La verdad

Era una experiencia única.

Corrió hacia el espejo para mirarse otra vez. Pero el espejo permaneció despoblado.

Tuvo entonces la certeza absoluta de que de veras estaba muerto.

Ignacio Ibarra Mazari
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 682

Anuncios

Ignacio Ibarra Mazari

Ignacio Ibarra Marazi

En 1947, al crearse en la ciudad de México el Departamento de Teatro de la Dirección de Bellas Artes, fue nombrado como jefe del mismo el actor Alfredo Gómez de la Vega, quien invitó a Ibarra Mazari para que ocupara el cargo de subjefe. De este modo participó en el montaje de la obra de Rodolfo Usigli El Gesticulador, en la cual Alfredo Gómez de la Vega interpretó el papel del principal protagonista, esto es, César Rubio.

La puesta en escena de dicha obra propició un gran escándalo, dado que la misma exhibía con crudeza los entretelones del sistema político, lo cual condujo a que Gómez de la Vega e Ibarra Mazari tuvieran que renunciar a sus cargos. Así concluyó la fugaz participación del segundo en el teatro oficial. Desde luego tal incidente, lejos de apagarle su sed de impulsar el teatro moderno, por el contrario le llevó a buscar nuevos caminos. De este modo, de vuelta en Puebla, Ibarra Mazari se las ingenió para crear el Teatro de la Universidad de Puebla, contando con el apoyo del entonces rector Horacio Labastida Muñoz.

En 1948 se presenta —en el Cine Teatro Guerrero— por vez primera en la ciudad de Puebla una obra sin que hubiera apuntador y en la que los actores, muy en su papel, hablaban y se movían como en la vida real. La dirección, escenografía e iluminación de esta obra, Topacio, de Marcel Pagnol, estuvieron a cargo de Ignacio Ibarra Mazari.

Pronto se refrendó ese primer éxito con la puesta en escena de Cándida, de George Bernard Shaw, en la que intervinieron universitarios que pasaron a constituir el núcleo de una compañía que hizo historia en Puebla. Nos referimos a Ingrid Cederwal, Enrique Aguirre Carrasco, y Jorge Fernández de Castro.

Desafortunadamente el Teatro Universitario, como tal, desapareció con el cambio de rector, en 1951.

Ignacio Ibarra Mazari emprendió, entonces, la más importante aventura de su vida, gracias a la cual Puebla tuvo acceso, durante casi un año, al mejor teatro del mundo. Aquél decidió rentar, por cuenta propia, una casona en la calle 2 norte y, con permiso de los dueños, modificó la sala y el comedor del segundo piso para hacer un pequeño teatro, tal como los que estaban de moda en ese tiempo en la ciudad de México, que tenía sólo ocho butacas, pero con un foro dotado de todos los adelantos técnicos de la época.

Así nació el Teatro Estudio Odiseo, que se propuso representar lo más selecto del teatro europeo, estadounidense y mexicano, para dar a conocer las escuelas de vanguardia con las obras selectas de Jean Paul Sartre, Eugene O’Neill, Bertol Brecht, William Saroyan, Anton Chejov, Patrick Hamilton, Rodolfo Usigli, Xavier Villaurrutia, Juan José Arreola, Emilio Carballido y Humberto Robles. La compañía de Ibarra Mazari creció notablemente, logrando formar actores que estaban a la altura de los más famosos profesionales. Entre los actores y actrices que formó —todos ellos universitarios poblanos— tenemos a Alejandra Mora, Yerye Beirute, Camile Eisering, Alejandro Soto Rojas, José Soto Rojas, Clavel del Carmen Recek Saade, Ivonne Recek Saade, Ángeles Pedraza, y otros más que sería muy largo enumerar.

Las obras de mayor éxito presentadas en el Teatro Estudio Odiseo fueron: La Hermosa Gente, de Saroyan; Luz de Gas, de Hamilton, y A Puerta Cerrada, de Sartre.

No obstante el éxito artístico de tal proyecto teatral, Ignacio Ibarra Mazari se vio obligado a concluirlo debido a que los gastos eran muy superiores a los ingresos.

Afortunadamente el rector Gonzalo Bautista O’Farril logró, en 1953, convencer al Consejo Universitario de que aprobara su propuesta de creación del Teatro Universitario, bajo la dirección de Ignacio Ibarra Mazari quien, por fin, logró cristalizar su sueño dorado de contar con una compañía estable, y sin apremios económicos. Ese proyecto logró permanecer durante 20 años. Fue así como se abrieron a los poblanos las puertas del teatro universal.

Uno a uno se sucedieron los éxitos del Teatro Universitario: El Oso, de Chejov ; Antígona, de Jean Anohuil; Un Fénix Demasiado Frecuente, de Cristopher Fry; Los Días Felices, de Samuel Beckett; Auto de Fé, de Tennesse Williams; La Hora de Todos, de Juan José Arreola, con la que el Teatro Universitario obtuvo todos los premios: mejor grupo, mejor dirección, las mejores dos actuaciones femeninas, en el Festival organizado por el Instituto Nacional de Bellas Artes en la Ciudad de México. Por cierto, los premios en efectivo que recibieron el director y los actores fueron donados a la Universidad, para que se concluyeran las obras del teatro.

Por desgracia, después de dos décadas de entrega plena a sus actividades, Ibarra Mazari fue víctima de las turbulencias ideológicas y políticas que cimbraron a la Universidad Autónoma de Puebla en la década de los setenta, viéndose orillado a dejar su cargo en el Teatro Universitario.

Pocos años después, en 1976, falleció. Sin embargo, queda viva su obra, que nuevamente empieza a recobrar el impulso que le dio su fundador.

Para la Universidad Autónoma de Puebla, lo mismo que para la ciudad y para nuestro estado, la obra de Ignacio Ibarra Mazari representa un esfuerzo único, imposible de igualar.

Unos años después de su muerte, el Gobierno del Estado reconoció los méritos de tan ilustre poblano, otorgándole el Congreso local la más alta distinción que se confiere a nuestros conciudadanos: la medalla Ignacio Zaragoza.

Es importante recordar que, al margen de su labor como director y actor de teatro, Ignacio Ibarra Mazari fue también un notable escritor cuya obra, casi inédita, requiere ser recuperada y difundida. Publicó tres obras dramáticas, El Busto, Diferentes, La última Tarde, y un libro de prosa poética, El Barandal y los Gatos.

Nuestra máxima casa de estudios, la BUAP, ha reconocido también las aportaciones de Ibarra Mazari al Teatro Universitario, el cual, otra vez ya en funciones, lleva su nombre[1].

La mentira

—¿Verdad mamá que las brujas no existen?

—¡Por supuesto que no!

Arropó a su hijo cuidadosamente, le acarició la frente y esperó un instante junto a la camita. Cuando vio al niño dormido, se quitó las piernas, las guardó en un cajón de la cómoda y salió volando por la ventana.

Ignacio Ibarra Mazari
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 667