Oscar Wong

Óscar Wong

(Tonalá, Chiapas, agosto 26 de 1948) 

En la literatura mexicana, el nombre de Óscar Wong es sinónimo de persistencia, de constancia. Durante estos 30 años ha luchado contra todo para forjar una escritura que se sostiene por sí misma, fiel al lenguaje, a la búsqueda de la poesía y a sus propias leyes internas. Sus raíces, la china y la chiapaneca, están plenamente amalgamadas en su trabajo creador, sin mostrarse aparatosamente. De ahí que su poesía es un continuo triunfo sobre la armazón idiomática de que está hecha. Además, el magisterio casi silencioso y la continua indagación crítica de que ha hecho alarde, sostienen a Wong como alguien que ha podido superar con creces las limitaciones del capillismo y el sectarismo, tan marcados en estas lides. Elpoemaseminal, del cual forma parte, y que fue acogido con tanto entusiasmo por él, se suma a la merecida celebración por todos estos años de trayectoria, en la que cada libro es fruto de la intensa vivencia poética que lo caracteriza.

De esta manera se expresó en noviembre del 2004 la revista electrónica Elpoemaseminal, para festejar al poeta sinomexicano en sus 30 años de nombrar al mundo, como denominó el Instituto Nacional de Bellas Artes su presentación por dicho motivo en el Palacio de Bellas Artes. La revista Acequias de la Universidad Iberoamericana Torreón se suma a estos festejos por las tres décadas de nombrar al mundo. Ahora, ante la aparición de su nuevo poemario, En el corazón de la memoria (Edit. Jus, Méx., 2010), y su regreso al D. F. después de 4 meses de laborar en Chiapas, tierra de su madre fallecida, charlamos con el poeta:

1.¿Por qué comenzaste a escribir? ¿Cuándo y dónde?

–Creo que llegué a la literatura, a la Poesía, como una forma de reivindicación: mi padre, Arturo Wong Cinco, originario de Cantón, China, jamás consiguió ser un buen hablante del español. Nunca fue a la escuela: aprendió por sí mismo lo poco que sabía de la nueva lengua. Presupongo que por eso me volqué en el ámbito estético-lingüístico. A través de mí habla mi padre. Y sospecho que lo hago mejor que mucha gente torpe, inculta. En una población costera, en el sur de México, a dos horas y media de Guatemala, patria chica de mi madre, doña Isabel Ovando Lara, conocí a una niña, rubia, a quien le dediqué mis primeros escarceos líricos y narrativos. Terminó en un convento dominico. Mi poema “Cantiga para la hermana Esther” es real: lo escribí cuando sor Fidelina tomó los hábitos. Si preciso que en 1974 publiqué mi primer libro en la colección “Abrapalabra”, de la Casa de la Cultura de Toluca, sabrán los lectores cuántos años tengo en el medio.

2. Cuál es el compromiso del poeta con la historia?

–Ignoro si haya algún compromiso como gestador de textos líricos. Creo que el poeta debe tener compromiso con él mismo para exteriorizar sus sentimientos de la forma más conveniente posible, conciliando expresión y contenido. La historia, ciertamente, no perdona (independientemente del gusto, que por otra parte es social y responde a modos históricos determinados). Socialmente hablando, quien habla al mundo, el “descifrador de signos”, es un individuo, un ciudadano que no puede darle la espalda a los movimientos sociales

3. Poesía es “romper las cadenas que nos atan al mundo de las apariencias y sumergirnos en esencias”, definiste una vez; ¿Cómo se hace si supuestamente estamos atados al impreso y a la hoja, cómo se moldean esos entramados simbólicos de la sociedad, desde el hecho poético?

–No, jamás estaremos atados al impreso ni a la página electrónica o a la página en blanco (a la antigüita). El verso es un sonido armónico con significado, es un código rítmico que debe conciliar expresión y contenido, pero básicamente es la voz humana. Lo que observamos en la hoja es la representación de esa voz. No hay que confundir. He descubierto que la Poesía es terriblemente celosa, melosa, y amarga como la miel del libro que degustó Juan de Pathmos a instancias del ángel. Y esta Revelación me perturba, me empequeñece, me hace enmudecer. El Vibrante Haz Luminoso que desciende durante la Eucaristía–el hecho poético– me obliga a arrodillarme. Y me sé un simple ser humano atento a la resonancia del Cosmos, tratando de balbucear algunas palabras[1].

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Lo supo aquel día


A Pal, por su amor a la literatura.
A Juan Rulfo, tal vez.

Aquel mismo día lo supo, aunque quiso rebelarse a su destino, ahogarse en la superficie —un poco prisión— que lo integraba. Imprecó una y otra vez porque la fatalidad ya acechaba en cualquier momento. La medialuna y él significaban la muerte, el punto donde confluirían las fuerzas reales, funestas, de la certidumbre. Supo también que iba a morir, lo sentía en el aire, en los murmullos que se agolpaban a su alrededor. Por eso se había negado a las circunstancias y todos podían irse al demonio. Que lo dejaran solo, sí, aunque a lo mejor quedaba una esperanza, un descuido por donde se pudiese escurrir al golpe fatal. “Maldita sea”. Si fuera posible el cambio, si al menos tuviera un poco de ternura para mí —piensa.

En ese momento Susana lo miró desde su tumba y Aquél continuó acechándolo, atormentándolo con los recuerdos, retrasando a veces su destino. Se incorporó altivo, pese a todo, porque su voluntad, su fuerza, golpearon su pecho. Ahora sí tenía evidencia, no tuvo, jamás, otra alternativa. Sí, lo supo desde aquel día: él, Pedro Páramo, estaba condenado a vivir —de página en página— hasta el fin del libro.

Oscar Wong
No. 84, Noviembre-Diciembre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 455