El aplanador

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Entre los años 1840 y de 1864, el Padre de la Luz (que también se llama la Palabra Interior) deparó al músico y pedagogo Jakob Lorber una serie de prolijas revelaciones sobre la humanidad, la fauna y la flora de los cuerpos celestes que constituyen el sistema solar. Uno de los animales domésticos cuyo conocimiento debemos a esa revelación es el Aplanador o Apisonador (Bodendrucker) que presta incalculables servicios en el planeta Miron, que el editor actual de la obra de Lorber identifica con Neptuno.

El Aplanador tiene diez veces el tamaño del elefante, al que se parece muchísimo. Está provisto de una trompa algo corta y de colmillos largos y rectos; la piel es de un color verde pálido. Las patas son cónicas y muy anchas; las puntas de los conos parecen encajarse en el cuerpo. Este plantígrado va aplanando la tierra y precede a los albañiles y constructores. Lo llevan a un terreno quebrado y lo nivela con las patas, con la trompa y los colmillos.

Se alimenta de hierbas y de raíces y no tiene enemigos, fuera de algunas variedades de insectos.

Jorge Luis Borges
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 285

Jorge Luis Borges
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 213

Jorge Luis Borges
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 593

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La otra

Mi camino hacia el trabajo no suele tener atractivo, me voy pensando en lo que haría si me sacara la lotería, luego viene a mi mente el número cabalístico y por fin nunca compro el billete y ahí queda todo.
Aquella mañana todo hubiera sido igual, pero tenía un dolor en el cuello, me molestaba el esternocleidomastoideo, estaba tenso el músculo ése. (Me gusta decir esternocleidomastoideo, suena rimbombante y además es el único que me sé).
Al llegar a la oficina se incrementó el malestar y estuve a punto de tomarme un par de aspirinas; no hice tal, no recuerdo por qué. Seguí tolerándolo el resto del día.
Recordé la nochecita anterior: después de la cena, las copas, llegar y encontrarla ahí, reposada. No quise encender la luz por no incomodar, así que en silencio me desvestí, me puse medio pijama y al entrar a la cama la desconocí; era más alta, un poco más voluminosa y olía diferente. Permanecí quieto unos minutos, pero no logré conciliar el sueño; no era ella definitivamente.
Una hora después, ya desesperado, extendí la mano y con leves movimientos desperté a mi mujer, —¡Oye, ésta no es mi almohada!
Pedro A. González
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 752

De patos agresores y escopetas inermes

La insinuación de que los patos le puedan tirar a las escopetas, fue una idea urdida por las propias escopetas para hacer ver a los patos como agresores y pasar ellas por blancos inermes. Ante el hecho cada vez más frecuente de que los patos escaparan a sus perdigones, quienes más se empeñan en difundirla fueron los de doble cañón. Era una manera astuta —alardeaban— de matar dos pájaros de un tiro: seguir participando en el viril deporte de perforar patos sin riesgo de desprestigio y, en caso de conflicto, emplear el recurso de culparlas por trastocar las reglas del juego.

Abraham Nuncio
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 749

Televisión

Después de cenar alzamos la mesa y subimos al cuarto de la tele. Papá cambia los canales todo el tiempo y los demás protestamos y mamá se pone a tejer y mis hermanas se sientan siempre enfrente de mí. A veces peleamos un poco y papá nos pega un grito o se tira al piso para hacernos cosquillas y lucha con nosotros como si fuéramos tigres. Pero al rato ya estamos callados. Vemos los anuncios y si se hace tarde pedimos a gritos que nos dejen otro rato y mis hermanas se ríen o se asusta o dicen mira que mango y me empujan o me pegan cuando nadie las ve. Papá se sienta al lado de mamá y la abraza  forcejeando como si también ellos fueran tigres y le hace cosquillas o le tapa los ojos y ella se pone seria y sacude los hombros y dice no seas indiscreto y le pide que la deje en paz. Luego la calle se va quedando quieta y no se oye otra cosa que la televisión y mis hermanas ya no dicen nada porque tienen sueño o están viendo los programas.

