La guerra

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Nos metíamos temprano a la cama para no acordarnos de que no teníamos cena. Los domingos no nos levantábamos para no tener tanta hambre.

Mercé Rodoreda
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 140

Mercé Rodoreda
No. 142, Enero-Marzo- 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 86

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Un poquito de mierda nomás

—¿Así que esta es la segunda vez que va a cruzar?
—Así es compadre. Cuando sea de noche me voy derechito por el río hasta un desagüe sumergido que nadie conoce. De ahí nomás es cuestión de ir a gatas unos kilómetros y estoy del otro lado. Usted puede acompañarme si quiere. Sólo le advierto que mientras esté en el desagüe, tendrá que tragar algo de mierda, un poquito nomás. En Texas conozco un cuate que nos dará chamba planchando camisas en una fábrica. Son doce horas al día, incluyendo domingos y feriados, ¡pero te pagan de dólares, mano! Los de inmigración le rompieron las piernas a mi hermano cuando nos detuvieron y dice que no va a volver. Pero yo sí. Allá está Sarita. Ella lleva tres años allá. Dice que es duro ser prostituta, pero que tiene que pensar en sus chamacos. Desde que le mataron al esposo en una balacera le ha ido mal. Él vendía de eso que le gusta tanto a los gringos, usted sabe. La última vez que hablé con ella, me dijo que me podía presentar a los cuates para los que trabajaba su esposo. Me aseguró que ganaría lana a montón. ¡Imagínese compadre!
—Ya me lo imagino compadre.
—y esa cara, ¿le ocurre algo?
—No, nada, nada.
—¿Y adónde va? La cosa es por allá.
—Ya lo sé compadre.
—¿Acaso no quiere cruzar?
—No, gracias compadre —y salió corriendo de vuelta, tan rápido como se lo permitieron sus piernas.

Raúl Eduardo Bonilla
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 160

A. MACLEISH

A. Mac Leish

Archibald MacLeish

(Glencoe, Illinois, 1892 – Boston, 1982)

Poeta norteamericano. Tras completar su formación en la Universidad de Yale y en la Harvard Law School, marchó a Europa y se instaló en París, en donde permaneció durante cinco años. En la capital francesa comenzó a cultivar asiduamente el género poético, muy influido en sus comienzos por las obras de dos grandes poetas contemporáneos: Ezra Pound y T. S. Eliot.

Bajo este influjo publicó en Francia sus primeros volúmenes de poesía: El matrimonio feliz (1924), The Pot of Earth (La olla de barro, 1925) y The Hamlet of A. Macleish (El Hamlet de A. MacLeish, 1928), obras marcadas por la desesperanza del poeta en el marco de la posguerra. Posteriormente, ya afincado de nuevo en los Estados Unidos, publicó un largo poema épico, Conquistador, que recibió el Premio Pulitzer de Poesía de 1932. Se trata de un extenso relato en verso de la conquista de México, basado en la Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva España, del historiador vallisoletano Bernal Díaz del Castillo.

El reconocimiento derivado de este Premio Pulitzer permitió a MacLeish convertirse en uno de los creadores de opinión más influyentes en la sociedad norteamericana de la década de los años treinta. En diversos guiones radiofónicos, como The Fall of the City (1937) y Air Raid (1938), utilizó la proyección y el alcance que le brindaba este medio de comunicación para alertar a la sociedad civil sobre el peligro de esa tentación fascista que tantos adeptos iba ganando en Europa.

Fue luego director de la Biblioteca del Congreso (1939-1944) y ocupó cargos relevantes en la American Academy of Arts and Letters, para acabar ejerciendo la docencia, en calidad de profesor de retórica, en la Universidad de Harvard (1949-1962) y en el Amherst College. Durante estos años cultivó el teatro y estrenó J.B., un drama en verso basado en los textos bíblicos del Libro de Job, que mereció el Premio Pulitzer de Teatro. En 1967 estrenó Herakles.

En 1952, por una antología de sus versos titulada Collected Poems (1917-1952), había recibido su segundo Premio Pulitzer de Poesía. Escribió además un libro de ensayos sobre la labor creadora (Poetry and Experience, 1961), y publicó otros tres poemarios: The Wild Old Wicked Men and Other Poems (1968), Nuevos poemas (1976) y Jinetes en la Tierra (1978)[1].

El valor del destino

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Cuando llegó el momento de sepultar a Edward Pickman surgió el problema de qué debía hacerse con un hombre que fue un escéptico en grado considerable. Le hicieron funerales en una iglesia de Bedford. Nada sucedió. La gente se limitó a seguir sentada en silencio. Los asistentes se sintieron tan impresionados que hablaron de ello durante varios años.

