Cucú

—¡Cucú! ¿En dónde estás, querida?

El hombre recibió poderosa descarga de revolver calibre 32 en pleno rostro. Tambaleante y espasmódico, dio de pecho contra el antiguo aparador de malaquita con incrustaciones de bronce, motivando seco estrépito. El semblante apoplético exhibía, impresionante, los tatuajes de la pólvora y un bullente orificio pardo en medio de la frente abombada. Oscuros hilillos de sangre le escurrían ligeros por la boca y la nariz.

El cadáver del amante arrastró, en su derrumbe, las rosas del aparador y éstas adornaban el cuerpo yerto, el cual había caído en decúbito supino, como un muñeco arrojado sobre la alfombra ensangrentada. Los ojos opacos los tenía fijos en un punto lejano y del orificio brotaba abundante el rojo líquido sanguíneo.

La mujer avanzó hacia el muerto, lo miró fijamente y con desprecio arrojó luego el arma humeante sobre el amplio diván escocés y gritó:

—¡Estúpido! ¡Te advertí que no me dijeras Cucú!

Sergio Bravo Castillo
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 88

Anuncios

La sentencia

Durante la dinastía Chu (1100-221 a.C.), vivió cierto hombre de singular talento y extraordinaria inteligencia. Su erudición y sabiduría sobrepasaba a la de cualquier otro hombre sabio de la región. Por esas cualidades fue designado juez Supremo de la Provincia Siete de Sinkiang. Su nombramiento motivó gran envidia entre los jerarcas políticos y militares, quienes se consideraban merecedores de ocupar el encumbrado cargo.

Un día, Wo Swang Tao —que era su nombre— incurrió en una omisión involuntaria y trivial de la Ley del Impuesto, que devino grave delito por artimañas de sus rivales cuando le acusaron ante el Consejo Supremo. El acusado, no obstante su brillante defensa, fue sentenciado a servir por el resto de su vida a un hombre señalado al azar, carente de dones e inteligencia.

Sergio Bravo Castillo
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 53