El reloj

Esa mañana, desde que se levantó de la cama —o quizá desde antes aún, cuando no encontró la pálida luminosidad que diariamente se filtraba a la recámara a través de las cortinas—, Juan notó la clara sensación de que ese día no sería igual a todos los de su monótona existencia. No era, por supuesto, una sensación definible; era sólo la vaga impresión de que algo —imposible saber si bueno o malo— habría de trastocar su infalible rutina, celosamente construida y cultivada a través de los años.

—Debe ser el clima —se dijo, mientras consumía su frugal desayuno de todos los días de trabajo: café con leche y pan tostado con mantequilla. En efecto, los nubarrones que ahora podía atisbar por la estrecha ventana de su estancia, presagiaban el inminente inicio de la temporada de lluvias. Y, aunque no le había ocurrido antes, Juan sabía que los cambios en la presión atmosférica suelen ser resentidos por muchas personas sensibles.

Pese a sus autotranquilizadores razonamientos, el desasosiego no lo abandonó durante el aburrido trayecto a la oficina. Notaba menos gente en las calles, menos prisa en los transeúntes, menos congestionamiento en el tránsito matutino; por supuesto, las calles no estaban desiertas, pero había algo así como un ritmo más lento y una impresión como de no encajar en el ambiente.

Su desazón aumentó cuando, al bajarse del autobús, caminó la corta distancia para entrar al edificio; la escuela primaria de la esquina —que normalmente a esas horas estaba inmersa en el caos cotidiano constituido por la llegada de los niños— tenía sus enormes puertas cerradas. —Sería un día festivo que no recuerdo o los maestros habrán tenido alguna junta— pensó, tratando de tranquilizarse, pero era inútil: su inquietud se incrementaba más y más.

Cruzó las puertas del edificio, sintiendo las miradas de extrañeza de los porteros clavadas en su espalda mientras se dirigía hacia el reloj chocador. Estaba cada vez más nervioso. De pronto, cuando se disponía a tomar su tarjeta de asistencia, el corazón le dio un vuelco: el tarjetero estaba vacío. Entonces, al levantar lentamente la vista hacia el reloj, lo comprendió todo; la carátula marcaba las 9:14, casi una hora más de su hora de entrada…

Y mientras se retiraba abatido, avergonzado, derrotado derrotad en el único e ínfimo orgullo de su burocrática vida —la carencia de una sola falta en sus más de veinte años de servicio—, llevaba grabada la imagen irónica de un reloj chocador que con sus dos agujas casi horizontales parecía esbozar una burlona y magnífica sonrisa.

Luis Gutiérrez Negrín
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 144

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