¿Amor?

Cierta tarde, cuando el sol habíase ocultado ya, y la bóveda del cielo con mil y un luceros se adornaba, lo siguiente a mis oídos llegó…:

—¿No es verdad que es lindo el amor, ma´?

—Mi querida niña, ¿cómo puedes a tu corta edad saber cosas del amor?

—¡Oh sí!, es tan rico…, simplemente, al sentarme en tu regazo siento yo amor.

—El amor es incertidumbre.

—El amor es amar al prójimo, ¿no?

—El amor es sufrir y morir al unísono.

—El amor esta hasta en esa florecita que ni tú has visto, ¿verdad?, mira, esa chiquitita.

—El amor es despiadado y cruel, es darte para salir perdiendo, es desconcierto y temor…

—¡Ah!… y yo que creía que tú eras amor…

Martha García Torres Arrioja
No. 43, Junio 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 556

El pequeño pianista

La maestra había ejecutado al piano aquella hermosa melodía, una, diez, cien, mil veces.

El chiquillo la escuchó pacientemente, una, diez, cien, mil veces.
La sabía de memoria a ojos cerrados y sólo podía entonarla o silbarla. Pero del piano jamás pudo arrancarla.

Desesperada la maestra, había increpado una, diez, cien, mil veces al niño.

Éste, había prometido temeroso, una, diez, cien, mil veces ejecutarla. Esfuerzo vano. Quimérico.

El padre había preguntado sobre el adelanto del pequeño, una, diez, cien, mil veces.

Y la maestra había dado una, diez, cien, mil respuestas iguales.
Exasperada por fin, estalló un día:

—“Señor —al padre que quería que su pequeño fuese un gran pianista— es inútil, el niño no aprenderá a tocar, mientras usted se obstine en no adquirir para él los brazos que le faltan.

Emeterio Méndez Jr.
No. 43, Junio 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 554

Estadística

—¿Novedades, enfermera?

—Tres niños murieron hoy, doctor.

—¿Causa?

—De hambre, dice el informe.

—¿De hambre, dice?

—Si, doctor. ¿Quiere hacer un comentario, doctor?

—Y por qué, muchacha. Las estadísticas han fijado que diariamente mueren tres niños de hambre.

—Pero…

—No hay problemas, muchacha. ¿Por qué alarmarse? Las estadísticas, sencillamente se están cumpliendo.

Francisco Zúñiga Díaz
No. 43, Junio 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 551

La espera

El aguacero se desgajó como la ramazón de un guanacaste recio. En el camino quedaron dos manchas: Pedro José y el caballo. Dos charcos de sangre regados por el rayo, que el agua, cayendo en estrellas, dispersó en el monte.

María Luisa había puesto condiciones: esperaría hasta las tres. Si no, se iría con Juan Manuel.

Era mucho: Pedro José se comprometía y no llegaba. La borrachera lo retenía siempre.

De lejos se vino el eco del campanario: tres perdigones tirados por honda a la distancia.

Y María Luisa se fue.

Francisco Zúñiga Díaz
No. 43, Junio 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 547

Infinitud

Doctor, anoche soñé que estaba con mi analista y le contaba un sueño en el que yo le decía a usted que había soñado con mi analista…, pero lo que más me angustia es que cuando despierte, tendré que contarle a mi analista que soñé con usted.

Felipe de la Lama
No. 43, Junio 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 541

Espiral

¡Y desde ayer me ando riendo solo! ¿Yo cómo iba a saberlo? Me puso el paquete en las manos; y antes que yo pudiera decir nada se bajó del camión. Yo no sabía ni qué pensar, me dije: “¿Y qué tal si es una contrabandista?”. Volteaba para todos lados temiendo que alguien me pescara del hombro con el consabido: “¡Jálele!”. Pero nadie se me acercó. Unas cuadras después, y habiéndole dado muchas vueltas al asunto decidí dejar el paquetito, “olvidándolo” en el asiento y me bajé corriendo.

—Bueno, mañana me terminas de contar, mano. Yo bajo en esta… ¡Toma…!
Y sin dar tiempo siquiera, se baja de un brinco dejándome otra vez ensartado con el cabrón paquetito…

Guillermo Sierra Espinosa
No. 43, Junio 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 521

Robots orientales


Junto a las paredes de la sala había una fila de estatuas vestidas como personas y que movían los brazos y las piernas de un modo asombroso, y en su interior tenían un mecanismo que les hacía cantar y bailar como verdaderos hijos de Adán.

Anónimo (En Las mil y una noches)
No. 43, Junio 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 519

Los costumbristas

En el closet donde guardaban los impermeables, el paraguas y la aspiradora, tenían una hermosa colección de máscaras, no muchas y de poca variedad pero de indiscutible buen gusto. Eran las máscaras de la felicidad.

