La última de las mil y una noches

Cuando Scheherezada concluyó su postrer relato, inclinó la frente hasta la espesa alfombra y dijo: “Dueño de mí, ahora os ruego que me perdonéis la vida si os he entretenido durante todo ese tiempo”.

Schariar no respondió. Por eso, ella osó levantar la mirada, y frente a sí sólo vio un monigote vestido de Sultán, casi pulverizado por la polilla.

José Barrales V.
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 575

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Muerte dieciochesca

Tembló una vez. Y luego otra más. Y aún tuvo fuerzas para estremecerse por tercera y última vez, antes de que su luz se extinguiera definitivamente. Entonces su viuda, desde el otro brazo del candelabro, pensó que el pobre se había apagado como una vela.

Jesús Abascal
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 574

Irreal

Ese hombre era distinto a todos los demás: actuaba en otra forma, pensaba de otra manera, y, en general, todas sus acciones y creencias eran diferentes; por esa razón se reunieron un día todos los habitantes del pueblo, y después de deliberar durante 13 días y noches continuas, nombraron una representación que fue a entrevistarse con él.

—Hemos llegado a la conclusión de que tu problema con nosotros es de irrealidad; por lo tanto, hemos decidido que el veredicto sea: ¡desaparición!

—¡Pero si yo no soy irreal! —refutó él.

Ellos se le quedaron viendo, y el que había hablado anteriormente volvió a hacerlo.

—Eso lo sabemos y ya lo hemos discutido, pero el veredicto tiene que cumplirse.

Entonces vio como todos ellos desaparecían.

Ignacio de la Miyar García
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 573

Melómanos

Llegó con la intención de escuchar, pero aquella melodía principió a hipnotizarlo hasta que se durmió profundamente.

Al despertar vio sobre sí una multitud espesa de notas que cabalgaban en enormes pentagramas impulsados por el estruendo de millones de aplausos.

Pero como la melodía no pudo contenerse, salió a la calle derrumbando puertas y ventanas y empezó a flotar por los aires hasta formar nubes que bajaban en tupida lluvia.

Un hombre observó que la multitud se apiñaba para cazar las notas que le envolvían, y tuvo una buena idea: trajo cientos de botellas y las llenó de aquella melodía.

Luego trató de venderlas, pero nadie las quiso porque todos yacían por el suelo bajo una montaña de notas, pentagramas, acordes y aplausos.

José Barrales V.
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 563

Colores

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Mig se levantó a las diez de la mañana. Cuando salió a la calle, los hombres tenían un tinte roséceo en la cara, y las mujeres verde pálido. Al andar, al hacer cosas, si hablaban, producían sonidos molestos, dolores concretos que penetraban en el oído de Mig y estallaban fuertemente en el interior de su cabeza.

El cielo era púrpura.

A las once, el color de los hombres cambió en amarillo y el de las mujeres en verde clarísimo.

El cielo era color paja.

A las doce y media, el de los hombres en amarillo clarísimo y el de las mujeres en casi blanco. También vio a un perro con seis patas.

A la una casi tenían su propio color.

A la una y media lo tenían.

Y el cielo.

Y los perros cuatro patas.

A las dos, la resaca había pasado totalmente.

Carlos Buiza
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 555

Era diferente

Desde que la conocí me pareció extraña. Sin embargo, me enamoré de ella tal vez por esa casualidad tan rara que es ser diferente.

Todo en ella era especial y mágico, que cada momento constituía una intensidad en sí mismo y me iba absorbiendo. Mi amor se acrecentaba aún sin estar con ella, el recuerdo era también creación.

Yo también empecé a cambiar desde entonces: era como si cada segundo fuese el primero de mi existencia, un nuevo nacimiento en un lugar diferente donde ella era lo único digno de escucharse, de contemplarse, y, sobre todo, de amarse.

El día que me invitó a su casa sentí una alegría indescriptible, aunque me sorprendió un poco que me citara a las once y media de la noche. Pero pasando por alto ese detalle me presenté puntual a la cita.

Esperé unos minutos después de tocar la aldaba de la puerta, y apareció ella más atractiva y enigmática que nunca. Me saludó amablemente y pasamos al interior de la casa; en la sala estaba reunida toda la familia. Sus padres y sus dos hermanos me saludaron y correspondí en la misma forma, y fue cuando me di cuenta que en nada se diferenciaban a ella; las mismas orejas alargadas, el mismo color mortecino, y, especialmente, esas extrañas cruces brillantes dentro de las pupilas.

Ignacio de la Miyar García
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 551

Diferencias ideológicas

Era lo único que había entre nosotros: hasta llevaba la barbada efigie del “Che” impresa en el frente de su abultado suéter. Discutimos muchísimo. Pero por fin se rindió ante mi lógica.

