Inapelablaciones

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Los hombres que están siempre de vuelta en todas las cosas son los que no han ido nunca a ninguna parte. Porque ya es mucho ir; volver, ¡nadie ha vuelto!

Huid de escenarios, púlpitos, plataformas, y pedestales. Nunca perdáis contacto con el suelo: porque sólo así tendreís una idea aproximada de vuestra estatura.

Antonio Machado
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 590

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Prohibiciones

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Las prohibiciones que los fang designan con el término general de beki, afectan según los casos a las mujeres y a los hombres, a los iniciados y a los no iniciados, a los adolescentes y a los adultos, a los matrimonios que esperan o no un hijo. No se debe consumir el interior de los colmillos de elefante porque es una sustancia blanda y amarga; la trompa del elefante porque entonces se corre el riesgo de que se reblandezcan los miembros; los corderos y las cabras, por temor de que comuniquen su respiración jadeante; la ardilla les está prohibida a las embarazadas porque hace difíciles los partos; el ratón les está especialmente prohibido a las jóvenes, porque es descarado, roba la mandioca cuando la están lavando, y porque las jóvenes corrían el riesgo de ser, de igual manera, “robadas”; pero el tacón está prohibido también, en un plano más general, porque vive cerca de las habitaciones y se le considera como un miembro de la familia.

Claude Lévi-Strauss
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 580

Misterio

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PASADENA, California, 2 de mayo.

—En la Luna ocurren misteriosas desapariciones, revelaron hoy aquí técnicos espaciales norteamericanos.

Trozos de roca que la excavadora lunar “Surveyor 3” arrancó ayer, desaparecieron súbita y misteriosamente en dos ocasiones antes de ser fotografiadas, afirmaron los técnicos del “Jet Propulsion Laboratory”, en Pasadena.

Los especialistas son incapaces de explicar estas desapariciones que se produjeron en unos segundos.

Agencia France Presse
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 578

Las líneas de la mano

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De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por el piso de parqué, remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván, y por fin escapa de la habitación por el techo y desciende en una cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito pero con atención se la verá subir por la rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, entra en el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta el muelle mayor, y allí (pero es difícil verla, sólo las ratas la siguen para trepar a bordo) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las planchas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor, y en una cabina donde un hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hasta el codo, y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola.

Julio Cortázar
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 576

Superdotado

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Pero aún es más curiosa y significativa en este respecto la carta que se supone escrita por los veinte sabios cordobeses a D. Enrique de Villena. En tan estupendo documento se le atribuyen entre otras facultades maravillosas la de embermejecer el sol con la piedra heliotropina, adivinar lo porvenir por medio de la chelonites, hacerse invisible con ayuda de la hierba Andrómeda, hacer tronar y llover a su guisa con el baxilio de arambre, y congelar en forma esférica el aire, valiéndose para ello de la hierba yelopia.

 

Menéndez Pelayo
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 572

El libro de la muerte

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Aunque a Sbrenitz no se le había devuelto todavía el fusil, le era permitido, en cambio, unirse a estos hombres, y pronto ellos supieron cómo llegó a perder a sus padres. Hlaka alzó la vista y le preguntó el nombre del militar prusiano que había juzgado a su madre. Sbrenitz se enteró del nombre del oficial antes de abandonar la ciudad, mientras éste dormitaba en un sillón de la casa: era el mayor von Wald y así lo hizo saber a Hlaka. Éste ordenó al hombre que estaba próximo a él.

—Tráeme el libro.

Y el hombre se introdujo en uno de los huecos que quedaban entre las grietas de las rocas, apareciendo luego con un libro de cuero en la mano, en tanto que otro le alcanzaba a Hlaka tinta y pluma. El jefe tomó la segunda, hecha de la pluma de un águila, y la mojó en la tinta al mismo tiempo que explicaba a Srebnitz:

—Significa la muerte para quien tenga su nombre escrito en este libro.

Al terminar de escribir arrojó un poco de arena sobre el nombre anotado y entregó el libro a uno de sus hombres para que volviera a colocarlo en sitio seguro.

Lord Dunsany
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 557

Al reverso

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Cuando el hombre se despoja del cuerpo etéreo, vive retrospectivamente su vida. Recorre todas sus experiencias, pero de un modo nuevo.

Supongamos que un hombre muere a los setenta años, vive retrospectivamente hasta los cuarenta, cuando abofeteó a otro a la cara; siente el dolor que el otro sufrió. A los treinta, le ha sacado la mujer a un amigo; cuando llega a esta etapa, se siente engañado por esa mujer.