Y cada día, al salir él para su trabajo y ella a hacer las compras o visitar a sus amigas, abrían las puertas del closet, tomaban al azar una de las máscaras y se la colocaban sin titubeos sobre la desnudez de sus rostros. Así protegidos salían a enfrentarse con la vida diaria. Cada noche, al recogerse en la intimidad de su hogar, poco antes o poco después de lavarse los dientes, se despojaban de sus respectivas máscaras y las guardaban nuevamente en el closet.

Pero sucedió lo que tenía que suceder: una noche ambos se olvidaron de quitarse las máscaras. Durmieron y se bañaron con ellas puestas e inclusive él se rasuró así. Hasta los dos o tres días cayeron en cuenta de su olvido. Pensaron despojarse de sus máscaras esa noche pero se les volvió a pasar. A la semana notaron que el material de las máscaras se había desgastado en las comisuras de la boca y alrededor de los ojos, como que se estaba diluyendo y mezclando con su propia piel, es decir, se estaba incorporando suave e irremediablemente a sus rostros.

A fines de ese mes empezaron las primeras lluvias y al sacar los impermeables y el paraguas encontraron que el resto de su hermosa colección de máscaras se había convertido en un montoncito de fino polvo rojizo. Usaron la aspiradora para desaparecerlo y se fueron de vacaciones a Acapulco.

El sol, el aire de mar, y las develadas terminaron el proceso de integración. Ahora se están despellejando pero todavía se ven felices, inclusive cuando están leyendo los dos solos el periódico.

Ana F. Aguilar
No. 43, Junio 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 512

Había una vez

Un apuesto joven llama a la puerta y le pide que se calce la más hermosa de las zapatillas. En cuanto observa que ésta se ajusta al pie perfectamente, la toma del brazo al mismo tiempo que le dice:
—Queda usted arrestada, esta zapatilla fue hallada en la escena del crimen.

Javier Quiroga
No. 43, Junio 1970 G.
Tomo VII – Año VII
Pág. 507

Oficios honrados


Y en honor a la verdad, he practicado todos los menesteres dignos de ser practicados por un hombre honrado: vendedor de presagios y tempestades en día de calma, constructor de puentes colgantes para llegar al cielo, empresario de pompas fúnebres, traficante de honras y predicador de teogonías falaces, evocador de almas sumidas en pecado eterno, traficante de cadáveres, santón ilusionista, violador de tumbas con fines rituales, propagandista de la inutilidad de la fe, mercader de absoluciones a bajo costo, consignatario de terrenos en el paraíso, domador de mujeres enloquecidas, historiador de religiones pesimistas, contrabandista de la anticultura, monje predicador de la inmoralidad, actor en comedias obscenas, escritor de lugares comunes, catedrático del Perogrullo, advocador del anticristo, corrector de verdades bíblicas, equilibrista de la inconciencia, abogado defensor de ángeles criminales, parlamentario de mitologías preferidas, novelista plagiario, poeta de ruindades espirituales y ensayista de las mayores estupideces en cuarenta siglos de civilización humana; en fin, toda una suerte de actividades que no han dejado más que penurias…

Fernando Escopinichi
No. 43, Junio 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 495

El entierro

Dos señores hacen un trato amistoso después de escribirse numerosas cartas, de pedirse consejos; después de acudir a centros religiosos importantes en busca de inspiraciones oportunas. Vuelven a intercambiar palmadas en la espalda, cuando llegan a estar de acuerdo en la necesidad de unas cervezas antes de tomar la decisión de quién haría cuál parte en qué momento; por último, aumentan una cláusula que a los dos deja satisfechos y parten hacia la funeraria más cercana llevando las medidas del flaco y bajo de estatura, por ser el más económico.

Cavada la fosa, puesta la caja en lo profundo, el señor de medidas reducidas se introduce, agradece, y recibe un rayo mortal en el centro de la frente. Cerrada la tapa, es arrojada la tierra por el otro, quien permanece boca-abajo encima de la fosa, muriendo mucho después por la falta de alimento, queriendo ser dos o tres flores silvestres y perpetuas para un amigo, a pesar de no estar ese detalle en el trato del entierro.

Emmanuel Robles
No. 43, Junio 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 490

Nubes

Atrapadas en botellas pequeñas, separadas por densidades, por colores y fragancias, observa de tiempo en tiempo, después de los siglos en que vayas reviviendo; abre cada botella, fijando como separación conveniente el doble de lo que se acostumbra, levantando los corchos con exageradas precauciones, teniendo las dos manos listas, dispuestas a conservar los vapores durante el mayor número de instantes largos.

Al pasar un periodo aceptable, ya en recuerdos borrados la última botella, los corchos reducidos a polvos y piedritas frágiles, recorres con la mirada las palmas abiertas, aceptando que nada llega a tenerse al cerrarlas y todo si se logra conservarlas siempre abiertas.

Emmanuel Robles
No. 43, Junio 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 490