavernas con sus planos en el centro de la tierra o estará para la depuración de las almas, en el fuego eterno?

El infierno está en el sol, en donde se genera la fuerza de la gravitación de este sistema planetario, y hacia donde convergen todas las almas que necesitan depuración por el fuego o el castigo eterno por sus culpas. Una vez que por la muerte se han separado del cuerpo inerte y se incorporan a las leyes cósmicas, por ahora inasequibles a los sentidos, son atrapadas por las fuerzas cósmicas, fuera de nuestro alcance y transportadas al fuego eterno, depurador o sancionador de culpas, sin necesidad de un juicio en que se juzgue el bien y el mal cometidos, pues el juicio y la valorización de las obras buenas o malas, se va operando automáticamente en el transcurso de la vida al efectuarse cada acto bueno o cada acto malo.

El infierno es el sol, el infierno está en el sol, área circunscrita dentro del sistema solar. Ahí está el fuego eterno y ahí irán a parar las almas de los réprobos.

Anónimo
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 190

Biografía

—¡Aunque llores toda la noche, no te daré la teta hasta la hora que corresponde!

—¡Camine en penitencia hasta que aprenda a pedir pis!

—¡Tomen distancia niños! ¡Al aula niños!

—¡Este plazo no te lo perdono, estudiarás hasta marzo!

—¡En esta casa el único que grita es tu padre!

—¡Cuerpo a tierra soldado! ¡Saludo, uno!

—¡Revise de nuevo esos saldos! ¡Quédese después de hora para terminar el inventario!

—¡Si quieres comer te calientas tú la comida! ¡Yo no soy sirvienta de nadie!

—¡Pobre, era tan bueno! Y sobre todo tan callado siempre…

Raúl E. del Rosal
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 186

¡Sucio dinero!

Un exhausto monedero de paño, estaba al borde del suicidio por llevar una vida tan vacía; estaba gastado por los bordes y descocido por el frente; una rosa bordada en hilo de seda y amarillenta por la vejez, lo amaba tanto que no se divorciaba de él aun cuando la amargura del monedero hacía que sus pobres pétalos se marchitasen y se ensuciasen de tiempo llano y sin trabajo.

Estaba tirado en un basurero y su amargura era lógica, porque sabía que si su ama lo había desechado, nadie sería tan tonto como para recogerlo otra vez.

¡Cómo hubiera querido la rosa aquella, hincharse de monedas de oro, como tiempo atrás!; cómo hubiera querido el pedazo de paño, convertido hacía años en monedero, quedar sucio por dentro, sucio de mugrientos billetes de la denominación que fuera.

Y, pasó un niño, lo recogió con sus sucias manecitas y… después, la rosa se hinchó y el monedero volvió a ser feliz porque ahora, ¡estaba lleno de canicas!

Hugolina Fink Pastrana
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 185

Narcisa o a la búsqueda del tiempo que siempre no se perdió

Esta era una mujer que se quería mucho. Frente a su espejo de confidencias así lo reconocía y aceptaba el hecho con humildad. Por supuesto también quería a su marido, a su hijo, a sus hermanos y amigos. Como buena cristiana y ciudadana responsable le preocupaban muchas cosas el alza desmesurada en el costo de la vida, la contaminación del ambiente, la injusticia social, la violencia. Pero tal vez lo que más le angustiaba era que nunca tenía tiempo para ella misma. Los quehaceres del hogar y sus obligaciones conyugales y maternales la absorbían con fruición hasta volverla una autómata soñolienta y pasada de peso, siempre corriendo y olvidándose de todo.

Un día en que hacía cola para pagar la tenencia y cambio de placas de su auto se le apareció un hada sonriente y luminosa y le habló así: “Relájate muchacha. Queremos ayudarte. Pide tres deseos y te serán concedidos”. La mujer contestó de inmediato, con voz firme, como si toda su vida hubiera estado esperando semejante ocasión:

“Quiero dormir una semana seguida, yo solita en una gran cama. De preferencia en un sanatorio de Suiza, de esos que se especializan en curar el surmenage”.

“No quiero entrar nunca más en la cocina de mi casa. Denme una cocinera maravillosa, toda de blanco, que me adivine el pensamiento y satisfaga el paladar de mi marido”.

“Quisiera tener cada día tiempo de sobra para leer, escribir, ir al cine y al teatro, a conferencias y exposiciones, sin prisa, despreocupada”.

