Sueño de conciencia

Fueron las tres de la mañana cuando despertó con una angustia inmensa provocada por una pesadilla, tardó poco en incorporarse y sentado sobre la cama, se llevó las manos al rostro como queriendo borrar de su mente aquellas tormentosas imágenes; un cuarto blanco y él flotando al centro, moviendo las manos con desesperación como tratando de alcanzar el techo.

Volteando hacia abajo, un mar de sangre y una serie de escenas que lo aterraban, por la violencia con que se desarrollaban. Cada instante que pasaba, bajaba más y más, la sangre casi lo alcanzaba, las imágenes cobraban vida y su angustia era mayor.

En un instante se encontraba con los guerrilleros en aquella selva espesa, llevando un machete y ropa verde olivo, caminaba y caminaba tras un grupo de los que siempre consideró terroristas y malvivientes, pero el miedo de perderse y quedarse solo en aquel lugar, lo hacía instintivamente seguir a aquel grupo.

Llegaron a un claro y descansaron en la obscuridad, de sorpresa una serie de luces los alumbraban y comenzaron disparos de metralleta, sólo escuchó que uno del grupo le gritaba: ¡Compa, corre y sálvate, estos sardos nos van a matar! Al momento, sus piernas se movieron sin dirección y se alejaba del lugar.

Se encontró en una población desconocida, en una pequeña choza, los habitantes le ofrecieron agua y comida, él platicó lo acontecido en aquel lugar y nuevamente escuchó gritos de desesperación:¡Compañero, huya de aquí con nosotros, vayamos a la selva a refugiarnos!… Corriendo y volviendo la mirada atrás, veía, cómo con lanzallamas, los sardos quemaban a los niños y mujeres, sin piedad, sin miramientos de ninguna índole.

Ya en la selva nuevamente, caminaba y caminaba, al paso encontraba víboras y los mosquitos lo devoraban, su tensión era enorme.

Platicando con los habitantes de aquella choza, le contaban que la causa que perseguía era la mejor, que no importaban las vidas que se perdieran, con tal que desaparecieran aquellos opresores, aquellos asesinos. En el recorrido cayó en una zanja que se abrió a su paso y volvió a flotar ensangrentado en aquel cuarto blanco, se elevó vertiginosamente dando vueltas, hasta estrellarse con el techo y despertó.

Después de las tres de la mañana y al sacudirse la angustia, durmió profundamente.

En la mañana, se dirigió al trabajo con una actitud decidida y firme. Llegó a su oficina y …

¡Buenos días mi general, quiero presentar mi baja!

Jorge Arturo Castañeda
No. 116, Octubre – Diciembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 380

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