Entonces me acuesto en la alfombra como si fuera a dormirme y me cubro la cara con las manos. Me vuelvo sin que nadie se dé cuenta, me voy acomodando de manera que, entre los dedos, pueda ver cómo crecen, como suben desde los zapatos de tacón alto, como se pierden en los pliegues de la falda las firmes, blancas, suaves, dulces, perfumadas, piernas de mamá

Felipe Garrido
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 735

Personas sacrificadas

El único antídoto contra el temor de la muerte es que la vida se nos vuelva intolerable. Xantipa, la mujer de Sócrates, preveía que su marido sería obligado a beber la cicuta. Se dedicó a hacerle la vida imposible sólo para que, llegado el momento de morir, Sócrates viese en la muerte una liberación y tomara la cicuta con la parsimonia que tanto iban a alabarle.

Marco Denevi
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 731

El maestro traicionado

Se celebra la última cena.

—¡Todos te aman, oh Maestro! —dijo uno de los discípulos.

—Todos no —respondió gravemente el Maestro—. Conozco a alguien que me tiene envidia y que en la primera oportunidad que se le presente me venderá por treinta dineros.

—Ya se quién es —exclamó el discípulo—. También a mí me habló mal de ti.

—Y a mi —añadió otro discípulo.

—Y a mi, y a mi —dijeron los demás. Todos menos uno que permanecía silencioso.

—Pero es el único —prosiguió el que había hablado primero—. Y para probártelo diremos a coro su nombre sin habernos puesto previamente de acuerdo.

Los discípulos, todos menos aquel que se mantenía mudo, se miraron, contaron hasta tres y gritaron el nombre del traidor.

Las maravillas de la ciudad vacilaron con el estrépito, porque los discípulos eran muchos y cada uno había gritado un nombre distinto.

Entonces el que no había hablado salió a la calle y, libre de remordimiento, consumó su traición.

Marco Denevi
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 717

Variaciones sobre el mayordomo

Misterio

Al concluir la novela policiaca supo el lector que el suicida era el mayordomo.

Espejo

En la última página, el autor se dio cuenta de que el mayordomo era él mismo.

Asesoría

Leída la novela policiaca sin que apareciera el criminal, el acaudalado lector pidió a su mayordomo que le aclarara el misterio

Cambio de piel

El aficionado llamó al mayordomo para que le diera la clave de la novela policiaca. Este no se presentó ¡Había renunciado a la literatura!

Al pie de la letra

El mayordomo aprovechó el sueño del lector de la rara novela policiaca para desprender, cuidadosamente, el último capítulo del único ejemplar asequible. Su inocencia quedó asegurada por un lapso prudencial.

Carlo Antonio Castro
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 687

Sísifo escribe

Aquí empieza el autor a escribir un cuento; no le es difícil llegar al nudo y se siente contento por ello.
Trata de alcanzar el final lo antes posible, pues este es un relato breve.
El redactor nota alarmado que hay ya demasiadas palabras usadas en este cuento y no tiene un desenlace todavía.
El cuento sigue creciendo sin control…
Lo mejor es volverla principio e intentar hacer más breve el cuento: el autor escribe un cuento; alcanza el nudo sin dificultad. Trata de llegar al final sin tardanza…
Óscar López Monroy
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 701

La derrota del general

El general ya estaba ahí, montado en su caballo, con la espada en su mano derecha apuntando hacia arriba, lista para indicar el inicio del combate

Era evidente que la lucha iba a ser desigual: el enemigo contaba con armas más poderosas; en cambio el general abrigaba la esperanza de que aquellos hombres que estaban a punto de abrir fuego en su contra recordaran las heroicas hazañas que lo hicieron merecedor del grado que orgullosamente ostentaba: general de división; sólo eso podía salvarlo de la derrota.

La batalla se inició a las ocho con treinta minutos para ser exactos; fue una lucha demoledora, sangrienta; no hubo momento de tregua alguna: la artillería no dejó de activar hasta la victoria.

