Emma Teresa Armendáriz

Emma Teresa Armendáriz (México, ?-1997). Alumna del director Seki Sano, debutó en 1952 en el Casino del Arte, con la obra La señorita Julia de Strindberg. Protagonizó papeles estelares en El mercader de Venecia y Sueño de una noche de verano de Shakespeare, La gaviota de Chéjov, Los secuestrados de Altona de Sartre, El zoológico de cristal y De repente en el verano de Tennesee Williams, El enemigo del pueblo de Ibsen, Encadenados de O Neill y Después de la caída y El precio de Arthur Miller. Con estas tres últimas obtuvo el premio de actuación dela Asociación de Críticos de Teatro (1964, 1965 y 1969).

Recorrió la Repúblicapresentando la obra George, la dama del diablo de Hugo Argüelles, dedicada a la problemática femenina. Esta representación la combina con recitales y seminarios sobre el teatro y la situación de la mujer. Entre las obras de autores mexicanos que protagonozó figuran Moctezuma II de Sergio Magaña, en la que alternó con Ignacio López Tarso, Rosalba y los llaveros de Emilio Carballido, Armas blancas y conejos dorados de Luisa Josefina Hernández y Lo eterno femenino que Rosario Castellanos escribió especialmente para ella. Uno de sus grandes éxitos fue Mística y erótica del barroco, espectáculo cuyos textos seleccionó el poeta Luis Rius y en el cual compartía créditos con Pilar Rioja y Lorenzo de Rodas. 

En 1980 Emma Teresa publicó su primer libro de cuentos, Conversando con Mozart. En 1985 compuso la música para el ballet Cactus, que se presentó en el V Festival Nacional de Danza en la ciudad de San Luis Potosí. Intervino, además, en las películas Las mujeres de Pancho Villa, El Periquillo Sarniento y Cadena de mentiras. Murió en escena en 1997.[1]

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Yo Pantera


A Rafael

Hoy bajé de la montaña. Ya no siento la cólera a intervalos. Mi sangre es una oleada de furia permanente. No me moví con prisa, caminé lentamente por todas las veredas, por todos los caminos. Decidí divertirme. Gastar mis energías con bromas inocentes.

Penetré en las iglesias, y gruñí entre las sombras de los confesionarios. Destrocé los altares. En los parques, rompí las esculturas labradas en el mármol. Después me fui a la casa de los grandes actores, los de las plataformas, los de los estandartes, los que usan las palabras cambiando los sentidos. Revolví los papeles cargados de secretos, y quemé los archivos. Puse especial cuidado en destrozar la silla del actor principal, después rompí las otras, las de los partiquinos. Más tarde fui a la bolsa y dispersé en el aire todos los mecanismos de comprar y vender, de subir y bajar. Después me he revolcado sobre las dalias sembradas en los prados, he comido violetas y también mariposas, y he bebido la sangre de los pájaros.

Me he echado a descansar. Desde aquí escucho el afilar de lanzas, el rumor de tambores, y veo de vez en cuando centellear los cuchillos, pero ya no estoy tensa, me he afilado las uñas por costumbre. Me desperezo. Lamo mi piel del polvo, y tumbada en un techo de pétalos marchitos, espero.

Sé que algún cazador furtivo atravesará mi costado. Y sé que mi sangre, derramándose en perezosos hilos, brillará bajo el sol.

Emma Teresa Armendáriz
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 535