Sucedió en el parque

El vagabundo, cansado de la vida, decidió suicidarse en el viejo parque infantil colgándose de un árbol de almendro.

Al otro día los niños lo confundieron con un columpio y se mecieron en él hasta que el cadáver comenzó a descomponerse.

Todavía puede verse el esqueleto blanco del vagabundo pender de las ramas del árbol. Algunos paseantes creen que se trata de una novedosa manera de vender jabones.

Luis Arturo Ramos
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 448

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Fragmentos de un rompecabezas

Aquel hombre, al terminar de armar el rompecabezas, vio con asombro que en su superficie se reflejaba su cara: había inventado los espejos.

O bien de esta manera:

Aquel hombre, al terminar de armar el rompecabezas, vio con alegría que el cuerpo destrozado de su amigo, volvía a tomar forma por obra y gracia de sus manos.

También podría quedar así:

Aquel hombre armó un rompecabezas en blanco, dibujó su cara sobre la placa y luego la desbarató. Nunca jamás pudo volver a encontrarla. Murió en el anonimato.

Luis Arturo Ramos
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 441

Formas de supresión

(Objeto activo).— El fotógrafo preparó la cámara, enfocó su objetivo y oprimió el obturador: La pareja de fotografiados desapareció para ir a plasmarse al plástico oscuro de la película.

(Objeto pasivo).— La pareja (hombre y mujer tomados de la mano) sintió un frío helado invadir sus huesos; luego una sensación de vacío se fue apoderando de ellos. Comenzaban a desintegrarse. La última imagen que vieron, fue la del agujero de la cámara perdiéndose poco a poco en la lejanía.

(Corolario).— Esta es sólo una de las formas que se utilizan en el país para ejecutar a los criminales, se evitan gastos superfluos y se suprime el feo espectáculo de gentes agonizando.

Luis Arturo Ramos
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 392

Acupuntura

Me lo preguntó cuando todavía podía hablar bien:

Es una especie de anestesia que se aplica insertando agujas, alfileres o cualquier otro objeto delgado y punzante, en las partes, por así decirlo, estrategias del cuerpo humano. La persona que se sujeta a esta aplicación, va sintiendo paulatinamente cómo su cuerpo se entumece, cómo sus músculos se vuelven rígidos como mordidos por una hilera de dientes helados. Es una especie de “rigor mortis”, aunque el paciente se encuentra vivo todavía. Probablemente siente su cuerpo ajeno, como si sus pensamientos fueran engendrados en otra parte fuera de propia carne, y mira su cuerpo en el espejo como alguien que ve el retrato de un mártir en un altar. Sabe que es el suyo, pero también sabe que ya no le pertenece, y mientras siente el frío invadir sus órganos vitales, tan sólo observa en el espejo un objeto totalmente parecido, como tú, a un erizo marino.

Luis Arturo Ramos
No. 58, Abril-Mayo 1973
Tomo IX – Año X
Pág. 689

El castillo

El castillo se erigía en la cima de una colina, un anillo de agua putrefacta rodeaba su estructura y emanaba consabidos malos olores. En lo alto de las atalayas ondeaban banderas ostentando escudos heráldicos; tras las murallas, el paso de la guardia nocturna cloqueaba sordamente. No es un cuadro muy aterrador, pero si se tiene en cuenta que todo esto sucede dentro de una fotografía, no puede uno más que mirar otra vez y elogiar sin medida la habilidad del fotógrafo.

Luis Arturo Ramos
No. 58, Abril-Mayo 1973
Tomo IX – Año X
Pág. 675

Cenicienta

Sonaron las doce campanadas y el príncipe escapó por la ventana. Cenicienta se acercó al espejo y vio cómo su cutis perdía su tersura y daba paso a los primeros vellos; cómo su pecho volvía a quedar liso y sus caderas tornaban a su forma original. Antes de dormirse, bendijo muchas veces a su hada madrina.

Luis Arturo Ramos
No. 58, Abril-Mayo 1973
Tomo IX – Año X
Pág. 666

Las trampas

Sonaron las doce campanadas y el príncipe escapó por la ventana. Cenicienta se acercó al espejo y vio cómo su cutis perdía su tersura y daba paso a los primeros pelos; cómo su pecho volvía a quedar liso y sus caderas tornaban a su forma original. Antes de dormirse, bendijo muchas veces a su hada madrina.

