El viaje

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Cuando Laura echó marcha atrás en su memoria encontró muchos detalles que eran clara evidencia de la situación de Julio.

Aquella llamada misteriosa de una amiga que le prevenía de la enfermedad que él padecía, aquellas extrañas reacciones de su prometido en determinadas circunstancias, no pudieron hacerle pensar que había algo especial en su comportamiento.

Ella siguió adelante hasta ver realizado su deseo. El viaje de bodas había sido cuidadosamente planeado: lugares interesantes, visitas a museos, iglesias, conventos; sitios siempre viejos llenos de historia y de misterio.

La devoción de Julio por aquellos lugares parecía extraordinaria; hablaba todo el día del arte clásico nunca más superado. Las contínuas visitas a diversas iglesias y monasterios impregnaba el ambiente de un sutil pero ineludible misticismo en el que Julio parecía estar inmerso.

Pasaba largos ratos meditando sobre la naturaleza de las cosas; el bien, el mal, las debilidades humanas lo preocupaban demasiado.

Tal parece que hubiera querido encontrar de un solo golpe la respuesta a todas las interrogantes y cuestiones que desde siempre lo inquietaron.

Sus inquietudes y reacciones antes las situaciones cotidianas eran inexplicables. Sus temores se agudizaban y las medidas de precaución eran extremas: la vida representaba un gran peligro.

Pasadas tres semanas de viaje el aspecto de Julio se había transformado. El rostro demacrado revelaba su existencia atormentada.

Habían iniciado un viaje juntos del que Julio nunca más regresó.

Judith Maldonado
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 136

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