El esfuerzo

José tenía 33 años. Se preparó durante toda su vida para triunfar. Vendió todo lo que poseía, empacó sus cosas y se fue a la gran ciudad. Llegó en domingo. El lunes estaba muerto…

Juan José Ramyol
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 460

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La genración de los NO

Ya llevaba siete meses de embarazo cuando se vieron en la necesidad de llevarla al hospital, de urgencia. Sería un nacimiento casi normal, decía el doctor. Todos los síntomas así lo indicaban. La llevaron a la sala de maternidad y dispusieron todo para recibir al nuevo ser. Pero cuando pensaban que comenzaba a nacer y vieron que el vientre de la mujer se reducía, como si se desinflara, hasta adoptar un volumen normal sin que el niño apareciera, todos quedaron sorprendidos. El sabio llegó a la conclusión de que la paciente había dado a luz a un espectro.

Gilberto J. Signoret
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 457

Relato

Se arrellanó en un mullido sillón, y comenzó a contar: “Sí, allá existe un monstruo devorador de hombres, un monstruo causante de la degradación físico-biológica más espantosa. Se pasea impunemente por las calles, se mete a los cines, teatros, casas particulares. Nadie hace nada para detenerlo. Todos lo miran, o mejor dicho, no lo miran, porque ciega los ojos, la memoria, ensordece, idiotiza. Los hombres, en agradecimiento, lo han bautizado con un nombre extranjero, para que suene más elegante: Smog…”

Salvador Castañeda Pérez
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 455

Último sol

Llegó, arrastrando su juventud, hasta la estación donde cientos de hombres y mujeres organizaban su tedio para esperar al monorriel que los conduciría a otra jornada de monótono trabajo. Miró a sus compañeros —con una tristeza lejana—, sin lograr diferenciarlos de un cúmulo de piezas clasificadas en el mal general de la existencia… Levantó la cara, y forzando la vista al través del cristal de su máscara protectora y de la densa nube de smog que envolvía al territorio, vio al sol que, a esa hora, parecía el dibujo perversamente infantil de una naranja enrojecida.

Sintió tal abismal y amargo el dolor de estar vivo como absurdo el compromiso de seguir viviendo en una dimensión de insensibilidad colectiva: lo último que oyó, antes de desconectar el tubo de su tanque portátil de oxígeno, fue el estrépito del monorriel, que frenó para engullir pasajeros.

Su caso fue uno de tantos que hubo desde 1985.

Roberto Bañuelas
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 453

Comunicación

Dos viejos, un humanista y un científico, discutían sentados en un jardín.

—El arte de la vida —decía el primero— consiste en olvidar la cuantificación de las cosas. Te sientas a mirar el paisaje, y, dejas que tu propia naturaleza se comunique con él. ¿Quién tiene una unidad valedera para medir la felicidad?

—¿Y la razón? —inquirió el otro— La soledad del contemplativo enloquece al hombre; por lo demás, la naturaleza me contesta a satisfacción cuando arroja una piedra y ésta sigue una trayectoria que yo he calculado. ¿Qué puede decirme en cambio un paisaje?

—Es cuestión de olvido: cuando logras callar tu mente racionalista, el espíritu sabe escuchar y comprender, no estás solo, tu piel no marca ya un límite, formas parte de la sabiduría de la vida, y eres feliz…

Así discutiendo, cayó la tarde. Un sopor beatífico les invadió. Poco a poco fueron sintiendo la convicción absoluta de poder comunicarse con el jardín. De repente, un murmullo que parecía salir de unos matorrales llegó a sus idos, y levantáronse prontos a investigar.

Se trataba de dos flores que sostenía una discusión: “El arte de la vida —decía la primera— consiste en olvidar la cuantificación de las cosas…”

M. V. Busquets
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 451

El día y la noche

Antes las noches no me gustaban.

Porque todo enmudecía.

Porque las flores tomaban el mismo color negro de la oscuridad. Y perdían hasta las formas.

Por eso prefería la mañana o la tarde. Porque se ocultaba el sol y la plaza quedaba vacía. Todo quedaba vacío y confuso.

En casa, el patio se reducía a un montón de bultos negros o a contornos que sólo reconocíamos los que vivíamos allí.

