Buscando la fe

De niño pedía a Dios convertirse pronto en adulto para disfrutar las delicias de una amante y de las películas prohibidas. De adulto rogaba a Dios vida eterna para la potencia sexual suya y de sus amantes. De anciano suplicaba a Dios volver a vivir una infancia llena de juegos y travesuras. Pero Dios, misericordiosamente, le concedió una tumba.

Sergio Figueroa
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 183

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Ojos que se ven llover

Esta vez el espejo no reflejó mi imagen cuando intentaba rasurarme. Mi primera reacción fue de terror, pero me consolé pensando que todo era un sueño. La noche había estado saturada de vino y música, los cuates me insistían en que me quedara, pero la labor en mi trabajo no permite ninguna falta de responsabilidad.

Volví a la cama y me vi ahí tendido, en la misma posición que duermo siempre. Todo es un sueño, me dije de nuevo. Intrigado me acerqué al cuerpo, a mi cuerpo. Le di algunas palmadas en las mejillas, lo sacudí por los hombros. Nada. Quería despertarme para que acabara esta maldita pesadilla.

Al intentar cargar el cuerpo me di cuenta que estaba muy débil. Lo arrastré por los hombros hasta el baño, lo acomodé en la tina. Con mucho cuidado abrí a regadera. El agua fría no lo hizo reaccionar. Le pude un espejo en la nariz, ningún rastro de vida. Estaba muerto. Mi angustia crecía por esta broma absurda. Quizás yo había quedado prisionero en mi propio sueño de moribundo. Lloré.

Volví a colocar mi cuerpo en la cama y con toalla lo sequé lentamente. Tomé el teléfono y pedí una ambulancia para que recogieran lo que quedaba de mí. Me acerqué a la ventana, afuera la lluvia empapaba la ciudad. Sentí deseos de caminar bajo el agua. Me vestí con gabardina y sombrero, ya nada me detenía aquí.

Antes de salir, me vi de nuevo, ahí tendido, sin vida. Lloré. Lloré mucho por mí, por mi vida, por mi muerte, la familia y mi novia. Pero a pesar de todo me sentía liberado. Me había quitado un gran peso de encima.

Sergio Figueroa
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 157