Percepción

El aire atronador recibe disparos de incontables cañones imaginarios. Dicen que es la inauguración de una planta eléctrica, pero yo hubiera jurado que bandadas de palomas carnívoras mordían niños huérfanos, produciendo el fragor de una batalla, el fluir de una corriente invisible, con los huesos duros de sus quijadas. Y quizá algún grito de niño asombrado por la herida recién abierta en el costado enjuto, donde un ávido revolotear blanco escarba ansiosamente.

Martha Yera
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 457

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Antepasados

¿Cómo no creer en la veracidad humana de las pinturas rupestres? ¿Cómo negar que esas negras huellas de manos son el primer esfuerzo del hombre por darse a conocer, por dejar testimonio absoluto de que fue… y seguirla siendo? Yo, que estudié esas huellas muy de cerca, con la sonrisa desdeñosa de los que así mismo desdeñan a Sócrates, y la cosquilla incrédula en medio de la garganta, aún siento el ardor de aquel súbito golpe seco; y, por si no me creen: miren mi trasero. Ahí están marcados los cinco prehistóricos dedos. ¿Puedo volver a darle la espalda a esta realidad?

Martha Yera
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 445

Final de conversación

Obsérvame. Es inútil que vengas cada tarde, llames a la puerta, pidiendo con que calmar tu sed antigua y vigorosa. Es inútil que te asomes ansioso a mis ojos, llenándome las ganas reminiscentes con esa expresión que demanda tiernamente. Escucha. Pierdes el tiempo, porque ya se me pasó la época de conmoverme con sólo mirar la posición de una mano sobre el marco de las ventanas, y yo dejé de creer en las imaginarias formas de las nubes, y si el amanecer tiene colores al igual que el ocaso, yo no comparto su belleza, sino su semejanza, y la música, ¡oh, de veras, las músicas!, ejemplos de organización que forzosamente detesto. Oye: eres bello. Eres bueno. Como un dulce en una vidriera. Desde mi sitio reniego de todas las vidrieras, incluso aquellas que contenían dulces cuando era niña animada. ¿Ves? Pierdes el tiempo, querido; soy porque tuve que dejar de ser la que pudo darte el verdadero gusto, estúpido filántropo, reconóceme eminentemente práctica, objetiva; prescinde de toda la pureza que subrepticiamente pretendes inocularme: no palpito y no me hace falta. Vete, no insistas… mira: las ruedas del sillón que te ha destronado sólo requieren un par de manos para rodar, rodar, rodar…

Martha Yera
No. 76, Marzo-Abril 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 267