A las seis de la tarde la plaza quedó en silencio, vacía; únicamente algunos escombros quedaron esparcidos sobre la explanada, en tanto un periodista tomaba fotografías de aquella escena.

Por fin la estatua del general había sido derruida.

Juan Ramón Manjarrez
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 693

Escenas sin público

Nadie oye, porque las novelas terminan demasiado pronto o porque los talones se apresuran a descender, nadie oye los gritos de Emma Bovary a su marido:

—No te des esos aires de mártir, de alma honrada, de esposo sacrificado. Si yo no me hubiese hecho la loca yéndome por ahí con otros hombres, no habrías tenido la menor oportunidad de mostrarte abnegado. Habrían salido a relucir tus propias infidelidades. Tu buena reputación depende de mi mala reputación. Entonces ¡basta de poner conmigo esa cara de buena persona! Me la debes a mí.

Marco Denevi
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 689

Lot

La estatua fue descubierta a escasa profundidad. Era efectivamente de sal, y se encontraba en muy aceptable estado de conservación. Se decidió no moverla. Improvisaron un cobertizo para protegerla del sol y del viento, y se dio la noticia al mundo entero. En cosa de días empezaron a llegar los especialistas, al reclamo de esa primera pista arqueológica sobre la destrucción de Sodoma. El examen radioscópico preliminar descubrió debajo de la túnica un cuerpo humano de sexo masculino, al parecer joven, de conformación normal, estatura media…

Guillermo Farber
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 677

Contraseñas para un clásico


Yo sólo buscaba un escritor, varios me fueron señalados. Entre ellos había contorsionistas y profetas, mayordomos, militantes y hombres que daban la hora cuando uno se las pedía. Todos eran simpáticos, secretamente serviles. Vivían de las palabras pero languidecían porque nadie tomaba en cuenta sus ideas. Uno de aquellos hombres, un alegre mercenario, me recomendó ir al panteón. Pero busqué en vano. Fui a desenterrar a un hombre y encontré un diccionario.

Adolfo Castañón
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 677

El resplandor

El hueco negro en la pared blanca. Por aburrimiento lo vio, por curiosidad se acercó. Era pequeño. Metió un dedo, el hueco creció y se hizo más negro. Empujó su mano, el hueco creció aún más; introdujo su cabeza y su cuello, el hueco brillaba en su negrura. Introdujo el tronco y las piernas.
La vecina chismosa tocó a la puerta; quería saber que había causado ese momentáneo resplandor. Nadie le abrió.

Noemí Muciño Fabela
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 675

Ellas

Al entrar la encontré alicaída y nerviosa.

—¿Te pasó algo?— le pregunté, saludándola.

—No, nada… Bueno… sí. Me cansaron y se lo dije a él, esta mañana.

—¿No te precipitaste?

—Les tomé tanto cariño y… ¿no crees que merecí de ellas un mejor comportamiento?

—Deberías haber esperado. Con un poco de paciencia y tiempo, quizás…

Su rostro se entristeció aún más. Intenté cambiar de conversación. Insistió con ansias de catarsis:

—Les he prodigado mis cuidados, como una madre verdadera. Me desvelé por ellas. Y ya vez, nada he logrado. Siempre indolente. No sé si te acuerdas en que estado llegaron cuando él las trajo a casa, al decidir nuestra unión. Les dí amor y el calor de un nuevo hogar. A ellas no les importó. Por eso, esta mañana, al fin, me animé a decírselo.

—¿No estará exagerando…?

—No. Que se las lleve, le dije. Que las devuelva a su suegra, le dije… ¡ya me tienen hastiada estas plantas!

Cristina Turégano
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 669

El aristócrata

Mientras las llamas crepitaban en la chimenea del oscuro salón, el vampiro volvió sus ojos de un violeta fosforescente hacia el periodista que lo entrevistaba atemorizado. Se le oyó musitar tristemente, inclinándose sobre él:
—La verdad es que no me duele tanto que la gente ya no crea en vampiros, sino que ya no crea en los condes.
Roberto Ramón Reyes Mazzoni
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 668