—Vos hablás mucho de libertad y de no-opresión —le observé—. Pero no tenés ningún reparo en guardar a esas dos tan apretadas. Se convenció: sus manos ágiles revolotearon, tironeó del suéter, y el “Che” dejó de interponerse entre los dos.

Carlos María Federici.
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 548

Último modelo con filosofía programada

Me costó hasta el último centavo y hasta la postrera porción de aire pulmonar; pero valió la pena.

¡Era el último modelo! Pelo natural, seudo-carne y … ready for action, como rezaba el aviso. Hasta hablaba… y filosofaba también.

Judy: el sueño inflatable del solterón.

Avancé hacia ella, anhelante. Sus ojos azules ( ¿de qué diablos los habrían hecho, que hasta se movían? ) rezumaban de promesas. Sentí húmedas las palmas y galopante el corazón. ¡Judy!

… ¿Cómo ocurrió? ¡Ay! Nunca lo supe. Una quemadura en la estufa, un pinchazo accidental… ¡qué importa ya! Todo terminó.

Oí una explosión apagada y la vi encogerse ante mi impotente horror.

De entre las mejillas progresivamente flácidas se escapó un suspiro de voz; una delicada excusa:

—De goma somos… —y Judy murió.

Carlos M. Federici
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 547

Casi

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Odio este caótico siglo XX en que nos toca vivir —exclamo Raimundo—. Ahora mismo mando todo al diablo y me voy al católico siglo XIII.

—¡Ah, es que no me quieres! —se quejó Jacinta—. ¿Y yo, y yo que hago? ¿Me vas a dejar aquí, sola?

Raimundo reflexionó un momento, y después contestó:

—Sí, es cierto. No puedo dejarte. Bueno, no llores más. ¡Uff! Basta. Me quedo. ¿No te digo que me quedo, sonsa?

Y se quedó.

Enrique Anderson Imbert
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 544

El juicio final

57 top
Raúl se hizo amigo de su Ángel de la Guarda. Conversaban horas y horas. De historia, de arte, de filosofía. Un día el ángel —que era un alma de cántaro— le reveló el secreto:

—El Juicio Final comenzará a toques de trompeta, pero será lento. Todas las naranjas formarán una naranja ideal. Todas las esmeraldas entrarán en una pura esmeralda. Todos los hombres apretarán en un arquetipo de hombre… Y así con todo. Cuando las innumerables cosas, bien clasificadas, se hayan reducido a piezas únicas, Dios las conservará como un museo.

Enrique Anderson Imbert
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 544

Diálogo con el perseguidor

57 top
Por los espejos, Ramón entreveía que alguien lo acechaba desde atrás. También, a las espaldas, oía un rumor, sentía una respiración. Si se daba vuelta, nada. Pero empezó a conversar con su perseguidor, a toda hora. Y acabó por andar de lado, como un cangrejo. Así lo conocimos, curvado hacia la derecha, con la cabeza torcida, con la boca murmurando por un costado, derramando azul por un ojo extrañamente agrandado, en diálogo con el demonio invisible que siempre le pisaba los talones.

Enrique Anderson Imbert
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 544

El barco

57 top
El capitán Walter —cuando se desnudaba se le veía la larga vegación (sic) de venas azules, por debajo de la piel— se metía agujas en el cuerpo. Toda clase de agujas. Fue un trabajo paciente, fino, sutil. Llevó años. Primero las gentes creyeron que Walter era un masoquista, pero no: era un lobo de mar con alma de artista. Cuando terminó se sacó una radiografía y la mostró ufano a todo el mundo: entonces pudieron ver el hermoso barco que con las agujas se había armado dentro de las carnes.

Enrique Anderson Imbert
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 544

Alas

57 top
Yo ejercía entonces la medicina, en Humahuaca. Una tarde me trajeron un niño descalabrado: se había caído por el precipicio de un cerro. Cuando, para revisarlo, le quité el poncho, vi dos alas. Las examiné: estaban sanas. Apenas el niño pudo hablar le pregunté:

—¿Por qué no volaste m´hijo, al sentirte caer?

—¿Volar? —me dijo—. ¿Volar, para que la gente se ría de mí?

Enrique Anderson Imbert
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 543

Los dos fantasmas

57 top
Esa noche de verano, cerrada, fosca, me fui a acostar bajo un ombú. Ya estaba casi dormido cuando una vaca se puso a mugir. Un mugido largo, oxidado, de goznes chirriantes. En el campo —negro, negro, negro— se abría una gran puerta, con ruido de hierros. Y por allí entró él, como un fuego fatuo.

—Ah, perdón —dijo al verme. Yo debía de estar iluminado por su resplandor.