Rudolf Steiner
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 552

Presagio

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Los pescadores y cazadores de la laguna atraparon en su red a un ave oscura semejante a una grulla. La mostraron a Moctezuma en las Salas Negras (Casa de Estudio Mágico) de su palacio. A la mitad del día estaba el sol en su apogeo. El ave tenía en la cabeza una diadema en espiral y rejuego, como un espejo transparente y redondo. En él se veía el cielo y Moctezuma tuvo por mal presagio el ver ahí las estrellas y el Mastelejo. Por segunda vez Moctezuma vio la diadema y cabeza del pájaro: en lontananza aparecieron unos hombres que avanzaban de prisa, en escuadrones ordenados, como apercibidos para la guerra, peleando unos con otros. Los traían a cuestas unos como venados. Moctezuma mandó llamar a sus agoreros y adivinos tomados por sabios: —¿No sabéis lo que he visto? Unas como personas que están en pie y agitándose. — Pero los adivinos no lograron ver nada en el espejo. De improviso desapareció el ave, y los sabios no pudieron formular ningún juicio ni pronóstico.

Recopilado por Miguel León Portilla
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 550

Ángeles candentes

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Dios ha creado un ángel y le ha creado tantos dedos como es el número de los condenados al fuego; y no es atormentado cada uno de éstos, sino con un dedo de los dedos de aquel ángel. ¡Por Alá os digo que si este ángel pusiese uno de sus dedos sobre el firmamento, fundiríase por su calor!

Tawus Al-Yamani
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 560

Los tres arqueros

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Las tres flechas, salidas de distintas aljabas, dibujaron un triángulo en el pecho de la víctima. Los arqueros, ajenos entre sí, habían actuado sin connivencias. Al salir de los lugares donde separadamente se habían emboscado, advirtieron, coléricos, que no podían saber cuál flecha había consumado el crimen. ¿Quién era el autor de la muerte?

No lo sabían. No podrían saberlo.

El odio que los había impulsado era tan intenso que para averiguarlo, para saber quién tenía derecho a gozar de la venganza consumada, después de largas y agrias discusiones, vinieron en acuerdo de liarse en duelo, de invocar a los dioses para que sus manos infalibles señalaran en el superviviente al homicida. Tomaron sitio en campo abierto, sobre la grama. Volvieron a poner tensos los arcos, dispararon de nuevo sus flechas. Dos se derrumbaron muertos. Cuando a estos se les cayó el cuerpo al suelo, sus espíritus quedaron de pie, limpios de la envoltura corpórea y total y absolutamente limpios de la envoltura corpórea y total y absolutamente limpios, porque como está escrito en el Libro de la Llave: “Al morir cae la caparazón del cuerpo y el alma recobra su primitiva y esencial pureza”. Tuvieron entonces frente a sí el espíritu del primer muerto. Y como en el otro plano de la vida no existen odios ni rencores, caminaron los tres, unidos por un mismo rayo de luz, inocentes y jubilosos, cada uno rumbo a su respectivo cielo.

José María Méndez
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 548

El mono sabio

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El profesor Alfred Spigel, después de diez noches de desvelo, se derrumbó sobre una silla cercana a la jaula del mono y fue abatido por un sueño. Era la oportunidad que el simio había estado esperando. Alargó una de sus peludas manos a través de los barrotes y se apoderó del llavero del profesor. Quitó llave a la puerta de la jaula. El profesor soñaba que un pájaro gigantesco lo hacía volar sobre una selva de la era cuaternaria que no podía descifrar.

El mono abrió el estante donde el profesor guardaba los líquidos glandulares, mezcló varios dentro de un tubo de ensayo, trasvasó la mezcla a una probeta, hizo hervir el contenido y luego lo sometió a la radiación de los isótopos. Consultó durante cinco minutos el reloj de pulsera del profesor, y al cabo de ese tiempo, dio por terminado el experimento. Lo repitió en igual forma con otros líquidos glandulares y puso el líquido verdoso, que resultó del primero, en un vaso y en otro, el líquido rojizo, que resultó del segundo. Le abrió la boca al profesor y le hizo tragar el líquido color verde. Él se bebió el de color rojo. Luego introdujo al profesor en la jaula y se sentó, en busca de sueño, en la silla de aquel.

Al día siguiente nadie notó la superchería y todos siguieron creyendo que el profesor Spiegel era realmente el profesor Spiegel y que el mono seguía siendo el mono.