Yo quería convencer a la Tierra… Que dejara de rotar. Que se detuviera en pleno sol y se trasladara siempre así.

Una noche lo logré.

Soñé que la Tierra dejó de rotar. Sonoricé a los árboles que dormían mudos y las plazas se llenaron de niños.

La tierra, lenta, se trasladaba fija.

Esa noche fui feliz.

Después soñé que sólo una parte de la tierra vivía el día. Y que otros niños tendrían la noche para siempre.

Entonces pedí a la tierra que volviera a rotar.

Roberto Bertolino
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 449

La mera verdad

Y aunque periódicamente hayan dicho (ya ve usted cómo son), que “murió víctima de una degenerada pasión senil”, la verdad es que cuando la chamaca me gritó: “despabílate, carcamal”, luego se me vino a la mente mi mujer, que bien hizo Dios en recoger hace diecisiete años, porque ese era su insulto preferido; pero sobre todo me acordé de aquellas malditas ideas que tenía sobre la reencarnación y ahí fue donde me dije: “aunque ahora si te descubran, Epigmenio, más te vale”

Luis Carlos González H.
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 447

La boda

Marcelita nunca había tenido un pretendiente tan asiduo; toda la casa estaba alborotada con la perspectiva de aumentar el gremio familiar con este ejemplar; formal, atento, bien vestido, y lo mejor de todo, con una billetera siempre bien provista y un reflejo rapidísimo para sacarla en el momento oportuno.La TíaRitaquedó conquistada definitivamente, cuando una tarde se presentó Carlos cargando una jaula dorada en la que introdujo su pareja de cotorritos consentidos; nunca había encontrado Don Ismael oyente más atento y silencioso que este muchacho, que a todo decía que sí durante sus largas peroratas sobre política mundial; Teresita opinó que era un “cuáis a todo dar” al verse obsequiada con el último hit de los Totonac´s Co.; Doña Teresa se enternecía a las lágrimas al ver el fervor de su futuro yerno cuando asistía al oficio dominical; la única que le encontraba un “pero”, era Marcelita; le parecía un poquitín frío, distinto a los demás muchachos que antes había tratado, pero sus comentarios fueron acallados por un torrente de ira colectiva, en la que fue declarada por unanimidad inmadura y frívola; ¡cómo osaba comparar  Carlos con la serie de greñudos que antes la cortejaron!… Era el colmo. Lo que acababa de vencer su resistencia, era la mirada casi patética que le dirigía cuando decía lo mucho que la necesitaba y lo que significaba para él su posesión; ese recurso no fallaba; Marcelita se sumergía en un pantano de ternura y condescendencia. Llegó el día esperado por todos; cómo rabiarían los vecinos viéndola toda de blanco rumbo a la iglesia. Papá y Mamá estaban pletóricos de felicidad; su cometido como padres había llegado a feliz término; la entregaban en el templo, con todo el bombo requerido (previo ajuste de tarifa con el Sr. Cura). ¡Qué más se podía desear!

Noche de bodas, Marcelita estaba tensa; los anticipos que le había permitido a Carlos habían sido tan pocos y tan tímidos, que la perspectiva de ser poseída, la estremecía; se puso el atuendo de rigor: camisón nylon, negligeé, babuchas de pelito de conejo y Chanel No. 5 en todos los sitios que se le ocurrieron. Carlos pasó al baño e inició también el ritual; a los 5 minutos salió y Marcelita al verle creyó estar volviéndose loca: ahí estaba él; completamente verde, con dos antenas a los lados de la cabeza y un enorme ojo en la mitad de la frente.

Águeda Delmar
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 440

El diplomático

…Aceptó como era su obligación de diplomático, la invitación al baile de gala de los reyes de Grecia. Pero se las arregló para que el jefe del protocolo invitara también a las numerosas estatuas clásicas que aún no exhibían su ruina en la sombra de los museos. De esa manera pudo soportar el roce de momias vivas cubiertas de finas telas y joyas carísimas, gracias al contacto de lánguidas Venus, de seductores Dionisios, de aristocráticos apolos y de otras no menos agradables presencias enamoradas de la vida.