El hada le sonrió con dulzura y desapareció dejando todo un mundo de esperanzas en el ánimo de la buena mujer. Y ésta siguió caminando por el bosque encantado, entre frutos de oro, pájaros de mil colores y fuentes misteriosas y vocingleras. El hada, por supuesto, nunca más regresó y la mujer, por supuesto, cada vez tiene menos tiempo para ella misma. Pero ahora sabe, o por lo menos presiente, que Mr. Time, ese Príncipe Azul tan añorado, no la espera en algún castillo de ebúrneas torres. Y que sus tres deseos —tan sinceros— se perdieron para siempre en el foso de los dragones. Y no es por nada pero se siente más tranquila.

Ana F. Aguilar
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 182

A las puertas de Betulia

Uno primero… otro después… lenta… muy len-ta-men-te fue abriendo los ojos. Vio, borrosa, difuminada, a la mujer que se lavaba las manos al fondo de la tienda… Oyó…afuera, no lejos, una muchedumbre, gritaba, eufórica, tal un ejército que ha ganado una batalla… Se sentía ligero, flotante, sin peso… inmersos en la niebla ve que entran dos hombres y se llevan un cuerpo humano que hasta ahora se ha dado cuenta que yacía en el suelo… un cuerpo… ¡un cuerpo!… quiere gritar… la voz se le coagula en la boca… ¡mi cuerpo!… “Ramera, devuélveme mi cuerpo”… Judit, sin escucharle, seguía lavándose las manos.

Pedro Crespo
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 173

El lobo-garú

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No aconsejo a nadie pasearse solo por los campos de noche si el campo produce en uno una sensación aguda en su nitidez de tranquilidad y dulzura, y si la noche muestra un cierto tono azul. Existe en tales casos, si no la certeza, por lo menos un alto porcentaje de probabilidades de hallarse frente a un lobo-garú. Y si no se es de una gran serenidad y si no se tienen vastos conocimientos sobre la materia, la lucha será irremediablemente perdida por el hombre. El lobo-garú, después de destrozar a dentelladas la carótida, beberá la mitad de la sangre de su víctima y, junto con alejarse satisfecho, caerán sobre los despojos sus inseparables compañeros los vampiros negros a chupar la otra mitad de sangre. El lobo-garú es grande como el mayor de sus semejantes terrestres, ágil como una ardilla, su pelaje es rojizo, su mirada fría como el acero, penetrante como un estilete. Las balas no le hieren a no ser que previamente hayan sido sometidas a largas y penosas consagraciones. Un puñal le atraviesa sin causarle daño salvo el puñal igualmente consagrado. Y otro tanto puedo decir de su hermano el vampiro negro, vampiro de no menos un metro de envergadura, de alas aceitosas y ojos de munición. Digo hermano pues aquí el parentesco zoológico del reino animal difiere: Lobo y vampiro, que en éste están sin parentesco, aquí lo tienen más aún que un lobo común y un zorro o un vampiro común y un murciélago.

Juan Emar
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 172

Punto

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Le había jurado vengarse.

Estaba recostada en su cama cuando escuchó parar un carro debajo de su ventana.

Después sintió que subían apresuradamente las escaleras.

Cuando se levantó, alguien caminaba por el pasadizo suavemente como si estuviese buscando una numeración, hasta que se detuvo frente a su puerta.

Tres golpes fuertes lo sacaron de su ensimismamiento y se apresuró a abrir involuntariamente.

—He venido a cumplir mi palabra…

Alberto Yauri miró por todas partes para ver de dónde venía la voz, pero sólo descubrió un punto casi luminoso sostenido en el aire como un ojo que lo miraba insistentemente. Un punto pequeño pero de una gran fuerza magnética.

El punto avanzó haciéndolo retroceder y luego cerró la puerta tras él.

—Vengo a probarte mi teoría. He logrado centralizar toda mi fuerza física y mental en el punto que ves… Ahora tendrás que seguirme por el mundo que he descubierto.

Y dicho esto, se alargó como un rayo hacia su víctima, y de un solo trazo, lo convirtió en una coma.

Luego, el punto y la coma se trasladaron al diccionario que estaba sobre el escritorio, se metieron en sus páginas y desaparecieron.