Medio me incorporé, apoyándome en un codo, y con la garganta seca lo interpelé:

—Y usted ¿quién es?

—Perdón. Me he equivocado.

—¿Qué quiere?

—¿Yo? Nada. Adiós. Me he equivocado. Este es el trasmundo ¿no?

—Ah, ¿así lo llaman ustedes?

Y desapareció.

Enrique Anderson Imbert
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 543

El pacto

57 top

En Amaicha, a fines del siglo XVI, un fraile joven estaba leyendo en su tienda vidas de santos.

—¡Quién pudiera se santo! —exclamó con fervor.

Le fascinaba el misterio de lo que esos santos habían visto con sus ojos bañados de gracia ¡Qué de visiones! ¡Quién pudiera tenerlas!

—Daría cuanto poseo por ser santo —agregó.

Y oyó la voz astuta:

—¿También tu alma?

Primero el fraile se asustó, pero en seguida se repuso y contestó firmemente:

—También mi alma.

Le relució la faz, fue hombre nuevo; y cuando siguió hacia el Tucumán los soldados españoles comentaron sorprendidos la repentina disposición piadosa del fraile.

Pasaron los años.

Fray Bartolomé era puro amor, pura caridad. Y su presencia comunicaba a todos un estremecimiento de miedo y de encanto: era patente que, a su alrededor, se movía algo tremendo, enorme, poderoso.

Siempre había quien, al verlo, murmurara:

—Es un santo.

Y se contaban entonces sus sacrificios y milagros.

Cuando murió en la celda de un convento de Lima (dicen que los pajarillos entonaban en la ventana Gloria in excelsis Deo) el Diablo se llevó su alma.

—Te he permitido que te asomaras por los postigos y espiaras de lejos a Dios —dijo el Diablo por el camino—. Ya es hora de que mires a mí.

 

Enrique Anderson Imbert
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 543

El don de Jahveh

57 top

En aquellos días cayó Ezequías enfermo, para morir. Y fue a visitarlo Isaías, el profeta.

 

—Ordena tu casa —le dijo Isaías— porque morirás.

 

Entonces volvió Ezequías su rostro a la pared y oró:

 

—¡Oh Jahveh! ¡Acuérdate que siempre hice lo que a tus ojos es grato!

 

Y se quedó solo, llorando.

 

Esa misma noche Jahveh encomendó a Isaías:

 

—Ve y dile a Ezequías que he oído su oración y he visto sus lágrimas. Morirá el día que ya he señalado, pero cuando llegue ese día daré marcha atrás al cielo y a la tierra y a cuanto existe; y los pondré en el punto en que estaban hace quince años. Así, se añadirán quince años a la vida de Ezequías.

 

Y al enterarse tornó a llorar Ezequías:

 

—¿De qué me sirve, oh Jahveh, de que sirve repetir por segunda vez  quince años de mi vida tal como yo la viví, sabiendo cada día lo que me ocurrirá al siguiente? Y si al volver quince años atrás también me borras la memoria de esta existencia que ahora se me acaba  ¿de qué me servirá revivir, si no me doy cuenta? No te pido quince años: ¡dame siquiera quince días, pero que sean nuevos!

 

Jahveh no quiso.

Enrique Anderson Imbert
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 542

Pasatiempo dogmático

El juego consistía en no emplear nunca la palabra quizás. Cualquiera que fuese la pregunta, el vocablo en cuestión debía quedar excluido como respuesta. Al perdedor le sería arrancada la lengua de raíz, a modo de castigo. Y quizás en ese preciso momento llegaría a comprender cabalmente el verdadero sentido el juego.

Jesús Abascal
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 536

La visita

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Estaba seguro que la cita era para esa tarde. Lo que me preocupaba era cierta confusión sobre la hora y el lugar en que debería efectuarse. Algo me indujo a creer que sería a las cinco y en su casa, pero al pensar en esto recordé que mi amigo no me había dado su dirección. Es más, ni siquiera conocía su nombre aunque de manera vaga adiviné que tenía una sonoridad semejante a la del mío. En fin, ansioso por estar con él, con mi nuevo amigo, con el mejor amigo que había tenido, ansioso de poder conversar abiertamente por primera vez en muchos años; deseoso de tomar café y fumar y platicar de miles de cosas con el sencillo propósito de ir indagando en cada gesto y en cada sílaba las características del amigo. Ansioso de todo esto, repito por cuarta vez salí de mi casa a las cuatro dejando a mi buena suerte el conducirme a cada. Vagué y vagué durante una hora y, desalentando, dudando del encuentro que había tenido anteriormente, me vi de pronto en el punto de partida. A mí mismo me exasperaba el deseo de estar tocando el otro timbre, su timbre. Salió a abrir mi madre y, mitad en serio y mitad en guasa, me dijo como reproche:

