Fabulita

A: Marcela, Eloísa y Amelia

Le dijo tantas veces y de tan distintas y nada tiernas maneras que el señor de la casa era un ogro y que no lo molestara más con sus gritos, que un buen día el pequeño hijo de la criada, ofuscado, se deshizo del ogro: se introdujo subrepticiamente a la cocina, tomó estremecido el filoso cuchillo con el que su madre destazaba la carne fresca, se encerró en la pieza contigua sin ser visto, se escuchó un gemido de dolor agudo y el niño, desde entonces, ya no habla: la lengüita la tenía deshecha.

José Castillo Farreras
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 224

Mediodía

La isla a mediodía es insoportable. El calor y la humedad de la celda calan los huesos. Todos los habitantes estamos en un sopor que dura hasta las tres de la tarde cuando ha descendido un poco el sol. Esa es la hora escogida por el alcaide para las ejecuciones. Desde mi ventana alcanzo a divisar parte del camino que recorren los condenados. Generalmente son dos los que avanzan, custodiados por diez guardianes. Aquí nadie se preocupa por eso y hasta los mismos condenados parece que facilitan la labor de los verdugos. Algunos dicen que son criminales peligrosos con más de cinco muertos encima. Llegan hasta los acantilados y allí los fusilan. Luego los tiran al mar para cebar los tiburones que rodean la isla. Cuando los guardianes regresan me siento nuevamente a escribir. Sé que algún día vendrán a llevarme a pasear y que desde mi ventana me veré en dirección a los acantilados de la muerte y que otro recluso forjará la ilusión de que soy un criminal peligroso con más de cinco muertos encima.

Hardold Kremer
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 200

Arriba el norte

Todos ganan pal Norte, señor, extraño vicio. Una parte del territorio antes se la habían llevado. Diz que primero se les anexó Texas y después cedimos California, Nevada, Utha, Arizona y otros pedacitos. Luego, quel señor Gadsten nos compró unas tierritas ribereñas. Y se empezaron a llevar a la gente: que pa construir sus ferrocarriles, que pa labrar sus tierras, aunque también les servimos para entrarle a sus guerritas. Otros, la mera verdá, se van a trabajar a las güeritas. Es cierto, señor, en veces nos regresan a la raza o nomás nos amedrentan. De ribete, ahora algunos se van al Norte con todo y sus muchos fierros. Quesque acá ya no se puede vivir, que no hay seguridá, que nos lo merecemos. ¿Será?

A los norteños también les gustan nuestros minerales, los animalitos, los jitomates, las naranjas, el cacao, el café, la mariguana, nuestras playas y el maldito petróleo. Pero aún así les salimos debiendo. Aunque, no se crea, señor, no son malagradecidos. Ellos nos mandan sus ideas y deso no nos pasan la cuenta.

Francisco J. Núñez de la Peña
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 192

Origen

Recientemente me han contado un cuento marsellés cuyo profundo simbolismo se me apareció de repente. Tres niñas de descubren el velo de su nacimiento. La primera dice: “A mí, me trajeron mis padres de Toulon en una caja de madera de Indias forrada de algodón”…“A mí, dice la segunda, me han traído de París en una caja de oro forrada de seda”… “A mí, dice la tercera, en voz baja, como mis padres son muy pobres para traerme de ninguna parte, me han hecho ellos mismos”.

Élie Faure
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 190

Antibíblica

—Pos a mí eso de que´l tal Goliat tenga más de dos metros de alto y parece ropero viejo, de lo ancho que´stá, me viene guilson —dijo el David, antes de echarse de un hilo, entre pecho y espalda, su quinto litro de Sangrita de Ángel. Luego después de limpiarse los erizos bigotes con la mugrosa manga de su camisola, agregó: “Orita recogemos en la calle las balas frías p´a mi honda y le voy a demostrar a ese guey quién es el mejor mecapalero de la ciuda”…vamos.