A. Mac Leish
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 150

Sagacidad

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El genio recibe una carta halagadorsísima de la Universidad de Minnesota. La universidad desea tener la custodia de sus papeles, después de su muerte. Construirán otra ala en la biblioteca para albergarlos.

La carta pone furiosísimo al genio. Toma las tijeras, hace tiritas la carta, las mete en un sobre y se las envía al director de bibliotecas.

Donald Barthelme
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 145

Camponosanto

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En cierta ocasión pasé por un panteón, donde escuchaba muchos quejidos. Me armé de doble miedo, ya que esto es el valor, con una pizca de insensatez y me encontré con una pareja que hacía lo que hacen dos en soledad, sólo que con sonidos apropiados al sitio, no tanto a la ocasión.

Jorge Luis Borges
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 142

El cazador de ángeles

El de cazador de ángeles es un oficio duro. Hay que pasar días enteros con el olfato alerta para percibir el aroma a jazmín. Hay que remojarse en el rocío nocturno, secarse con rayos de sol y alimentarse de anhelos. Pero esto no era obstáculo para él. Además, desde sus sueños de niño había desarrollado la capacidad de ver a los ángeles. Pero atraparlos parecía imposible. Tarea de locos o de poetas.

Ideó mil trampas que cebaba con un néctar que preparaba con miel, azahar y luz de luna. Sin resultado. Entonces decidió emplear el poderoso arco y las saetas con punta de estrella. Al principio no tuvo éxito. Su primera presa fue una horrenda arpía, olorosa a Eternity. Y hasta cazó un demonio, de gesto soberbio y mirada de hielo. A ambos los decapitó.

A punto de desistir, un día derribó tres ángeles bellísimos, que cayeron estrepitosamente, sin conocimiento. Así capturó cerca de cincuenta. En tanto se recobraban, se sentaba a contemplarlos con arrobo. ¿Para qué los cazaba? ¿Será verdaderamente el afán por encontrar el eslabón entre el hombre y Dios? ¿O anhelaba una amor angelical? Los ángeles, tan pronto advertían lo que bullía en el pecho del depredador, trataban de huir, y al no poder escapar se disolvían en un intenso aroma a jazmines.

Por fin, un ángel ni desapareció ni se apartó más de él. ¿Por qué entonces no era feliz? Su alma le susurró la verdad: una vez caídos, los ángeles no le interesaban. Porque su vocación no era amar sino cazar.

Llorando, echó a volar a su fiel ángel hasta perderlo en un dorado macizo de cumulus-nimbos. No los cazó más. Ahora colecta mariposas.

Fernando Ríos Rosillo
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 138

Murallas

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Me fui empequeñeciendo entre las sábanas, haciéndome bolita. Es algo que les aprendí a los perros que duermen en la calle. Busqué un rincón en la cama y comencé a edificar los muros. Hice los primeros con los pliegues de la cobija, muy débiles, pero un primer intento al fin. Coloqué la almohada entre los dos y así permanecí en silencio hasta que me sorprendí trazando en el aire un rezo con los labios solamente, sin emitir sonidos. Entonces dejé de hacerlo y preferí mantenerme en guardia por un rato esperando el ataque de un invasor que quizá no quería invadir. Sudaba. No pestañeaba. Tal vez esta noche si trataría de librar los obstáculos que yo construía con más y más fuerza. De ser así, ¿cuál era mi defensa?, ¿dónde dejé el aceite hirviendo? Nunca lo encuentro.

Me envolví todo lo despacio que pude para no despertarlo, sin siquiera descubrir mis senos, apretados contra las rodillas, y me enredé en el camisón, en las sábanas, en mis murallas protectoras que me asfixiaban, y una vez más, como a diario, me amortajé por el resto de la noche.

María Amparo Escandón
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 137

Deslenguado

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Un gentil hombre andaba enamorado de una dama, y como en ninguna manera ella pudiese venir en lo que le pedía, si no era sacándola de casa de sus padres, concertaron que para cierta noche la sacase, y fue así que el galán la llevó fuera del pueblo para ir con ella a otro lugar. Yendo por su camino, como hiciese muy buena luna, le dijo:

—Señora, más que buena noche hace para engañar putas.

La dama, como mujer cuerda, aunque hasta allí no lo había sido, calló, y andando por su camino le dijo:

—Señor, lo más principal y necesario para nuestro camino se nos olvida, y es cien ducados que había tomado a mi madre; por eso, volvamos por ellos, si os parece.

