Pedro Juan Gutiérrez

Pedro Juan Gutiérrez

Pedro Juan Gutiérrez

Pedro Juan nació el 27 de enero de 1950. Hoy en día es un experto en helados. Desde pequeño se aficionó a saber cómo se fabrican, a probarlos y venderlos junto con su padre.

   Matanzas era “La Atenas de Cuba”. Allí se originó el danzón, la rumba, el guaguancó, el yambú, y fue la cuna de la gran industria azucarera y peletera desde el siglo XVIII. También nacieron y vivieron allí los grandes poetas románticos del siglo XIX. La burguesía matancera, básicamente la productora de azúcar, construía mansiones y brindaba mecenazgo a artistas y escritores cubanos y extranjeros. La ciudad rivalizaba y copiaba a La Habana.

La infancia y adolescencia de Pedro Juan Gutiérrez estuvo marcada por los deportes marítimos: pesca, natación y kayak. La venta de helados, comics y bolsas de papel usado a los fruteros del barrio. El colegio, pequeño, aburrido, metafísico y autoritario. Y las lecturas de comics y libros de todo tipo en las dos excelentes bibliotecas públicas de la ciudad.

Fue una infancia y juventud intensa hasta el exceso. Él y su familia vivían a dos pasos de La Marina, el barrio de las putas, junto al río Yumurí. Uno de los pasatiempos favoritos de Pedro Juan era sentarse por las tardes en el portal del Sloppy Joe’s Bar, en la calle Magdalena, a vender comics y a ver pasar las putas que se paseaban hermosas y provocativas, buscando clientes entre los marineros.

 Otro de sus negocios de esa época consistía en cambiar conchas y caracoles caribeños a los marineros por ropas, perfumes, jabones y cigarrillos europeos.

En 1961 el padre de Pedro Juan Gutiérrez perdió el negocio de helados y dos cuentas bancarias. De la noche a la mañana todo fue nacionalizado por el Gobierno Revolucionario, sin compensaciones. Volvieron a cero pero los padres decidieron no irse a Miami. Las fábricas de helados cerraron, el país entró en crisis y el hambre se parecía mucho a una hambruna intensa y extensa.

En septiembre de 1966 se fue al Servicio Militar Obligatorio. Terminó el 19 de diciembre de 1970, mucho más curtido y musculoso y convencido de que el mundo irremediablemente está lleno de hijoputas que brotan como la hierba.

Por si fuera poco, colocaron una hoja en su expediente sellado y secreto, que lo calificaba con buena actitud ante el trabajo y el estudio, pero conflictivo, autosuficiente, indisciplinado y con problemas de conducta respecto a sus superiores, que lo incapacitaban para ocupar puestos de dirección.

Hasta los 25 años, Pedro Juan Gutiérrez trabajó sucesivamente como obrero agrícola y de la construcción, soldado (zapador especialista en demoliciones), profesor de dibujo técnico, dirigente sindical, constructor, locutor, periodista y actor de radio, entre otros oficios. En 1978 obtuvo el título de Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana, mediante un curso especial para trabajadores. Recibía clases únicamente los miércoles y el resto de la semana estudiaba solo.

Trabajó como periodista en radio, televisión, una agencia de noticias y en la revista semanal Bohemia.

En la década de los ’80 realizó investigaciones en varias cárceles. También en favelas de Brasil, en la frontera entre Estados Unidos y México y en el sur de España. Con estos materiales elaboró diversos reportajes que le valieron algunos premios nacionales de periodismo. Durante esos años visitó la Unión Soviética, Alemania Oriental, México, Brasil y otros países. En 1987 publicó un libro sobre astronáutica: Vivir en el espacio.