Heriberto García Salazar
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 439

Heriberto García Salazar.

Escritor (poeta). Educador. Bibliotecónomo. Nació en Xalapa en 1940. Estudió Antropología en la Universidad Veracruzana. Colaborador en diversos suplementos culturales y revistas especializadas. La colección La tierra del gran sí le publicó en 1973, parte de su trabajo poético. Ha sido antologado en Azoro de Voces (1986). Obra: Ensayo sobre antropología y crítica literaria. Para una antología mínima:

Entre los nueve círculos
del infierno
hay uno
que es el último:
el vacío
incoloro
con su borde negro
que lo delata
pero es el no invitado
el cero
el décimo círculo:
la nada.

Murió el 4 de agosto 1977.

[1] http://www.eldemocrata.com.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=12621:efemerides-veracruzanas-del-4-de-agosto&catid=38:efemerides-veracruzana&Itemid=63

El que no tiene nombre

Yo soy el que todo lo ve, el que todo lo sabe, el que todo lo dice.

Yo vi a Dios hacer el mundo y hacer al hombre. Y después vi al hombre hacer su primera fogata, su primera ciudad, su primera guerra.

He conocido a los profetas, he visto nacer y morir a reyes, campesinos, mártires y traidores.

Todo lo que ha ocurrido en la realidad y en los sueños de los hombres, lo he visto y lo he contado.

Yo soy ese personaje sin nombre que aparece en todos los libros. El que empieza diciendo: Había una vez…

Fermín Petri Pardo
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 435

De sombras…

Hasta que un día una de ellas se cansó de ir todo el tiempo detrás del hombre aquel, sujeta a sus caprichos y teniendo que sugerirlo, aún contra su voluntad, a donde quiera que él iba; así que lo decidió y se separó del tirano yéndose luego a gozar de su libertad.

Empezó entonces a recorrer el mundo como siempre había soñado, pero se encontró con una serie de inconvenientes tales como que no le permitían entrar sola a los lugares públicos, ni subir a los taxis o sentarse en los parques, ni muchas cosas más por el estilo, lo cual le parecía incomprensible.

Enfadada de tantos inconvenientes y con el sano propósito de reanudar su vida normal, retornó al lugar en donde dejó a su hombre, pero con gran espanto comprobó que éste no se encontraba ahí; y luego de haberlo buscado desesperadamente tuvo que aceptar que su antiguo amo había desaparecido en forma definitiva, por lo que se miró a sí misma, descubriendo que ella también había desaparecido sin haberse dado cuenta en que momento sucedió.

Y desde entonces no se ha vuelto a tener noticia de que en algún lugar del mundo, una sombra pierda a su hombre o que un hombre pierda su sombra.

Alejandro R. Vega G.
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 427

Fuga

Oigo música de rock muy estridente, angustiosa. De pronto, la música se interrumpe produciendo una confusión de sonidos agónicos. Sigue el estruendo de unos discos o libros, tal vez, al caer desde no mucha altura al piso de madera. Alguien respira agitadamente. Después de un rechinido de la cama ese alguien —u otro, no sé— da uno o dos pasos cortos, rápidos —el piso cruje a cada paso por cierto. Hay un momento de silencio. Pausa en el silencio. Algo así como un espejo, o tan solo un vidrio de regular tamaño es roto, repentinamente, de un golpe. Pausa. ¿Qué es eso? Un gemido. Están gimiendo muy quedito. Alguien sufre —puede ser quien gemía— un repentino y violento ataque de tos. Ahora, junto a la respiración otra vez agitada, oigo pasos (corren), van de un lado al otro de la habitación al parecer chica —debe de ser como la mía—. Puñetazos a la puerta. Mientras continúan los puñetazos a la puerta es pronunciada una palabra de manera no identificable: casi un rugido. (Quizá un nombre…) De nuevo corren de pared a pared —durante menos tiempo, pero con mayor fuerza, o ansiedad. Esta breve carrera termina al momento de aparecer el ruido grande del rompimiento de varios vidrios, y, además, golpes secos y estremecimientos metálicos. Un grito que se queda en el principio. Otro vidrio roto. Otro grito; sólo que éste es intenso y largo, muy largo, y va desapareciendo o desvaneciéndose más bien a lo lejos. Ahora, el silencio. El silencio, por fin. Únicamente, creo, había una persona ahí dentro. Puf; mañana mismo gestiono el cambio de domicilio. Aquí no se puede dormir en paz nunca en la vida.

