Fiebre

Cerraba los ojos y se le representaban figuras monstruosas, pájaros vivos de plumajes agresivos, picos, crestas, ojos con bolsas, verrugas, medallones de piel colgante, plumas esponjosas de pavos violáceos. Hubiera querido estar inserto en una logia masónica. Levantarse del gran tumulto, de la gran vulgaridad, tomar la hoz con la mano, empuñarla y cortar. Pero todo seguía andando igual, negro, difuso mundo, saturado de rancias costumbres. Generalizada, rubicunda idiotez. Había tratado de interpretar la realidad con los sobres de avión sobre la mesita de luz, los papeles marcando alguna página sagrada de un libro, poniéndose a caminar despreocupadamente por los suburbios del cementerio del Norte como un vagabundo o como una viejita que va mirando el suelo, entre tumbas recién abiertas, montones de tierra, restos de flores secas y cruces en el suelo. Estar inmerso en algo. Un orden superior y dogmático que nada ni nadie pudiera quebrar. Abrió los ojos y comprendió que estaba en el sótano de su casa, todo anegado de agua con un montón de objetos dispares flotando en la superficie turbia, hinchados y descompuestos.

María D. de Guerra
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 451

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Vacaciones

Pensar que una semana en Buenos Aires con el grupo de Preparatorianos, por primera vez lejos de su casa, disfrutando de la verdadera vida, y hete aquí que el primer día se fueron a encontrar por pura casualidad con aquel grupo tan semejante al de ellas, pero de muchachos franceses —tan bien educados, tan corteses— “veramente gentili”, como dijera enajenada la profesora de italiano.

Y el muchacho rubio de camisa celeste que sobresalía por su altura la tomó del brazo con rudeza cuando saltaron del bote en El Tigre. —“Allone?” “Oui”. Ella tenía que levantar la cabeza como quien mira el cielo para poder mirarle la cara. Es una oportunidad para practicar el francés, pensó, mientras se internaban en el bosquecito. Pero el individuo era callado, demasiado hosco y taciturno. Y después, como los hechos se habían precipitado con tanta rapidez (nadie notó su ausencia, aperas si había corrido media hora en el reloj cuando volvieron a reunirse con el resto de bullanguero grupo y el cielo tenía exactamente el mismo color que unos minutos antes). Esther pensó si no sería fácil borrar con un parpadeo, con un golpe de la mano sobre la frente, borrar.

Como la lluvia que lava una mancha y la hace desaparecer, como el sol que brilla y hace relucir lo que toca. ¡Y el sol! ¿Qué le importaba? ¿Qué le importaba a la tarde, a las compañeras, a la divertida profesora de italiano, a los niños que jugaban en ese momento con una pelota, a dos marineros que conversaban un poco más lejos, qué le importaba a nadie lo que acababa de pasar? ¿Y para esto tanto lamento, tantas palabras, tanta literatura?. Qué humillante, no haber ni siquiera participado. Qué horrorosamente desastroso era todo. Y el tipo todavía encima se había enojado con ella, la miraba despreciándola. “C´est la premiere fois?” —le había dicho con evidente rencor, jadeando, traspasado por una angustia que le pareció idiota, tan lejos de la angustia que ella podía conocer o atisbar, como del momento mismo que pensaba reservado para el amor sin fisuras.

María D. de Guerra
No. 58, Abril-Mayo 1973
Tomo IX – Año X
Pág. 607