   En esta década comenzó a escribir Melancolía de los leones, libro que le llevó unos trece años de elaboración y que de algún modo es un pequeño homenaje a Frank Kafka y Julio Cortázar, sus dos escritores de culto.

los 18 años, mientras Pedro Juan Gutiérrez atravesaba a duras penas el servicio militar, cortaba caña de azúcar cada año durante seis meses, trabajaba con explosivos y practicaba boxeo, comprendió que la literatura era un refugio privilegiado en este mundo estúpido y cruel hasta el absurdo.

   “Lo único que quiero en la vida es ser escritor”, se dijo muchas veces a sí mismo, hasta que la frase se le grabó en la mente.“Quiero escribir de un modo tan natural que no parezca literatura”. Quizás por eso jamás se acercó a grupos de escritores ni estudió literatura.

No quería contaminarse con ideas ajenas. “Tengo que tener muchas mujeres, viajar todo lo que pueda y conocer todo tipo de gente.” El periodismo lo ayudó mucho en esto último.

Se dedicó con paciencia, disciplina y rigor a aprender a escribir. Fue una búsqueda a ciegas. No conocía el camino. No sabía exactamente qué buscaba ni hacia dónde iba. Detestaba con toda su alma a los intelectuales que publicaban cuatro poemas y ya se creían Dios, e iban gritando a los cuatro vientos que eran poetas. “Son unos payasos”, pensaba. Por tanto, jamás pidió ayuda a nadie. Por el contrario, escribía poemas y cuentos, los elaboraba hasta el cansancio y los escondía.

En su casa guarda miles de poemas, cientos de cuentos y dos novelas, todos inéditos. A veces relee algunas páginas, se ríe de sí mismo y comprende que aprender a escribir de un modo medianamente aceptable le llevó más de treinta años.

En octubre de 1998 la editorial Anagrama, de Barcelona, publicó su Trilogía sucia de La Habana. El éxito de crítica y público fue instantáneo. El 11 de enero de 1999, sin explicaciones, la revista Bohemia prescindió de los servicios de Pedro Juan Gutiérrez.

De esa forma concluía una larga etapa de veintiséis años como periodista. Un amigo que lo vio preocupado le dijo: “Alégrate. Lo que pasa conviene. Ahora tienes todo el tiempo para escribir”.

Y eso hizo. Entre 1998 y 2003 publicó los cinco libros del “Ciclo de Centro Habana”, escribió tres libros de poesía y una novela policial. Dos de sus libros han obtenido reconocimientos relevantes: Animal tropical, el premio español Alfonso García-Ramos de Novela 2000, y Carne de perro, el premio italiano Narrativa sur del mundo de 2003.

Ahora se dedica sólo a pintar y escribir. Sigue viviendo en Centro Habana y se acerca lentamente a la serenidad. Considera una imbecilidad propia de mediocres llegar a la vejez siendo un paranoico desequilibrado. Piensa que con los años se debe ganar en elegancia, distanciamiento, cinismo y libertad interior, junto con el cultivo del amor y la compasión y la destrucción total de todos los mitos y prejuicios de la modernidad.

Le apasiona la idea de llegar a ser un anciano como aquellos poetas zen de China y Japón que se retiraban al campo, se alejaban de todo y llevaban una vida ascética y en paz hasta el último minuto[1].

La hora del té

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No encontré una bandeja apropiada en la cocina. Por eso saqué todo poco a poco: la tetera, las tazas, el azúcar, limones, galleticas dulces, y lo fui colocando con cuidado sobre el cristal grueso y limpio de la nueva mesa, en la terraza. Una mesa blanca, de hierro, a la sombra de la tarde, en la brisa que a esa hora sopla del mar.
Al fin teníamos una mesa en la terraza, para tomar el té, para comer en las noches de calor, para escribir por las mañanas, a la sombra.
Llamé a mi esposa que dormía, y le dije: vamos, ya está el té servido. Salió a la terraza medio dormida y se asustó terriblemente cuando vio aquello: ¡Oh, si el cristal no lo han traído todavía!
Y aún sin terminar la frase, todo se cayó al piso y se rompió con estrépito.

Pedro Juan Gutiérrez
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 147