Ramón Fonseca Mora

 

 

 

 

Ramón Fonseca Mora

 

Ramón Fonseca Mora

(1952-VVVV).

Narrador panameño, nacido en la ciudad de Panamá el 14 de julio de 1952. Autor de una breve pero intensa producción literaria que, por la frescura, actualidad y universalidad de sus temas, le convierte en uno de los escritores panameños de mayor proyección internacional, está considerado como uno de los prosistas centroamericanos más prometedores de finales del siglo XX y comienzos de la siguiente centuria.

Hombre de acusada inclinación humanista, recibió desde niño una esmerada formación académica que habría de permitirle desarrollar, ya en plena madurez, su innata vocación literaria. Así, tras haber recibido una exquisita educación primaria y secundaria en el colegio La Salle, ingresó en la Universidad de Panamá para cursar estudios superiores de Derecho y Ciencias Políticas, materias en las que obtuvo una licenciatura que le abrió, años después, una espléndida trayectoria profesional en la sede ginebrina de las Naciones Unidas, donde prestó sus servicios por espacio de seis años (trabajó, concretamente, en Suiza en la Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo). Previamente, había completado su formación académica realizando un curso de especialización económica en The London School of Economics.

Al tiempo que se labraba este espléndido futuro profesional, Ramón Fonseca Mora procuró atender también esa vocación literaria que se le había manifestado con vigor durante su época estudiantil, y comenzó a cultivar la prosa de ficción hasta tener completados varios relatos y la novela titulada La danza de las mariposas (1994), una espléndida opera prima que fue galardonada en su Panamá natal con el prestigioso premio Ricardo Miró, en su modalidad de narrativa. Por aquellas fechas de mediados de la década de los noventa, Fonseca Mora se reveló también como un consumado artífice en el complejo género de la narrativa breve, al que aportó una primera recopilación de relatos presentada bajo el título de La isla de las iguanas (1995).

El éxito alcanzado por estos dos libros provocó que el renombre literario de Ramón Fonseca Mora rebasara los estrechos límites del panorama literario panameño para extenderse por todo el ámbito geocultural centroamericano y llegar, incluso, hasta ese continente europeo donde el escritor de Panamá había pasado tantos años de su vida. Y así, en efecto, tras la publicación de otra magnífica novela titulada La ventana abierta (1996), un sello editorial español dio a la imprenta en la Península Ibérica la que, hasta la fecha, es tenida por su obra maestra, aparecida bajo el título de Ojitos de Ángel (Madrid: Alfaguara, 1999).

En palabras de uno de sus editores, “sus escritos abordan temas del diario acontecer, que al desarrollarlos se convierten con sencillez y naturalidad, en una trama intensa, muchas veces anecdótica, que permite la identificación con el personaje y hace sentir la historia como propia”. Otra de las señas de identidad que singularizan su magnífica prosa es la constante apelación al sentido del humor, así como el sostenimiento desde la primera hasta la última página de un humanismo cálido y directo que, por su sencillez y amenidad, llega con gran facilidad a todo tipo de lectores[1].

Los jueves en la tarde

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Mari me había pedido que investigara y no pude negarme. Y no solamente porque Mari era mi mamá. La verdadera razón es que me había invadido una curiosidad muy grande y quería averiguar el secreto. Por ello decidí aceptar y enterarme que hacía mi padre todos los jueves en la tarde.

Colocha, su suegra, había prevenido a mamá. Le dijo que de sus hijos ponía las manos en el fuego por Mario y Hernancito; pero por Quiquito y Michito, definitivamente no. Me imagino que Mari rio cuando oyó aquello acerca de su Michito y no le hizo mucho caso. No obstante, cuando papá comenzó a desaparecer todos los jueves en la tarde, sin excepción, recordó las palabras de Colocha y su rostro comenzó a mostrar la tensión que sentía. Decidió entonces averiguar qué hacía Michito aquella tarde de la semana.

Primero le preguntó despacito, con cariño. No logró nada. Su cónyuge contestó con evasivas y al rato se encerró en el baño de donde no salió por la próxima hora. Él es aficionado a encerrarse en esa parte del departamento, pero sólo por veinte o treinta minutos. Aquello aumentó las sospechas de mi madre y renovó sus esfuerzos por averiguar la solución al misterio.

Su segunda táctica consistió en preguntarle a sus amigos usuales; con tacto, por supuesto. Pero también negaron saber nada. Además, pusieron cara de asustados y le afirmaron enfáticamente que ellos nunca desaparecían ni los jueves, ni ningún otro día de la semana. Aunque, “por si las moscas”, le pidieron no comentar el asunto con sus esposas. Mamá no quería armar líos en casas ajenas y se abstuvo de hablar sobre el tema con sus amigas, aunque si vio sospechoso que en las próximas semanas casi todos se reportaron religiosamente con ella llamando y preguntando por mi padre todos los jueves en la tarde.

Mi madre, ya un poco desesperada —y ella es una persona muy paciente—, decidió llamarme y pedirme que averiguara el destino de Michito. Yo ni corto ni perezoso, se lo pregunté, con tan buen resultado que me lo dijo enseguida. Ahora yo también desaparezco todos los jueves en la tarde, sin excepción.

Ramón Fonseca Mora
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 122