Juan Rivera Saavedra
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 163

Diario

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15 de enero.— Mi única esperanza, mantenida durante tres años, termina hoy por extinguirse. Todos los pelos de mi cabeza se han caído. Sobre que la naturaleza me ha negado toda clase de atributos, ¿no es esto lo peor que le puede ocurrir a una mujer?

23 de abril.— Hace meses que observo a mis vecinas. Todas cambian de enamorados como si cambiaran de pañuelo… yo en cambio no he tenido en mi vida una aventura que me permita siquiera vivir de su recuerdo.

29 de julio.— ¡Me horrorizo! Las hermanas mellizas batieron ayer el record. Recibieron a cuatro enamorados en una tarde.

30 de octubre.— Lamento haber comprado una balanza para el baño. Sigo bajando de peso. 38 kilos para mi estatura y edad, es poquísimo. Tendré que cuidarme, de lo contrario enfermaré y no podré pagar médico.

10 de noviembre.— Tanto reclamé por la llegada de un artista. Las mujeres están locas. Y encima, el artista es calvo. Por más Yul Brynner que sea, repito que están locas.

15 de noviembre.— Querido diario, me quiero suicidar. Juro que lo haré si en caso fallara mi plan. Ya que el destino ha querido que me quede calva y sea el hazmerreír como mujer, por lo menos espero no serlo esta noche que pienso salir a la calle, vestida de hombre.

20 de diciembre.— ¡Soy la mujer más feliz de mi vida! Dentro de cinco días me doy de aros con mi vecina… ¡y que Dios me perdone!

Juan Rivera Saavedra
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 162

Robot 2

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José Santiago se aburría de todo en su casa hasta que le llegó equivocadamente un juego de Mecano. Se puso a armarlo y construyó un robot.

Un día le agregó una pieza y el robot empezó a cocinar. Entonces, entusiasmado por el descubrimiento ajustó un tornillo por aquí y el robot se dirigió al patio, recogió toda la ropa arrugada y la planchó como una perfecta ama de casa.

Le ajustó una pieza por allá, y el robot se puso a pintar.

La añadió una pieza y se puso a cantar.

Le agregó otra y se puso a hablar de política.

Confeccionó unas piezas absurdas y se puso a tocar el violín.

Feliz de su valor electrónico, salió a dar unas vueltas con el fin de descansar de tantos meses de encierro.

Sintió que las plantas le sonrieran, que el aire lo miraba orgulloso y que la gente lo señalaba al pasar.

Regresó a su casa, dejó encima del sofá su abrigo y su bufanda y se dirigió al taller para continuar con su trabajo.

La primera impresión al abrir la puerta, fue tremenda. Parecía que un ciclón había pasado por allí durante su ausencia. La segunda escalofriante: el robot se había hecho humo.

Desesperado corrió al cuarto de su mujer pensando en una inminente desgracia, pero sólo halló sobre la cama una nota en que ésta le decía coquetamente.

—“Le agregué una pieza al robot, se volvió romántico, y me fugué con él”.

 

Juan Rivera Saavedra
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 161

La causa

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El cohete quedó listo.

Buscaron entre todos los voluntarios a un negro, y lo enviaron a Marte.

Como fue todo un éxito, reclutaron esta vez a dos negros y al igual que al anterior, también lo enviaron a Marte.

Luego mandaron a cinco, después a diez, más tarde a cien, hasta que no quedó un solo negro en Norteamérica.

Hecho esto, perdieron todo el interés los blancos por los viajes espaciales, y destruyeron los planos.

Juan Rivera Saavedra
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 161

La educación de los hijos

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No comprendo los quebraderos de cabeza con que se atormentan los teóricos de la pedagogía, ni las graves preocupaciones por las que se dejan dominar tantos sesudos padres de familia en torno a dificultades que —según ellos— presenta la educación de los hijos.
En cuanto a mí, tengo la cuestión definitivamente resuelta. Y no sólo en el plano de la teoría, sino lo que es más importante, en la práctica de cada día. Cuando un hijo recorre desaforadamente por el pasillo de la casa, le digo “no corras”; cuando salta por encima de los muebles de mi despacho, le digo “no saltes”, cuando me abruma con preguntas ininterrumpidas y con gestos de monito sabio le ordeno “no marees”.
De ese modo crece al mismo tiempo su amor y su respeto y su carácter se modela armoniosamente sin esfuerzo.

Luis Martín Santos
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 159