—¿Por qué tan ceremoniosamente puntual? Mi hijo ha estado esperándolo toda la mañana. Pero pase usted, tenga la bondad…

José Joaquín Blanco
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 535

La alternativa

Fue exactamente en los comienzos del mes de octubre. Para él, recién llegado de una isla tropical y cálida, era el primer otoño de su vida. Ávidos e inquietos, los ojos del poeta —¿lo era realmente? —se buscaron a sí mismos en aquel paisaje que era como una fiesta de colores apara sus ingenuas retinas. Sin poder evitar que sus pies estrujaran aún más las docenas y docenas de hojas mustias y secas que alfombraban el camino, el intruso comenzó a pasearse a todo lo largo de la inmensa avenida. Mientras avanzaba, el extraño iba reteniendo cuidadosamente, inundado por un júbilo casi infantil, todos los matices del verde, las irrupciones del naranja, la presencia del amarillo y los detalles magníficos del rojo con que inauguraban el otoño las hojas todas de los árboles. Y se preguntó si acaso ese ropaje cromático no se correspondía secretamente con alguna especie de música vegetal que animara interiormente la espléndida estructura de aquella escena maravillosa, armónica, inolvidable… Así, la tarde fue marchitándose poco a poco, hasta que la luz despojó de sus favores a la singular visión, completamente nueva para las fervorosas pupilas de aquel hombre que por primera vez estaba en contacto con una estación semejante. Entonces se dio cuenta de que muy pronto todo aquel espectáculo sería barrido por las sombras. Y no supo exactamente si debía llorar o si, por el contrario, lo indicado era sonreír de satisfacción, aliviado y feliz por la estupenda oportunidad que el destino le había brindado en aquella etapa de su existencia.

Sin embargo, detrás de él, una voz se encargó de sugerirle la mejor solución: “Mañana, extranjero, el paisaje ya no será el mismo. Habrá menos hojas y las que queden mostrarán nuevos tintes y tonalidades diferentes. Todo habrá sido re-creado y lo que has podido disfrutar hoy, antes de que el crepúsculo ahogue finalmente tanta belleza, jamás volverá a presenciarlo. Al menos como en este instante. Decide tú mismo, pues…”

El poeta meditó por un momento las palabras que había escuchado. Y luego, sin la menor muestra de vacilación de duda o de arrepentimiento, en un gesto tan sublime como absurdo, se sacó los ojos sin exhalar un solo gemido. Los ofreció humildemente a la dueña de la voz, y tendiendo después sus manos hacia adelante, echó a caminar torpemente hacia las tinieblas definitivas.

Jesús Abascal
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 529

El ataúd

57 top

 

Vicenta enviudó a los cincuenta años de vida y a los veinticinco de amor. Heredó tres varones, una epiléptica y una pequeña finca que produjo para todos, gracias a su intuitivo gobierno matriarcal.

Los hijos trajeron a sus mujeres y a sus pequeños. Y pasó el tiempo. Cuando celebró los sesenta años, se regaló un elegante ataúd que destinó para sus segundas nupcias, con la muerte. Lo colocó en el mismo sitio de la sala en que doña María Tere Clara de Echegaray y Puig colocaba la señorial ortofónica en la suya.

La caja fúnebre ahuyentó de la casa a las comadres por un tiempo, aunque terminaron tan familiarizadas, que la convirtieron en costurero de sus diarios enredos.

Cierta vez lo prestó para el entierro de un joven vaquero que murió por dos trenzas nuevas. Pronto lo compró más suntuoso. También sirvió para las exequias de la parturienta empeñada en complacer al esposo que buscaba la docena. Al día siguiente lo readquirió modernizado. Cuando estaba ya septuagenaria, lo facilitó para los funerales del vecino que enmudeció al diálogo de escopetas y fusiles. Orgullosa lo repuso. Y hubo otras muertes.

Llegó el día de celebrarse los cien años, y en medio del banquete familiar que los festejaba, se levantó hierática, exclamando: “Vestiré de gala”. Y murió sin complejos, como los niños que juegan a la vida.

Se organizó el funeral, pero… ¡Qué contrariedad! La víspera, Vicenta había donado su ataúd para el vagabundo sin dolientes, y no había tiempo de traer otro del lejano pueblo, así que la familia decidió enterrarla entre flores silvestres y helechos campesinos.

Inicióse el cortejo, y todos sorprendidos vieron un fino ataúd de cristal que la envolvía, como un bloque eterno de hielo purísimo, destellante. Asombrados, comentaban el enigma sin explicárselo, cuando de repente la epiléptica, iluminada y pálida como el cirio que llevaba, gritó:

“¡Está envuelta por el espíritu transparente de los muertos!”.

Hernán Altuzarra del Campo
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 522