Humberto Guzmán
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 415

Okey

Okey, todo estaba okey; cada quien se había adaptado perfectamente al sistema, pero no, siempre hay quien venga a inventar novedades, dígame y que ponerse a comer la bendita rama esa, que ni siquiera sé cómo se llama, nos embromó, nos embromó, con lo bien que estábamos con nuestra LSD.

José Gilberto Hernández Ramírez
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 412

El sistema

El pez de ornato giraba caviloso en su esfera líquida.
Había entrevisto otros mundos, luces, paz y amor y sintió rebeldía.
Firmemente arremetió contra la frágil cáscara de cristal.

¡Qué sensación magnífica romper el sistema!, el agua derramada, el cuerpo desplazándose en duros coletazos sobre la mesa…

Su cuerpo descolorido fue enterrado con sencillez previsora en el bote de los desprecios.

Alfonso Malo Saldaña
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 411

Ex loco

“…Ya conoce usted la historia del hombre que creía tener encerrada en una botella a la princesa de la China. Era una locura. Le curaron de ella. Pero desde el momento en que dejó de estar loco se volvió tonto”.

Marcel Proust
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 407

Los cinco de la aurora

Bajaron del cielo los cinco de la aurora, bajaron los señores de bien y del mal. Del cielo bajaron los cinco señores del día.

Los cinco: Huitzilopochtli, broncíneo guerrero. Huitzilopochtli, señor de las esteras. Huitzilopochtli, el de los grandes músculos. Huitzilopochtli bajó.

Tonantzin, la madre. Tonantzin blanca, Tonantzin pura. Tonantzin de largos cabellos. Tonantzin que mandó a su hijo Quetzalcóatl, señor del maíz, a la tierra. Tonantzin también a la tierra bajó.

Quetzalcóatl, el señor blanco. Quetzalcóatl el barbado. Quetzalcóatl guerrero, Quetzalcóatl, señor del maíz. También del cielo bajo Quetzalcóatl.

Coatlicué, la vieja triste. Coatlicué la temida señora. Bajó también de los cielos estrellados Coatlicué.

Xóchitl, la niña pura. Xóchitl, fresca como la flor de cacto. Xóchitl, del color de las bayas de cacao. Por donde los pies de la niña Xóchitl pisaron la tierra, las flores se abrieron a su paso. Xóchitl.

El venado dijo: Mira que han bajado los señores de la noche de sus moradas celestes. Y mira que la raza de bronce sabrá salir triunfante ahora.

Y el tlacuache dijo: Porque han bajado del cielo los cinco del arcoirirs, los cinco del fuego han bajado a la tierra.

Y así hablaban el venado y el tlacuache. Porque los cinco señores dorados bajaron de los cielos.

En la noche los nahuales se quejaban. A la noche sus lamentos, sus quejas. Y el indio levantó la cabeza para oír a los nahuales aullar. Y el indio sonrió, porque sabía que el día del hombre blanco había terminado. Porque los nahuales les aullaban.

Porque los cinco de la noche bajaron a la tierra, los señores del bien y del mal. Porque de los cielos bajaron los cinco.

Huitzilopochtli

Tonantzin.

Quetzalcóatl.

Coatlicué.

Xóchitl.

 

Manuel R. Campos Castro
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 406

El horno

El ingeniero sacudió la cabeza. “No”, dijo, “no podemos detener el horno. ¿Tiene usted alguna idea de lo que cuesta sacar la carga solidificada, limpiar el horno de incrustaciones, poner una nueva capa de ladrillo refractario? Y no es sólo el gasto de mano de obra, entienda usted, sino el tiempo perdido. Un alto horno es una bestia torpe. No podemos permitirnos mantenerlo inoperante durante tanto tiempo”.

El otro levantó la vista para contemplar la torre alta y mugrienta, para apreciar el calor infernal que se filtraba hacia el exterior en la forma de una radiación rojiza. “Pero…”, comenzó.

