Ariel Muniz

Ariel Muniz

Ariel Muniz

(Minas, 1942 – León, 2005)

 Es un escritor uruguayo que vivió la mayor parte de su vida en México (desde 1977). Se desempeñó también como periodista cultural, guionista de historietas, profesor de literatura y director de Ciencias de la Comunicación en universidades mexicanas. Fungió como jurado en diversas competencias literarias.

Publicó libros de cuentos y ensayo en varios países americanos y europeos. Tiene en su haber una novela, editada en México y Uruguay, Una temporada en el edén. Entre sus libros se cuentan títulos como Las malas noticias, El juego de las máscaras sonrientes, Cuentos cruentos y Cada día del tiempo. Su prosa es elaborada y meticulosa, rica en modismos de su natal Uruguay. Su estilo, ágil y su ritmo, casi jazzístico, lo hicieron merecedor de varios premios internacionales.

Su último trabajo fue el de profesor de narrativa y modelos literarios en la Universidad Iberoamericana de León, Guanajuato. Fue bajo el sello de esta institución que publicó su libro de cuentos Los ojos del niño.

Se encontraba trabajando en la publicación de una novela y una recopilación de cuentos al momento de su muerte, el 10 de noviembre de 2005. El segundo de esos volúmenes fue publicado de manera póstuma por el Instituto Cultural de León bajo el título: “La construcción y otros cuentos” (2006).

Fue esposo de la también escritora e historiadora Célica Cánovas y padre de dos hijos: el músico Gabriel Muniz y el maestro en tecnologías, Pablo Muniz[1].

Anuncios

En el museo chino

“Y por aquí —dijo con pulcritud en guía chino— hay algo más interesante. Puede formularse como problema. Miren. En dos caras del biombo figuran el cadáver y la geisha que sirvió su último té. Ningún desconocimiento, ningún desvarío, excusan ese acto pavoroso. Pero cualquiera pudo gotear cianuro en la taza de porcelana. Hay muchos intereses en juego; tenemos la viuda reciente, se sabe de otro hombre o galán, dicen que el finado padecía cáncer, etcétera. Si observan las colaterales sedas pintadas, verán enroscados dragones, que equilibrados entre sí dan múltiples líneas de fuerza y que tienen algo de malditos, de hipócritas. ¿Cómo aclarar este enigma? ¿Podrá escoger Sin-Kuang, cuya misión es llevar culpables a la impaciente Terraza del Espejo de los Malos, donde quien pecó afronte su reflejo y sufra? ¿Cuál es la máscara del crimen resumiendo, resumiendo acá todo el problema?” Hubo un silencio nervioso entre quienes formábamos el grupo turista. De pronto —no pude evitarlo, tan veloz fue— Yenia, nuestra hija de cinco años, corrió al panel más grande, deslumbrada por el bordado carmesí que adornaba el kimono azul de la geisha. Tocó, su diminuto índice, facciones delineadas sobre un rostro triste, cubierto en polvos de arroz, sin hablar. El guía chino pudo habernos recordado que lo expuesto era intocable. No lo hizo, prefirió sonreír agradecido, fue hacia la tela, puso nuestra niña a un lado. Aferró por el cuello a la mujer, volteó dedicándonos una ceremoniosa reverencia y poco a poco se perdió, sin soltar su presa, tras el haz de bambúes inclementes metido entre las nieblas sin fin.

Ariel Muniz
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 101