Él estuvo muy bien en ello, diciendo tener razón, y que era cosa que importaba, porque sin pan ni vino no se puede andar camino, aunque hubiese carne. Vueltos al lugar y a la casa de la señora, el galán quedó, después de entrada dentro, haciendo del armado a la luna, suspirando por su señora y su tardanza. Al cabo de rato, ella se paró a una ventana y le dijo:

—¡Ce, señor!

Él, como respondiese: Mi señora, ¿Qué manda Vm.?, replicó ella:

—Más que buena noche hace para engañar necios.

Y cerrada su ventana, se quedó el galán para tal.

Narración de la España renacentista
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 134

Insensible

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Es alguien dotado de gran fortaleza para soportar lo que aflige a otros.

Cuando a Zeno le avisaron que uno de sus enemigos había muerto, se le vio profundamente conmovido. “¡Cómo! —dijo uno de sus discípulos—, ¿lloras la muerte de un enemigo?” “Ah, tienes razón —respondió el gran estoico—, pero habrías de ver cómo sonrío cuando muere un amigo”.

Ambrose Bierce: Diccionario del diablo
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 128

Tercera llamada

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Adelanté una pierna, puse los puños en las caderas y eché decididamente la cabeza hacia atrás. Pero conservar esa pose fue superior a mis fuerzas. La pierna que eché hacia adelante fue dominada por un terrible temblor. La volví para atrás y avancé la otra, que también comenzó a temblar. Entonces me oculté cobardemente detrás de mis compañeros.

F. Chaliapin
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 127

La vanidad

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Una rata hambrienta no cesaba de dar vueltas en torno a una nuez… Un gusano que estaba escondido en ella le gritó:

—¡Acaba ya de fastidiarnos! Yo me he comido la pulpa de esta nuez. Nada queda para ti.

La rata meditó un instante.

—¿Cómo eres? ¿Eres gordo? ¿Estás flaco?

Vanidoso contestó el gusano:

—Estoy gordo. Y me encanta la vida.

—¡Magnífico! Espero que tu grasa sepa a nuez.

Y, esto diciendo, se puso a roer la nuez, extrajo de ella al gusano y lo devoró.

Saadi de Shiraz
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 124

Los jueves en la tarde

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Mari me había pedido que investigara y no pude negarme. Y no solamente porque Mari era mi mamá. La verdadera razón es que me había invadido una curiosidad muy grande y quería averiguar el secreto. Por ello decidí aceptar y enterarme que hacía mi padre todos los jueves en la tarde.

Colocha, su suegra, había prevenido a mamá. Le dijo que de sus hijos ponía las manos en el fuego por Mario y Hernancito; pero por Quiquito y Michito, definitivamente no. Me imagino que Mari rio cuando oyó aquello acerca de su Michito y no le hizo mucho caso. No obstante, cuando papá comenzó a desaparecer todos los jueves en la tarde, sin excepción, recordó las palabras de Colocha y su rostro comenzó a mostrar la tensión que sentía. Decidió entonces averiguar qué hacía Michito aquella tarde de la semana.

Primero le preguntó despacito, con cariño. No logró nada. Su cónyuge contestó con evasivas y al rato se encerró en el baño de donde no salió por la próxima hora. Él es aficionado a encerrarse en esa parte del departamento, pero sólo por veinte o treinta minutos. Aquello aumentó las sospechas de mi madre y renovó sus esfuerzos por averiguar la solución al misterio.

Su segunda táctica consistió en preguntarle a sus amigos usuales; con tacto, por supuesto. Pero también negaron saber nada. Además, pusieron cara de asustados y le afirmaron enfáticamente que ellos nunca desaparecían ni los jueves, ni ningún otro día de la semana. Aunque, “por si las moscas”, le pidieron no comentar el asunto con sus esposas. Mamá no quería armar líos en casas ajenas y se abstuvo de hablar sobre el tema con sus amigas, aunque si vio sospechoso que en las próximas semanas casi todos se reportaron religiosamente con ella llamando y preguntando por mi padre todos los jueves en la tarde.

Mi madre, ya un poco desesperada —y ella es una persona muy paciente—, decidió llamarme y pedirme que averiguara el destino de Michito. Yo ni corto ni perezoso, se lo pregunté, con tan buen resultado que me lo dijo enseguida. Ahora yo también desaparezco todos los jueves en la tarde, sin excepción.

Ramón Fonseca Mora
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 122