Refugio contra la tormenta

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Afuera, la noche se extendía… Rodaba entre los árboles, las piedras y los alacranes…

Adentro, la luz de la lámpara de buró, el calor anaranjado de la chimenea…

Más adentro, la cama: disponible y limpia.

Afuera, el cielo era todo nubes chispeantes y húmedas.

Adentro, Eduardo y Samira tenían los ojos fijos en el fuego. Él vestido con pantalones y camisa de mezclilla; se quitó los tenis y los aventó a la orilla del cuarto de hotel.

Más adentro, ella dejó caer la bata al piso y se tumbó sobre la cama vestida únicamente con un collar largo de perlas.

Afuera, el cielo lamía una tormenta en el vientre de la noche.

Adentro, Eduardo puso sobre el hombro de Samira la mano caliente de sus veinticinco años.

Más adentro, la joven admiró el brazo grande y moreno en contraste con su piel blanca.

Imaginó que su cuerpo entero cabía dentro de aquella mano…

Afuera, el cielo y la noche gemían en un abrazo que se escurrió por las paredes del hotel, los árboles, las piedras… Un abrazo que mojó a los cristales temblorosos de las ventanas.

Adentro, Eduardo pasó su mano rápidamente por la cabellera de su esposa.

Más adentro, ella sorbió con sus ojos cafés la imagen de Eduardo y luego los cerró para desnudarlo.

Afuera, la noche sembró charcos a sus pies.

Adentro, Eduardo dio un beso en la frente a Samira, mismo que ella con su pensamiento arrastró hacia la nariz, más abajo humedeció sus labios, dibujó su barbilla, saltó al cuello con su memoria y lo detuvo entre los senos. “Ahorita regreso. No me tardo”, le dijo él.

Más adentro, la muchacha le preguntó al marido viéndolo ponerse los tenis y la chamarra: “¿A dónde vas? Está lloviendo.” A lo que él respondió: “No me tardo, linda. Voy a ver si consigo una televisión, aunque sea chiquita, para ver el partido de futbol y no aburrirnos”.

Gabriela Marentes Garza
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 110

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