José María Méndez
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 547

Ajedrez

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Le apasionaba jugar al ajedrez y llevaba siempre consigo un pequeño tablero de bolsillo con sus respectivas piezas. En cuanto subió al tren, trabó conversación con el compañero de viaje que ocupaba el asiento situado frente al suyo y lo instó a jugar una partida. El invitado se negó.

—Conozco muy poco, casi nada, del juego ciencia —le respondió cortésmente.

Entonces él insistió con tanta porfía que logró convencer al renuente viajero. Se inició la partida, como su forzado contrincante jugara en forma inusitada, estrafalaria, perdió la serenidad, cayó en error y al cuarto movimiento dejó un caballo a merced de las piezas enemigas. Su adversario, tal vez distraído, iba a pasar por alto la jugada que le favorecía, pero él, caballerosamente, le llamó la atención:

—Cómase usted el caballo —le dijo, señalándole la pieza indefensa.

—¿El caballo? ¿Esa pieza es un caballo? ¿Quiere usted que yo me lo coma?.

—Sí. Es imperativo que se lo coma. No quiero ventaja. Cómaselo. Por favor, cómaselo.

—Si usted lo pide tan fervientemente… —dijo con voz sumisa.

Y tomo la pieza que se le señalaba y la engulló de un bocado. Al segundo se levantó presuroso, aprovechó el paso lento del tren, que se acercaba a una estación, saltó a tierra y se alejó en ligero trote, relinchando, por una vereda que de seguro conducía a un potrero cercano.

 

José María Méndez
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 546

Paraísos indúes

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Hay, dicen los libros sagrados de los Indios, muchas habitaciones en la mansión de los bienaventurados. El primer paraíso es el de Indra, donde son admitidas las almas virtuosas de cualquier casta o sexo; el segundo es el de Visnú, donde sólo pueden entrar sus adoradores; el tercero está reservado a los adoradores del Lingman, el cuarto es el paraíso de los Bramanes y sólo se abre para ellos. En todos, el premio es proporcionado a los méritos y sin embargo en todos son indecibles los placeres. Cuánto puede incitar los sentidos y satisfacer los deseos, cuanto puede concebir la imaginación de placeres sin mezcla de disgusto, de reposo sin fastidio, de felicidad sin fin, se encuentra reunido en el cielo para la bienaventuranza de los justos.

Dubois
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 537

De amor

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—Oh el amor ¿sabes?… el cuerpo, el amor, la muerte, esas tres cosas no hacen más que una. Pues el cuerpo es una enfermedad y la voluptuosidad, y es el que hace la muerte; sí, son carnales ambos, el amor y la muerte y ¡ese su terror y su enorme sortilegio! Pero la muerte, ¿comprendes? es, por una parte, una cosa de mala fama, impúdica, que hace enrojecer de vergüenza; y por otra parte es una potencia muy solemne y muy majestuosa mucho más alta que la vida riente que gana dinero y se llena la panza; mucho más venerable que el progreso que fanfarronea por los tiempos— porque es la historia, y la nobleza, y la piedad, y lo eterno, y lo sagrado, que hace que nos quitemos el sombrero y marchemos sobre la punta de los pies… De la misma manera, el cuerpo, también, y el amor del cuerpo son un asunto indecente y desagradable, y el cuerpo enrojece y palidece en la superficie por espanto y vergüenza de sí mismo. Pero también es una gran gloria adorable, imagen milagrosa de la vida orgánica, santa maravilla de la forma y de la belleza, y el amor por él, por el cuerpo humano, es también un interés extremadamente humanitario y una potencia más educadora que toda la pedagogía del mundo. ¡Oh, encantadora belleza orgánica que no se compone ni de pintura al óleo, ni de piedra, sino de materia viva y corruptible, llena el secreto febril de la vida y de la podredumbre!

Thomas Mann en La Linterna Mágica
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 535

Contra Spinoza

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“Que sea maldito de día y maldito de noche… Que Dios no pueda perdonarle jamás. Ordenamos que nadie tenga trato con él, ni de palabra ni de escrito, que nadie le dedique la menor muestra de amistad, ni se acerque a él ni se aloje bajo su mismo techo; que nadie lea una obra escrita o compuesta por él”.

Excomunión de 1656
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 521

Las Persas

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Los persas de habían separado de la Alianza de Astiages y de los medos a instigación de Kiros, cuando éste fue vencido en un encuentro. Como los persas huían hacia la ciudad y el enemigo no estaba lejos de entrar al mismo tiempo que ellos, las mujeres corrieron a su encuentro antes de que alcanzacen los bastiones; y levantándose la parte baja de sus vestidos les gritaron: “¿Adónde vais, cobardes, los más cobardes de los hombres? Huyendo, ni de entrar seríais capaces aquí en el seno de donde salisteis” Viéndolas y oyendo sus palabras, los persas, llenos de vergüenza y maldiciéndose a sí mismos, dieron media vuelta, cargaron sobre sus enemigos y los pusieron en fuga.

