El compromiso

Sentía yo un extraño vaivén y al mirar hacia abajo me encontraba muy cercano al pavimento, sucio, cuajado de toda clase de desperdicios. Junto a mí, dos zapatos negros caminaban cadenciosamente a ras de unos pantalones grises que abanicaban sus pasos siguiendo el movimiento. Particularmente me era desagradable quedar entre las ruedas de los automóviles al cruzar las calles, y más aún mi vecindad con los perros que me rozaban con sus cuerpos pestilentes y me veían de tú a tú. Pero lo peor fue que uno de ellos, golosamente, pasó su lengua acuosa por mi cuello. Atrás de mí, oía el gotear serpenteante de un líquido espeso.

Los zapatos negros subían ahora una pequeña escalinata de piedra; después siguieron un largo pasillo por donde iban y venían muchos pares de zapatos blancos, que al adherirse con rapidez sobre las interminables carpetas de hule, unían los chasquidos de sus pasos a las voces de altoparlantes monótonos que llamaban sin cesar a no sé quiénes.

Después se cerró la puerta por la cual habían penetrado los zapatos negros y el pantalón gris. Pero yo no podía comprender mi situación. Quería recordar su causa para ubicarme, hasta que levanté la vista y me enteré de que una de mis manos me llevaba asido por el pelo.

Entonces recordé que había aceptado aquel compromiso.

Por eso llevaba yo mi propia cabeza cortada a entregarla como donador para un trasplante.

José Barrales V.
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 338

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Sin decir adiós

Al salir de la casa, molesto por su terquedad, lo dejé pegado en el techo con los pies y las manos colgando. Era insoportable.

Cuando regresé, dispuesto a bajarlo al suelo, vi sólo un agujero allí donde había quedado. Era un agujero largo, un túnel que subía perforando los once pisos del edificio, a cuyo final se colaba un poco de luz y el color del cielo.

Deseché mi disgusto y reconocí su triunfo. Pero de todos modos, ese fue su mayor exceso desde que había logrado levitar.

José Barrales V.
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 294

Sueño tranquilo

Se lo dije a mi secretario, pero sonrió con sarcasmo y entró a su habitación.

No tenía alternativa, porque era muy tarde para continuar velando. Tomé un cuchillo filoso y el perol más grande que encontré; le corté el cuello a mi secretario y llené el recipiente con su sangre.

Luego volví y deposité mi cargamento en el interior de un viejo ropero vacío.

Al apagar la luz, los oí aletear e introducirse al mueble. Entonces lo cerré y me acosté a dormir, libre de aquella amenaza.

José Barrales V.
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 270

Praxis

Se desperdicia mucha fuerza vital cuando dejamos a los sonámbulos realizar sus actividades sin perseguir una finalidad constructiva.
Por eso en la población de Sigmunda se estableció el Instituto Programador para alimentar de trabajadores nocturnos al Centro de Producción, el cual los aprovecha sin otro gasto que el de un hipnotizador que mantiene dormidos y activos a esos sonámbulos amaestrados.

José Barrales V.
No. 68, Enero-Marzo 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 174

La última de las mil y una noches

Cuando Scheherezada concluyó su postrer relato, inclinó la frente hasta la espesa alfombra y dijo: “Dueño de mí, ahora os ruego que me perdonéis la vida si os he entretenido durante todo ese tiempo”.

Schariar no respondió. Por eso, ella osó levantar la mirada, y frente a sí sólo vio un monigote vestido de Sultán, casi pulverizado por la polilla.

José Barrales V.
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 575

Melómanos

Llegó con la intención de escuchar, pero aquella melodía principió a hipnotizarlo hasta que se durmió profundamente.

Al despertar vio sobre sí una multitud espesa de notas que cabalgaban en enormes pentagramas impulsados por el estruendo de millones de aplausos.

Pero como la melodía no pudo contenerse, salió a la calle derrumbando puertas y ventanas y empezó a flotar por los aires hasta formar nubes que bajaban en tupida lluvia.

Un hombre observó que la multitud se apiñaba para cazar las notas que le envolvían, y tuvo una buena idea: trajo cientos de botellas y las llenó de aquella melodía.

Luego trató de venderlas, pero nadie las quiso porque todos yacían por el suelo bajo una montaña de notas, pentagramas, acordes y aplausos.

José Barrales V.
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 563

No molestar

Después de levantar varias grandes losas, había yo socavado el pavimento.

Ahora los instantes se alargaban y aquellas personas no se iban. Mi angustia era tan grande ya, que tenía clavadas las uñas en las palmas de las manos y sólo escuchaba palabras aisladas como “sicosis” y algo relativo a una camisa.

El murmullo se alejó con ellos y no perdí el tiempo. De un salto llegué a mi lecho de tierra, me acosté dentro de él y me cubrí con las losas.

Ya así, seguro del todo en mi refugio, nada me importa. Ojalá que no vuelvan y me dejen en paz.

José Barrales V.
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 507

Imprevisión

En San José de los Cogollos fue donde apareció la bruja. Sólo salía por las noches, pero los muchachos —aquellos mismos que habían hecho hablar a un gato—, descubrieron su escondite y cortaron el rabo de la escoba.

Esa noche la bruja, al querer volar de un tejado a otro, se fue de picada y cayó de cabeza con las patas al aire.

La gente ríe todavía al recordar que la bruja no llevaba calzones.

José Barrales V.
No. 63, Febrero-Marzo 1974
Tomo X – Año IX
Pág. 435

Expectación

Era noticia de primera plana que Josué hubiera logrado derribar las murallas de Jericó a son de trompeta. Sin embargo, pasó a segundo término cuando Elías fue plagiado por un platillo volador que se lo llevó como rehén para canjearlo por cinco seres ultra espaciales que habían sido capturados en Sidón.

José Barrales V.
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 303

Viaje electrónico

Desesperados al no poder reunirse, él la llamó por teléfono, se introdujo al auricular y desembarcó junto a ella.

Todos los días siguieron haciéndolo, hasta que él marcó un número suspendido y quedó sin salida, atrapado para siempre entre cables, líneas, frecuencias y zumbidos telefónicos.

José Barrales V.
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 682