Y levantándose de la rústica mesa el David y su flota de ñeros, terciados los lamparozos mecapales sobre el pecho, como si fueran cananas, salieron de la pulquería “Los triunfos de Vit-Nam”. Al otro lado de la calle estaba el Goliat esperándolos y en cuanto los vio venir empezó a gritarles, con voz estentórea, que eran unos maricones, ojetes, y otras cosas más o menos provocativas. Eran como a las cinco de la tarde…

El David y su palomilla parecían gallinas en coral ajeno: buscaban y rebuscaban por el polvoriento suelo de la calle sin encontrar nada. El David estiraba y restiraba nerviosamente las cuerdas de su honda mirando en vez al Goliat que, muerto de risa, escoltado por su no menos nutrida flota de amigotes, esperaba. Por fin, sacando tremebunda charrasca, el gigantón Goliat gritó:

—¡Cómo eres pendejete, David!… ¿cre´s que no conozco la´istoria esa de las piedras y tu pinche honda?…por eso me pasé toda la noche quitando todas las que había en esta calle; ora tendrás que madrearte conmigo a lo puro m achín, pinche zotaco culero…

Esa noche hubo velorio en la casa del David…¡Nunca se encontró su cabeza!…

Ricardo Fuentes Zapata
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 189

Se suplica a los vampiros no pasar

Desde que tenía memoria recordaba haber temido a los vampiros, con un miedo si se quiere irracional y que se hizo obsesivo. Así que investigaba todo lo que podía para protegerse con hechizos y amuletos.

Vivía rodeada de ventanas enrejadas, sarta de ajos; estacas de madera y hasta llegó a conseguirse un arma con balas de plata.

Se negó a casarse, rechazando magníficos partidos, por pequeños detalles que le parecieron sospechosos. Investigaba a todas las personas que llegaban a avecindarse en la región y las casas que por algún motivo pudieran resultar desconfiables. Incluso inspeccionaba el panteón comprobando que todas las tumbas estuvieran intactas.

Después de soportarlo por años, resultó que un día ya no pudo con el olor de los ajos y mandó que los quitaran. A cambio tomó otras precauciones; dejó de hacer y recibir visitas, despidió al servicio. Más tarde, empezó a dormir de día y a velar de noche, pero aún siendo diurno, su sueño no resultaba tranquilo. Decidió al fin dormir en un cómodo ataúd para burlar a los vampiros.

María Soledad Arellano
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 185

Lujuria

Me incliné sobre ella. Dormía. Iba yo dispuesto al beso, moviéndome con artes de sutileza. Entonces, inexplicablemente, despertó. Sin duda me llegó, rectilínea, su mirada envuelta en la ternura del sueño, porque no pude evitar sentirme como quien es sorprendido en el acto vergonzante de abrir una caja fuerte.

Guillermo Farber
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 183

El vecino y el viajero

“Fíjese bien”, dijo el vecino. “Este mercado es el más grande del mundo.”

“Creo que no”, dijo el viajero.

“Quizá no sea el más grande del mundo, pero es el mejor”, dijo el vecino.

“Creo que usted está equivocado”, dijo el viajero. “Lo puedo asegurar.”

Esa misma tarde lo enterraron.

Robert Louis Stevenson
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 182

Bajo la lluvia

Te lo digo, así no vas a ir a ninguna parte, husmeando en el calabozo, poniendo la mano sobre la frialdad de las piedras del muro. Queriendo escribir sin perturbaciones, disculpe usted el lugar común.

Te lo dije, pendejo.

La tarde se iniciaba con perros tranquilos mirando a la gente que pasa platicando tranquilamente.

Ascendiendo por el tobogán de seda retornando a lugares lejanos con una memoria que navega en la pluma. Azul y negro y blanco al mismo tiempo, violetas y el sol hizo claras las ramas esta tarde, perdonen el lugar común, al que corresponde un sentido común. Por las noches visitaba el bosque y las estatuas, el color de los sueños olvidados, la regia reja custodiada por los leones, por las noches los paseos interminables en el metro, mirando una por una las caras de las gentes, atado al mundo como un barco submarino que viajaba. Arriba el agua más agua sosteniendo los cuerpos y llegando resuelta y amorosamente a las playas, arriba estaba la ciudad de México. El temblor de la tierra, la estabilidad del peso, la violencia, la ceguera y todo lo que uno es capaz de mirar si no mueve a la dama y a la torre, si no recuerda la portada de los cerillos clásicos de lujo, si no comienza a caminar sin pedir permiso primero.

Javier Molina
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 179

De cómo asesiné a Ness

Eliot Ness y su temible grupo de policías federales, Los intocables, han sido acorralados en un viejo depósito de cervezas por los muchachos de Capone, jefe máximo de la mafia de la ciudad de Chicago.

“…Ness murió esa misma noche, con dos balazos en el pecho y uno en la cabeza. De esta manera, termina la lucha que encabezó por más de siete años, contra el gangsterismo”.

Click. Un hombre alto y de grandes espaldas apaga el televisor y se dirige al pequeño bar de la sala. Con un masticado acento siciliano, a la vez que llena su vaso old fashion, piensa en voz alta: ¡Estupendo! Esto hay que celebrarlo. Porque la idea fue mía: de Frank Nitti, de nadie más. Capone tenía que hacerme caso: comprar al guionista de la serie era la mejor forma de eliminar a Ness.

