Topo

Cava, cava. Se le va la vida en eso. Lleva años cavando ese mismo lugar. Hace su hoyo más y más grande cada vez. No conoce la luz, mucho menos el mundo exterior. Lo único que lo alumbra es una lámpara de petróleo; él sabe que no es eterna, pero no le importa, sus ojos ya se acostumbraron a la oscuridad.

Cava, cava, tiene sus esperanzas puestas en su pala y su pico. Se detiene un momento a recordar la última vez que estuvo en la superficie. Fue cuando alguien le dijo.

—¡Vete al infierno!

Cava, cava. No dejará de cavar.

Francisco J. Sánchez Corral
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 33

Anuncios

Vidas paralelas

Se despertó como en un día normal. Dio sus quince vueltas acostumbradas entre las cobijas de la cama. Se metió a bañar, se vistió con su traje y salió.

Ella despertó, como en un día normal. Miró la hora en su reloj nuevo y se levantó. Se metió a bañar, se puso su mejor vestido y salió.

Llegó al café y compró un clavel rojo que utilizaría en la solapa del saco. Se acomodó en un lugar junto a la puerta para ver mejor.

Ella estaba atascada en un embotellamiento. Avanzaba muy lentamente y eso la desesperaba. Tocó la bocina, trató de calmarse escuchando el radio, pero el calor del medio día la sofocaba.

Tomó su cigarrera, la abrió y prendió su cigarro. Ya llevaba una hora y media esperando. Ya hasta había pedido de comer y se había tomado cuatro cafés americanos.

Salió del embotellamiento y se enfiló para el café. Iba a más de ciento diez en una calle muy angosta.

A las dos horas se desesperó, pagó la cuenta y salió. Se quitó el clavel de la solapa, lo miró pensando en mantenerlo como recuerdo, pero lo apretó en su puño y lo tiró en la entrada de café.

Bajó del coche, se le rasgó una media y se dio cuenta de que había dejado las llaves adentro. Con la ayuda de un gancho logró abrir su automóvil y sacar las llaves. Corrió al café.

Llegó a su casa, prendió el televisor y se quedó dormido en el sofá.
Ella entró al café pisando el clavel de la entrada. Buscó pero no había nadie con una flor en la solapa. Decepcionada salió y se fue a su casa.

Sonó el teléfono que lo despertó. Era ella que le pedía disculpas por la tardanza. Hicieron una nueva cita para el día siguiente.

Se despertó, como en un día normal. Dio sus quince vueltas acostumbradas entre las cobijas de la cama. Se metió a bañar, se vistió con su mejor traje y salió.

Ella se despertó, como en un día normal.

Francisco Javier Sánchez Corral
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 38