Plutarco
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 520

Lágrimas

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En sus Memorias, Alejandro Dumas dice que era un niño aburrido, aburrido hasta llorar. Cuando su madre lo encontraba así, llorando de aburrimiento, le decía:

—¿Por qué llora Dumas?

—Dumas llora, porque Dumas tiene lágrimas —contestaba el niño de seis años.

Gastón Bachelard
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 516

¿Humor negro?

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El cadáver de un predicador de la secta herética de los turlupins, que había muerto en París en la prisión antes de ser sentenciado, fue conservado catorce días en un tonel con cal, a fin de poder quemarlo junto con una hechicera viva.

J. Huizinga
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 513

Justo castigo

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Los demonios me contaron que hay un infierno para todos los sentimentales y los pedantes. Ahí los abandonan en un interminable palacio, más vacío que lleno, y sin ventanas. Los condenados lo recorren como si buscaran algo y, ya se sabe, al rato empiezan a decir que el mayor tormento consiste en no participar de la visión de Dios, que el dolor moral es más vivo que el físico, etcétera. Entonces los demonios los echan al mar de fuego, de donde nadie los sacará nunca.

Adolfo Bioy Casares
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 511

Flautas

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Se habla en él de un joven. Milomaki, que cantaba maravillosamente, que mucha gente acudía desde lejos para oírle. Llegado a la edad adulta, le quemaron en una hoguera. Y seguía cantando con sonidos magníficos al abrirse su cuerpo. De sus cenizas surgió la primera palmera paschiuba, de cuya madera se tallan grandes frutas, que reproducen las melodías maravillosas que en su día cantara Milomaki. A las mujeres y los niños no se les está permitido ver dichas flautas, que se tocan en las fiestas llamas de Yurupari, en las que se danza en honor de Milomaki, creador de todos los frutos.

Mito Yahuna del Brasil, recogido por Jensen
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 509

El regresivo

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Dios concedió a aquel ser una infinita gracia: permitir que el tiempo retrocediera en su cuerpo, en sus pensamientos y en sus acciones. A los setenta años, la edad en que debía morir, nació. Después de tener un carácter insoportable, pasó a una edad de sosiego que antecedía aquella. El Creador lo decidiría así, me imagino, para demostrar que la vida no sólo puede realizarse en forma progresiva, sino alterándola, naciendo en la muerte y pereciendo en lo que nosotros llamamos origen sin dejar de ser en suma la misma existencia. A los cuarenta años, el gozo de aquel ser no tuvo límites y se sintió en poder de todas sus facultades físicas y mentales. Las canas volviéndose oscuras y sus pasos se hicieron más seguros. Después de esa edad, la sonrisa de tal afortunado fue aclarándose a pesar de que se acercaba más a su inevitable desaparición, proceso que él parecía ignorar. Llegó a tener treinta años y se sintió apasionado, seguro de sí mismo y lleno de astucia. Luego veinte y se convirtió en un muchacho feroz e irresponsable. Transcurrieron otros cinco años y las lecturas y los juegos ocuparon sus horas mientras las golosinas lo tentaban desde los escaparates. Durante ese lapso lo llegaba a ruborizar más la inocente sonrisa de una colegiala, que una caída aparatosa en un parque público, un día domingo. De los diez a cinco, la vida se le hizo cada vez más rápida y ya era un niño a quien vencía el sueño.

Aunque ese ser hubiera pensado escribir esa historia, no hubiera podido: letras y símbolos se le fueron borrando de la mente. Si hubiera querido contarla, para que el mundo se enterara de tan extraña disposición de Nuestro Señor, las palabras hubieran acudido entonces a sus labios inocentes apenas en la forma de un ininteligible balbuceo.

Oscar Acosta
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 504

La búsqueda

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Adolfo Gannet, famoso médico inglés del siglo pasado, tuvo una revelación maravillosa en su clínica de Londres: un enfermo le comunicó que había averiguado, en un sueño azul, que la muerte era solamente una infinita galería de retratos.

—Quien encuentre el suyo entre los millones de rostros desaparecidos —agregó el confidente— podrá reencarnar.

Gannet murió en 1895, en Escocia. En su lecho final, el rostro le sonreía con el duce misterio de quien espera emprender una gratísima búsqueda.

Oscar Acosta
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 504