Joaquín Hurtado Pérez

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Joaquín Hurtado Pérez

(Monterrey, Nuevo León, 1961)

Escritor y activista mexicano en la prevención del VIH/SIDA.

Se recibió como Licenciado en Ciencias de la Educación. A la edad de veinticinco años se incorpora al consejo editorial de uno de los suplementos culturales más importantes del noreste de México, Aquí vamos. Fue becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1991. Colaborador del suplemento Letra S del periódico mexicano La Jornada[1].

Entrevistado por Alejandro Brito en La Jornada Dic-4-2003

De 42 años de edad, Joaquín Hurtado se define a sí mismo como un escritor que se ha metido en el asunto del sida por necesidad y obligación moral. Las crónicas que ha escrito para Letra S, ahora reunidas en el libro Crónica Sero, están lejos de ser pasajes testimoniales de autoflagelación o autoconmiseración para provocar lástima o una conciencia panfletaria, son sobre todo textos que pretenden aportar una visión más completa de alguien que ha vivido de cerca la catástrofe sanitaria, social, política, económica, cultural y sexual que implica el sida. En la siguiente entrevista habla de sus filias y fobias, así como de sus locos afanes literarios.

Hora cero. Con un resultado positivo a la temida prueba del VIH comienza la cuenta regresiva en la vida de una persona. El conteo de células en el organismo inicia una carrera vertiginosa para ganarle tiempo al virus. Una nueva diferenciación social se origina entre portadores y no portadores del VIH. El resultar seropositivo a los reactivos es la primera puerta hacia el estigma: el sida ha significado, por mucho tiempo, la marca inconfundible de la ignominia. Y en medio de este delirante viaje sin retorno, relatar la crónica diaria de este doble padecer resulta todo un desafío. En su libro Crónica Sero, el escritor Joaquín Hurtado no sólo afronta con éxito ese reto sino que desafía al lector o lectora a confrontar sus más recónditas e insospechadas fobias. Con un lenguaje directo, preciso y certero, Hurtado devuelve las pedradas de la insidia y la hipocresía moral, pero esta vez cargadas de enjundiosa rabia. A decir del autor, estas crónicas de la seropositividad pretenden ser una sonrisa un poco pesimista y desencantada, pero irónica y socarrona, a la vez, de la realidad de vivir con el virus.

El libro, publicado por Conaculta y Conarte de Nuevo León, recoge 73 crónicas, publicadas la mayoría de ellas en Letra S, Salud, Sexualidad, Sida, donde colabora desde 1996. El título de su columna mensual, Crónica Sero, le da nombre también al libro. El escritor regio es autor de Guerreros y otros marginales, crónicas urbanas de chavos banda, prostis, locas, solados, policías y drogos de la ciudad de Monterrey; y de Laredo Song, que incluye sólo relatos homosexuales. En estos días, confiesa entusiasmado a Letra S, está por terminar su primera novela, donde se explayará felizmente en contraste con estas crónicas, que no rebasan las dos cuartillas. Para Crónica Sero “me impuse ser breve y conciso”, afirma, lo que requiere mucha disciplina y obliga al rigor estilístico y al mayor uso de instrumental técnico.

Joaquín Hurtado es también un aguerrido activista de tiempo completo, preside desde 1992 el Grupo Abrazo en Monterrey, el cual realiza labores de prevención, presión política y capacitación. Se define a sí mismo como “un escritor metido en este asunto del sida por necesidad y obligación moral”.

¿El VIH/sida te hizo escritor?

Yo tenía una relación especial con la literatura desde muy joven, casi desde tiempos de la secundaria. Neruda, Borges, Dostoievsky, Cortázar, Faulkner, Monsiváis, Fuentes, Rulfo y tantos otros fueron y son modelos para armar en el proyecto de mis placeres sin proyecto. El sida irrumpe y me arrebata de este callado y personal diálogo. Empezaron los gritos sin interlocutor. Después las ideas, sensaciones, sentimientos, temores, pasiones pugnaron por salir de algún resquicio. El psicólogo no fue suficiente. La literatura se convirtió en esa vía para paliar mi sensación de desarraigo. Tomé mis maletas y me vine a vivir a esta patria generosa y perra que es la escritura.