Luis Arturo Ramos
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 434

Disolución social

Antiguamente las cámaras fotográficas se revistieron de una particularidad especialísima que las llevó a la proscripción. Estos aparatos realizaban una síntesis exhaustiva de todos los conjuntos que se sometieron al juicio de la lente: todo aquello que resultara innecesario, feo, o no aportara nada a la composición, era borrado de la fotografía. El problema surgió cuando el inventor tomó una instantánea del gabinete presidencial: en la exposición sólo aparecieron 32 plumas fuente, una banda tricolor y un preservativo aún utilizable. También se inventó el delito que da título a este humilde breviario cultural.

Luis Arturo Ramos
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 632

El poeta

Era un hombre que se volvía poeta en los plenilunios. Le crecía el cabello. Los ojos se le colmaban de brillos. Una palidez marfilínea le asaltaba en la cara. Estaba sujeto a los caprichos lunares como las corrientes oceánicas. También como los licántropos. Acostumbraba escribir sus versos en las arenas de las playas para que después las mareas se encargaran de borrarlo todo. Un día no pudo ver la luna llena por las nubes que cubrían el cielo. Tampoco los ojos se le llenaron de brillos. Murió de pena con los versos atorados en la garganta. Compadecido Dios le concedió la cabellera. Quedó flotando sobre el mar. Confundida con las algas.

Luis Arturo Ramos
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 657

Bulp

Experto geógrafo, miraba con una lupa poderosísima los círculos negros que marcan en los mapas las ciudades importantes. Llevado de una insana curiosidad, orienté el lente hacia la circunferencia que situaba en el plano a mi propia ciudad. Hubiera querido decir que, en su interior, me vi a mí mismo observando con fruición un mapa; pero no sucedió así. Decepcionado, aparté la vista del lugar para sentir, justo encima de mí, un enorme ojo que me estudiaba. Concienzudo lector de revistas especializadas, no me amilané; sabía lo que estaba sucediendo. Sin inmutarme, puncé con una varilla la abultada pupila que me escudriñaba para que, como lo había previsto, fuera mi propio ojo izquierdo el que se vaciara con un molesto y silbante silbido. Por último preferí dejarlo todo como estaba para no continuar con ese molesto juego de reacciones disparatadas que prometía nunca acabar.

Una mañana descubrí que una brillante película negra cubría por completo el mapa; atribuí el fenómeno al coqueto parche de terciopelo oscuro que, desde el día del accidente, oculta mi cavernosa cuenca izquierda.

Luis Arturo Ramos
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 636

Luis Arturo Ramos

Luis Arturo ramos

Luis Arturo Ramos

Narrador y ensayista mexicano. Nació en Minatitlán, Estado de Veracruz. Estudió letras españolas en la Universidad Veracruzana. Ha sido maestro en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Actualmente en la Universidad de Texas en El Paso dicta cursos como crónica, cuento chicano y formas y técnicas de ficción, entre otros. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores y ha sido galardonado con varios premios literarios: Premio Nacional de Narrativa, Premio Latinoamericano de Narrativa, Premio Nacional de Ensayo y finalista del Premio Mortiz‑Planeta. Ha publicado siete  novelas: Ricochet o los derechos de autor, 2007; Los argentinos no existen, 2005; La mujer que quiso ser Dios, 2000; La casa del ahorcado, 1993; Este era un gato, 1988; Intramuros, 1983 y Violeta‑Perú, 1979. Cuatro libros de cuentos: La señora de la fuente, 1996; Domingo junto al paisaje, 1987; Los viejos asesinos, 1981 y Del tiempo y otros lugares, 1979. Cinco libros para niños: Blanca‑Pluma, 1993; Cuentiario, 1986; La noche que desapareció la luna, 1985; La voz de Coatl, 1983 y Zili el unicornio, 1980, y un libro de crónicas: Crónicas desde el país vecino. Vive en la ciudad de El Paso, pero escapa los días acalorados del verano a su estado natal de Veracruz[1].

La única mujer

Y yo, siempre deseoso de nuevas experiencias, entré en el prostíbulo donde ejercía la única mujer que se entregaba en forma completa y sin prejuicios. Con los primeros rayos del sol pude percatarme de su ausencia; ausencia no tan completa como para impedirme apreciar, por última vez, los minúsculos piececitos que desparecían por el orificio de mi sexo. Abandoné el lugar lamentando que la entrega hubiera sido tan literal. Ahora la siento palpitar dentro de mí como un pájaro asustado, o divertido.

Luis Arturo Ramos
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 629