El ingeniero lo interrumpió. “Mire, la empresa lo siente mucho, ya se lo he dicho. Aunque no fue culpa nuestra estamos dispuestos a indemnizar a los familiares con largueza. Lo único que no podemos hacer es detener el horno a media operación”.

“¡Pero esa carga contiene los restos de un ser humano!”

El ingeniero se encogió de hombros. “Pues sí. Lo poco que no se haya volatilizado. La mayor. La mayor parte del carbón ya debe estar en la atmósfera, junto con toda el agua y el nitrógeno. Puede quedar algo de fósforo como fosfatos, junto con el calcio, el hierro y trazas de algunos otros elementos. Una cantidad insignificante, en realidad. Ni siquiera lo suficiente para alterar de manera notable el análisis del producto final”.

“Algunas veces”, dijo el hombre, “ustedes los técnicos con sus actitudes pragmáticas me causan escalofríos”.

El ingeniero lo miró con cierta hostilidad.

Pero no dijo nada.

Manuel R. Campos Castro
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 406

Nomine patris

Pater. Nomine patris.

Malditos negocios. Nunca tiempo para nada; a veces se me psasn más de cuatro domingos sin poder ir a jugar golf. Mi esposa quiere que la lleve a Europa. Mi hijo anda metido en líos otra vez. ¿Por qué diablos tendrá que comportarse como un maldito junior?

Filius. Nomine filii.

Maldita sea. ¿Por qué tiene Gloria que ser tan anticuada? Cualquiera sabía que no estaba tomando píldoras, y ahora qué. Le digo que no tiene porque preocuparse, que yo le pagaré todos los gastos, que le conseguiré el mejor médico que se puede comprar. Pero no quiere. Que si su religión, que si su moral. ¡Paparruchas! ¿Cómo saldré de ésta? Yo no me caso, eso sí. Que se busque otro tontito.

Sanctus spiritus. Nomine ignoate rei.

Gabriel. Maldito estúpido. ¿Quién iba a pensar que el muy animal estaba enamorado de Gloria? ¡Oh, ese cuchillo! Se siente como una llama en las entrañas, devorándolo tod. Mira lo que has hecho, imbécil. Yo voy a dar al panteón, seguro, pero tú vas a dar al bote. Y ojalá y te pudras, jijo de tu… ¡Ay! Ya debo estar en las últimas. No veo nada, y el dolor se está pasando. Pero crece, crece y lo llena todo. ¿Qué irá a hacer papá? Se dará un golpe contra la calva y pondrá un moño negro en la oficina. A quien le importa. Me pregunto si Gloria va a tener un niño después de todo. ¿Qué le dirá de mí cuando crezca? Oh, ese maldito cuchillo…

Ignota re.

Manuel R. Campos Castro
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 406

De Méjico a México

Méjico: País imaginario inventado por la Real Academia Española de la Lengua, poblado por dragones, molinos de viento, y otros entes fabulosos del folklor ibérico. Está situado en la parte septentrional del continente imaginario de Latinoamérica.

Latinoamérica: Continente imaginario inventado por los gringos, poblados por siesta.sleepers, friendly-natives, tourist-guides, y otras razas subhumanas de la mitología angloamericana. Esta pegado, por olímpica condescendencia, al continente de America the Beautiful.

America the beautiful: Continente imaginario inventado por los gringos, poblado por superhombres, trae-blood-americans, y otros héroes y semidioses del folklor yanqui. Consta de cincuenta estados, un Puerto Rico, una zona del Canal, dos Vietnams, una Camboya, una luna, incontables bases navales y una franja insignificante de terreno ocasionalmente denominada Canadá.

México: País imaginario inventado por los mexicanos, poblado por machos, mujeres de su casa, charros, y otras abstracciones de la rica mitología hispano-náhuatl. Los idiomas oficiales son: el gallego, el mostacho, el andaluz, el catalán, el inglés, el francés, el pocho y el español. Limita al norte con el Otro Lado, al sur con Las Repúblicas Hermanas, al este con el Mar de Chanoc, y al oeste con París y el Ruedo Ibérico.

Manuel R. Campos Castro
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 405