Comenzaste tus crónicas de la enfermedad cuando había muy pocas esperanzas de sobrevivencia. Hoy que esas esperanzas son mayores, ¿notas algún cambio en la percepción de la gente sobre la enfermedad?

Me asusta la moda del deporte extremo de dejarse infectar casi por placer. No sabemos qué planes tenga el VIH, hay que tratarlo, si no con temor, sí con respeto. Hay mayor sensación de invulnerabilidad entre los jóvenes. Me siento parte de una generación muy rebasada, un loco hablando en el desierto atestado de oídos sordos. A veces siento que el único estímulo para seguir adelante en mi tarea preventiva es la inercia de la voluntad. Me explico: ya no puedo vivir sin el sida. No sabría cómo dialogar con la vida ni con la muerte.

Se ha echado mano de las metáforas para estigmatizar al sida y a quienes lo padecen. En tus crónicas tú también recurres al poder de las metáforas para devolver las pedradas. ¿Es algo muy calculado o es puro estilo literario?

Santa Susan Sontag me ha hecho el milagrito de darme habilidades para jugar con esas metáforas. El lenguaje es una metáfora. Jamás podré traducir con palabras el vacío que traigo en el corazón y en el alma con la muerte de mis amigos. Nunca podría documentar mis odios o mis rabias ante la estulticia y la mezquindad sin recurrir a la metáfora.

¿Cuáles son las estrategias literarias y de otro tipo que usa Joaquín Hurtado para hacer que los dardos lanzados den en el blanco?¿El autoescarnio es una de ellas?

La mejor vacuna contra el estigma es tomar cada mañana la navaja del autoescarnio y desfigurarme el rostro para que ningún idiota venga y me diga: “¡pero qué cara tan jodida traes hoy, ¿no te han avisado de tu muerte?” Nada me hacen semejantes flores si ya me adorné yo mismo con ellas.

Dices en tu libro que el amor filial, para una persona seropositiva, es un lastre. ¿Qué quieres decir con esto? ¿Que en una condición de vulnerabilidad ese tipo de amor tiene doble aguijón?

El amor filial tiene fronteras tan sutiles que nadie sabe dónde están esas minas subterráneas que le ponemos al hijo infectado, o las que nos pone una madre desesperada al no poder detener la diarrea. No digo más porque creo que ya pisé un explosivo de autoconmiseración.

Hay crónicas escritas en primera persona y otras escritas en tercera, ¿obedece a alguna estrategia o criterio artístico o de efecto?

La gran ventaja que ofrece la crónica literaria sobre las monografías, las tesis, los testimoniales y los ensayos es que uno puede jugar con los espejos. Perder o perderse con el lector, confundir o confundirse en la masa anónima. Tener un rostro y una voz propia para obsequiarla a un personaje que puede ser ficticio, que puedes ser tú, él, ella, nosotros, nadie, todos.

Tu trabajo es sobre todo literario, pero también tiene una intención política: ¿la denuncia?

No es la intención fundamental de mis locos afanes literarios. Dudé mucho antes de dar entrada o excluir esa clase de textos en este volumen. El arribo de la derecha al gobierno de la república me ofreció una cantera inagotable para hacer escarnio de sus payasadas. Creo que ni Vicente ni Martita ni Ana Cristina Fox producen ya asombro en nadie. Siendo franco creo que el resultado de dos o tres crónicas no me parece del todo afortunado, están muy apegadas a eventos o declaraciones de la esquizofrenia institucional ya rebasadas por el aburrimiento. La literatura y el arte deben someterse a los rigores de sus propias leyes, un texto político-panfletario es definitivamente nauseabundo. Pido perdón por la tentación no vencida.

Después del viaje que significa Crónica Sero, quiero concluir que no importa si eres seronegativo o seropositivo, en el entendido de que esto es completamente intrascendente cuando se trata de demostrar lo mejor de uno mismo, de sacar la generosidad, la solidaridad, el amor, la compasión y no perdonar cuando se trata de abusar de la gente ya vulnerada de parte de instituciones, gobiernos o iglesias[2].