Juan Raúl Barreiro
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 176

El faquir

Aún hoy, no consigo comprenderlo, el faquir no hizo otra cosa que pasar por sobre su cabeza el filoso alfanje para caer desmadejado como una marioneta sin hilos sobre el centro de la pista. Al principio, pensamos que su desvanecimiento era parte del espectáculo pero, cuando su inmovilidad se prolongó de manera exasperante, el público se levantó  de sus asientos, y miró con desconcierto el inerte cuerpo del faquir. Una ola de murmullos se abatió sobre mí, sumiéndome en la confusión, hasta que los gritos de alguien pidiendo un médico me hicieron salir de mi estupor. Me abrí paso entre la gente y revisé al faquir, nada se podía hacer: estaba muerto. Mientras las últimas personas  que quedaban en la carpa terminaban de salir, llegó una ambulancia y se llevaron el cuerpo. Yo quedé en el centro de la pista, conmocionado, me parecía absurdo que un hombre pudiera morir así, tan de repente, y esa oscura y común posibilidad me estremecía. Aturdido, pensé que lo mejor sería abandonar aquel lugar. Estaba por salir, cuando advertí que el alfanje con el que realizara su acto el faquir, había quedado en el suelo, junto a mis pies. Me incliné para recogerlo y observé cuidadosamente su sinuosa hoja, pasé despacio mis dedos sobre su filo y un estremecimiento me asaltó. No podía verla, pero esa maraña de hilos invisibles estaba ahí, enredándose entre mis manos ensangrentadas.

Fernando Ruiz Granados
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 175

Demonios terrestres

Los demonios terrestres son los lares, genios, faunos, sátiros, dríadas, y hamadríadas, hadas, etcétera, que cuanto más frecuentan el trato de los hombres tanto mayores daños les causan. Piensan algunos que eran los únicos espíritus que tenían los paganos de la antigüedad y por eso les erigieron numerosos templos e ídolos. A la misma categoría pertenecían el Dragón de los filisteos, Bel entre los babilonios, Astarté entre los sidonios, al Baal de los samaritanos, los dioses Isis y Osiris de los egipcios, etcétera. Algunos incluyen aquí a las haras y los duendes adorados en tiempos remotos con excesiva fe supersticiosa y a los que se atribuían actos beneficiosos; así se decía que barrían las casas, limpiaban de hollín las chimeneas, purificaban el agua de los pozos, hacían apetitosos los manjares y otras cosas por el estilo. En consecuencia no debían ser ahuyentados y se creía que dejaban dinero en los zapatos y que de ellos dependía el tener suerte en cualquier empresa. Son éstos los que danzan sobre el césped y entre brezos, como suponen Lavater, Tritemio y Olaf Magnus.

Robert Burton
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 173

La muerte del verdugo

Aquel verdugo había ejecutado a cientos. Ya nadie se sorprendía. Qué tiempos, qué época. La guillotina hecha institución.

El era perfectamente conocido, aquel su cuerpo robusto, aquellos sus movimientos inequívocos. La capucha, mero formulismo; más nunca un reproche, en su contra, ningún resentimiento, que supiera.

Andando el tiempo, sin embargo, encontró en muchos de sus paisanos ojos como sin brillo, como que se iban quedando secos.

Pero siguió consagrado a su oficio, celo y rigurosidad impecables en cada acto.

Y así que a fin de época supo en justicia corresponder. Anunció su propia ejecución, por supuesto a manos de él mismo. Nadie mejor. Y lo hizo.

No obstante, rompió con la ortodoxia. Tuvo el inevitable impulso de mirar a la concurrencia, la navaja ya en vuelo. Y entonces la muerte vino antes, de muchas miradas sin brillo, ya secas.

Fernando Antonio Aguilar M.
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 170

Relevo

La casa tenía una sola ventana, una sola, y un pequeño jardín. Sobre el muro del fondo subía una escalera de caracol por donde bajaban, casi voces, casi pasos, inciertos rumores. Una reja los separaba del mundo.

De noche, la ventana única permanecía iluminada como una luna distante, como una posibilidad. De día, siempre cerrada, dejaba ver sin embargo la silueta de aquella mujer a través del cristal. La llamábamos la madre, o la hija, o la abuela; no sabíamos quién era. Desde niños jugábamos a espiarla. Crecimos. Ella seguía allí.

