El cafetómano

Cuando se sentía deprimido —que era casi todos los días— se metía al café, a ese ambiente nebuloso, calidoscópico, coloidal, irrespirable, donde cada segundo es una gota de plomo derretido en un ojo.

Y se ponía a oír como las palabras se arrastran confundiéndose en el polvo del tiempo, incoherentes, cacofónicas.

De vez en vez, pedía una taza de café —americano, por favor—, casi inmóvil, porque su imaginación cayó abatida, en su intento de evasión, por las prosaicas imágenes que con la asociación de los sonidos, los olores y las escenas grotescas de los rostros gesticulantes, al llegar en explosiones a su cerebro le paralizan el mecanismo.

Se llena y se vacía el local varias veces y él igual.

Hasta que le metálico ruido de las cortinas, que indican el cierre, lo empujan a la calle —como no queriendo—, liquida su cuenta, se mueve lentamente, con la sensación de que no sabe que hará al salir, si matarse o acostarse con la primer mujer que encuentre.

Teresa Osorio
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 681

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