El ibis


El ibis dormido es funámbulo sedentario, palafito, sueño clavado en un alfiler; el estallido de las alas, cuello, ojos y ambiciones carroñeras siempre es inminente. Es un ser creado por deseos portentosos. Pieza de coleccionista, mas antiguo que las ruinas donde posa el almohadón en que consiste, permanecerá inmutable más que la piedra susceptible al modelado —por decirlo así— de aire, agua, albañiles y ociosos. Flor de pluma, venerado y execrado, pájaro divino, entre tantas maravillas nada iguala la arquitectura del hueso metatarsiano de su pie ni la sociedad secreta que infaliblemente conspira en su rodilla. Sin ellos no sería ni asombro ni dios, lloraríamos su majestad como a la ciudad saqueada, y yo no habría escrito el discurso que aquí llega a su término.

Hugo Hiriart
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 715

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Hugo Hiriart

 

Hugo Hirirart (México D.F. 1942) es novelista, dramaturgo, ensayista, filósofo, director de escena, guionista y artista plástico. Hiriart es autor de más de una docena de piezas dramáticas, entre las que destacan La ginecomaquia, Hécuba, La perra, Intimidad, Ámbar y La repuganante historia de Clotario Demoniax (2005), algunas de las cuales han sido llevadas al cine. Recibió el premio Xavier Villaurrutia (1972) por Galaor (2000), su primera novela, que, en opinión del jurado, es “la mejor novela de caballerías del siglo xx”. A esta narrativa inaugural le seceden Cuadernos de Gofa, La destrucción de todas las cosas y El actor de prepara (2004). Sus ensayos son señeros en la literatura mexicana reciente: Disertación sobre las telarañas, Sobre la naturaleza de los sueños, Dientes eran el piano y Cómo leer y escribir poesía (2003). Su obra plástica ha sido expuesta en diversas ciudades del país.[1]

El ibis

El ibis dormido es funámbulo sedentario, palafito, sueño clavado en un alfiler; el estallido de alas, cuello, ojos y ambiciones carroñeras siempre es inminente. Es un ser creado por deseos portentosos. Pieza de coleccionista, más antiguo que las ruinas donde posa el almohadón en que consiste, permanecerá inmutable más que la piedra susceptible al modelado —por decirlo así— de aire, agua, albañiles y ociosos. Flor de pluma, venerado y execrado, pájaro divino, entre tantas maravillas nada iguala la arquitectura del hueso metatarsiano de su pie ni la sociedad secreta que infaliblemente conspira en su rodilla. Sin ellos no sería ni asombro ni dios, lloraríamos su majestad como a la ciudad saqueada, y yo no habría escrito el discurso que aquí llega a su término.

Hugo Hiriart
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 154