Mi curiosidad trepó esta tarde a la ventana, deseosa de abrirla con los ojos. Sentí que me miraban, cuando empezó a llover. Poco a poco se fueron mis amigos y me quedé solo con la lluvia. Entonces decidí tocar a la puerta por primera vez en veinte años. Desde la ventana, la mujer preguntó:

—¿Qué desea?

—Entrar. Soy su vecino. Olvidé mi llave y esta lloviendo.

La mujer apareció en la escalera.

—Pase lo estaba esperando.

Crucé el jardincillo, subí en espiral y al entrar vi la ventana. Me acerqué despacio, muy despacio. Afuera, bajo la lluvia, ella y mis amigos juegan a espiarme.

Martha Cerda de Ruiz
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 167

Caballero desarmado

Yo no podía quitarme semejantes ideas de la cabeza. Pero un día mi amigo el arcángel, al doblar una esquina y sin darme tiempo siquiera de saludarlo, me cogió por los cuernos y levantándome del suelo con sinceridad de atleta, me hizo dar en el aire una vuelta de carnero. Las astas se rompieron al ras de la frente (Tour de force magnifique), y yo caí de bruces, cegado por la doble hemorragia. Antes de perder el conocimiento esbocé un gesto de gratitud hacia el amigo que se escapaba corriendo, gritándome excusas.

El proceso de cicatrización fue lento y doloroso, aunque yo traté de acelerarlo lavándome a diario las heridas con un poco de sosa cáustica disuelta en aguas de Leteo.

Juan José Arreola
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 165

El asaltante

Cuando la cajera vio la pistola no pareció sorprenderse mucho. Metió la mano debajo del mostrador y sacó una de esas bolsas de lona, bien llena y cerrada con un cordoncito. La puso delante de mí. La bolsa tenía un letrero que decía “$25,000.00 en billetes chicos”.

Creo que no me ha entendido, —le dije—. Esto es un asalto y la pistola que ve aquí está cargada.

Lo entiendo perfectamente, —respondió en tono profesional—, pero es todo lo que podemos darle. Si quiere más puede ir al Banco de Comercio, que está a media cuadra de aquí. Mientras tanto tenga la bondad de dejarle su lugar al próximo cliente. Esta usted deteniendo la cola.

Manuel R. Campos Castro.
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 164

Que el mar vista tu cuerpo

No te descubras, me gusta ver como formas olas de cobijas; oye como golpea nuestros cuerpos el oleaje de este mar inmenso que es la cama; aquí donde me ahogas con tu cuerpo, donde podemos sumergirnos para hacer más grande el mar y excitar a las olas con nuestro movimiento, ven, vamos a hundirnos, vamos al centro del mar, allí donde pequeños peces equivocados muerden nuestras piernas como diría Jaime, Jaime Sabines naturalmente, sumérgete de prisa, deja que el mar vista tu cuerpo, tengo amor, estoy lleno de ti, y quiero perderme en este mar enfurecido.

Alejandro Macías
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 159

Pesadilla

La materia viscosa me envolvía. Escuchaba mi respiración difícil como desde lejos. Olor y clamor de muchedumbre hacían más espeso el aire.

Súbitamente, una sombra intensificó la tarde sobre mi cabeza. Más por reflejo que por curiosidad me volví y miré: el minotauro blandía en alto un hacha gigantesca cuyo brillo  se sumaba al de los ojos de la bestia de cabeza negra. El universo cayó, libre, con el filo en mi dirección. Quise fundir mis párpados unos con otros.

Tuve la fatal certeza, pero logré despertar. Me sorprendí brevemente cuando noté que al terror le había faltado tiempo para llegar, mientras, en medio de un grito multitudinario, mi cabeza sangrante cayó dentro de un cesto.

Cuauhtémoc Arista Jiménez
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 155

El ibis

El ibis dormido es funámbulo sedentario, palafito, sueño clavado en un alfiler; el estallido de alas, cuello, ojos y ambiciones carroñeras siempre es inminente. Es un ser creado por deseos portentosos. Pieza de coleccionista, más antiguo que las ruinas donde posa el almohadón en que consiste, permanecerá inmutable más que la piedra susceptible al modelado —por decirlo así— de aire, agua, albañiles y ociosos. Flor de pluma, venerado y execrado, pájaro divino, entre tantas maravillas nada iguala la arquitectura del hueso metatarsiano de su pie ni la sociedad secreta que infaliblemente conspira en su rodilla. Sin ellos no sería ni asombro ni dios, lloraríamos su majestad como a la ciudad saqueada, y yo no habría escrito el discurso que aquí llega a su término.

Hugo Hiriart
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 154