El Chadadán

Cuento las vigas, una, dos, tres, cuatro, llego hasta quince, me confundo. La perspectiva las une y vuelvo a contar como si hubiera una escalera; luego veo la grieta que baja por los adobes encalados; el ropero lleno de ropas viejas en una fila apretujada de cuerpos descabezados, encima el pianito, las flores de papel, los calendarios, las fotos, la muñeca sin ojos, el reloj mudo.
Echado en el camastro, el abuelo respira con la boca abierta, el sombrero cubriendo sus ojos.
Desamparado en la inmensidad del gran cuarto, a merced del silencio de la tarde, los quejidos de madera vieja, el rechinar de la cama, temeroso de bajarme hoy me siento como un náufrago sobre una frágil tabla.
El Chadadán, el loco que persigue y se roba a los niños, se esconde bajo las camas, ahí paciente espera, los coge por los pies y los arrastra hasta la oscuridad húmeda y polvosa.

¿Cuántos habrán sido sorprendidos?

¿Cómo podrán vivir, bajo el rechinar sobre el ladrillo húmedo y frío?

¿Por qué nunca los ha barrido la sirvienta?

Me atormente el miedo. Tengo 28 años, he regresado para acabar con ese temor infantil, con ese juego de niños. No despertaré al abuelo, bajaré sin su amparo, levantaré las barbas de la colcha.

Se levanta la colcha. Entre la basura y la pelusilla está el cuerpo momificado de El Chadadán, muerto de aburrimiento.

Máximo Rivera
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 185

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